Monseñor Oliver Sandbow

RETAZOS DE LA HISTORIA DE LA CIENCIA

COLÓN Y VESPUCCIO

Sagrado Corazón de Jesús Rey del UniversoColón descubrió América. Pero América no ostenta su nombre; solamente una joven nación, Colombia, está consagrada a su memoria. Por una de esas muchas ingratitudes de la Historia, aquellas tierras recién descubiertas fueron bautizadas con el nombre de un oscuro escritor, Américo Vespuccio, que por treinta y dos páginas de reportaje se compró la inmortalidad y llegó a ser el padrino de dos continentes.

Algo semejante está sucediendo con la Ciencia. Mientras que la profesión de fe de todos los científicos de primera magnitud se olvida fácilmente, o se pasa por alto, una caterva de científicos de tercer orden quieren apagar las luces de las estrellas y borrar de la Creación la firma brillante de su Creador; y todo eso en nombre de una Ciencia cuya exclusiva agencia o representación pretenden poseer.

¿Podéis decirme el nombre solamente de algún gran científico inventor que no creyera en Dios?

Cuando formulé esta pregunta a una turba de muchachos en un campamento, uno me respondió:

EINSTEIN

Pero Einstein, amigo mío, no fue exactamente uno de esos bienhechores de la humanidad a los que llamamos sabios-inventores. Einstein se quedó toda su vida en la torre de marfil de la teoría. Dicen, es verdad, que su fórmula E=MC2 es la más grande que se haya humanamente encontrado. Pero entre enunciar esa fórmula y encontrar el modo de convertir toda esa materia en energía hay un poema de horas-hombre, un bosque de ciclotrones, un Himalaya de dificultades, un ejército de trabajadores que tuvieron que quemarse las cejas en muchas noches y gastar millones de dólares para lograrlo.

Sin embargo, ¿quién ha puesto en circulación esa especie de que Einstein no creía en Dios?

Eso ha sido una bribonada de ciertos periodistas. De los escritos íntimos de Einstein se desprende, sin lugar a dudas, que creía efectivamente en Dios. La figura mental de Dios (pero ¿acaso puede haber una?) no era, decía él, comparable a la de ciertos teólogos, de la misma manera que su imagen mental del espacio (¿puede haber también una imagen del espacio matemático einsteniano?) no era semejante a nada en el mundo; pero ciertamente Einstein creía en Dios y tenía -escribe Joseph Philips en Pathfinder -una inquebrantable fe en Él. Cuando en medio de sus lucubraciones se encontraba en un complicado laberinto se preguntaba: “¿Es posible que Dios haya creado el mundo según esta pauta? Y esto le bastaba para cambiar a priori de orientación y ponerse a buscar una fórmula más simple. Porque, como decía él: “Dios es sutil, pero no puede ser picarillo”. Fue Einstein quien definió la luz como “la sombra de Dios”.

ESTAMOS EN BUENA COMPAÑÍA

Hasta ahora, todos los grandes científicos bienhechores de la humanidad han creído en Dios.

Y sólo se da la curiosa circunstancia de que el camino por donde avanza la Ciencia está empedrado de nombres católicos. Ya lo verás:

La Ciencia necesita mediciones exactísimas, y para mediciones exactas necesitas un Nonius o un Vernier. Pues bien: tanto Nonius como Vernier, cuyos nombres están ligados a sus inventos, eran católicos. La Ciencia resuelve una cantidad de problemas gráficamente, y para eso usa las coordinadas cartesianas, que son un bonito regalo hecho a la Ciencia por un católico: Descartes. Cuando mides la tensión eléctrica en voltios no te creas que estás por ello rindiendo un homenaje a aquel bufón trágico, Voltaire. ¡Oh, no! Aquel aficionado que se creía saber tanto ni siquiera sospechó la existencia de sutilezas tales como una corriente eléctrica. El conocimiento que tenía Voltaire de la Ciencia no te habría bastado para pasar el bachillerato elemental. Los voltios se llaman así en honor a un renombrado científico italiano y católico de primera clase, Volta, quien solía decir: “Yo veo a Dios por todas partes”.

SACUDIDAS ELÉCTRICAS

Cuando necesitas, en cambio, medir la intensidad de la corriente eléctrica, usarás amperios, recordando con ello a uno de los más grandes genios universales de la historia. Ampere, que al mismo tiempo que un gran físico, era químico, naturalista, astrónomo, matemático, humanista, escritor, poeta; era un hombre completo, y por consecuencia, un hombre entusiásticamente religioso. Ampere fue un fervoroso católico que sabía manejar las cuentas de su rosario tan bien como sus baterías y microscopios, y que exclamaba: “¿Qué son todas nuestras inducciones científicas? Solamente la verdad de Dios permanece eternamente”.

El campo eléctrico es particularmente adaptado para dar sacudidas al incrédulo, porque sucede que si este señor ha de servirse mucho de la electricidad, como lo esperamos, tendrá que estar echando pestes constantemente contra tantos fanáticos católicos que le han invadido el campo. El pobre hombre no sólo tendrá que usar voltios y amperios, sino que de cuando en cuando le convendrá usar un galvanómetro y recurrir a la galvanoplastia, o, en la peor de las hipótesis, al menos tendrá que echar mano de alguna chapa galvanizada, y resulta que Galvani era también católico. Si tiene que usar medidas electrostáticas, no se tomará el fastidio de servirse de los ergs y dyns, que le resultarán demasiado engorrosos, sino que probablemente usará su múltiplo 3 x 109, que casualmente lleva el nombre de Colomb, un comprometedor buen católico.

SUMA Y SIGUE

Hasta hace algunos años, si ese señor tenía que mandar a los electrones para un recado a través del espacio, se veía precisado a usar el coherer de Branly. ¡Y qué buen católico fue Branly! Ahora, naturalmente, no necesitará un aparato tan anticuado, sino que mandará un marconigrama, cuyo nombre consagra para siempre al gran pionero católico de la telegrafía sin hilos: Marconi.

Pero hay una realización eléctrica que se ha ganado una devoción especial hasta de los comunistas: la dínamo. ¡Oh! La dínamo es el emblema del poder y de la eficiencia, hasta el punto de que el gran estadio de Moscú lleva el nombre de “Estadio Dínamo”, y a los atletas rusos se los llamaba “dínamos”, y efectivamente resultaban tan macizos y pesados como una de ellas. Sin embargo en su exuberancia se habían olvidado de aquel buen ingeniero italiano, Pacinotti, que regaló La dínamo a la humanidad. (Naturalmente ellos dicen que fue Popoff). Pero para conocer algo sobre dínamos, el racionalista tiene que saber algo sobre las corrientes de Foucault, que llevan el nombre de León Foucault, inventor del giroscopio, y que, digámoslo de paso, fue un católico practicante.

SUMA Y SIGUE

Los acumuladores de tu coche no son muy diferentes del primer acumulador ideado por Planté, un católico.

Las líneas de Fraunhofer en el espectro recuerdan a otro católico que fue pionero en el análisis espectral.

La rueda de Fizeau nos recuerda a aquél que midió la velocidad de la luz mediante un ingenioso procedimiento, y que era un católico práctico y convencido, que nunca se avergonzó de su fe en tiempos de cobardía y apostasía. Si usas el número de Avogadro, no te olvides de que su titular fue un católico. Si usas un barómetro, no te olvides tampoco de Torricelli, su inventor, que era otro buen católico.

SUMA Y SIGUE

Si te pones enfermo y el doctor tiene que aplicarte un estetoscopio al pecho, da las gracias a Laennec, un reputado médico católico, por la invención de ese instrumento.

Si en el cacharrito había algunas piezas de plástico, no te olvides de que la baquelita, el primer plástico, lleva el nombre del reverendo padre Bakel, nada menos que un sacerdote católico, precursor de la industria de los plásticos.

Si sigues acatarrado o enfermo, tal vez tengan que sacarte una radiografía; pero, aunque “rayos X” sea más fácil de pronunciar, su verdadero nombre es rayos Roentgen, en honor de su descubridor católico.

Y como una cosa lleva a la otra, acaso se te ocurra pensar en las radiaciones que emiten los cuerpos radioactivos; en ese caso recuerda que se los llama rayos Becquerel en honor de un excelente católico, Henri Becquerel, que los descubrió y los estudió en las sales del uranio.

SUMA Y SIGUE

En astronomía el firmamento está constelado de nombres católicos, desde Copérnico, un canónigo de Frauenburg y Galileo -porque no te olvides de que Galileo es nuestro y muy nuestro, mi joven amigo, aunque sus méritos no hayan sido, después de todo, tan grandes como han pretendido hacérnoslo creer hasta Sacheiner, Boscovich, De Vico, Secchi y -se da la circunstancia de que todos éstos eran nada menos que padres jesuitas-, Cassini, Gassendi, La Place, Leverrier (el descubridor de Neptuno) y el autor de la teoría que hoy priva del “universo en expansión”, el reverendo padre Lemaître.

El fundador de la Geología moderna era un católico, el obispo Stensen. Y dentro de la Geología, si tienes que estudiar los sistemas de cristalización, rinde tributo al fundador de la cristalografía, un sacerdote católico llamado padre Haüy.

Cuando vayas al cine no sé si te quedará tiempo para pensar alguna vez en los hermanos Lumière, los fundadores del séptimo arte, que eran ambos católicos, y por cierto que, después de haber inventado la cinematografía en 1.894, fueron todavía capaces de desarrollar la primera placa fotográfica en colores en 1.907.

SUMA Y SIGUE

Si eres evolucionista, no te des demasiada importancia. Tu “Ciencia” está toda sembrada de nombres católicos.

Lamark, y no Darwin, es el verdadero fundador de la teoría de la evolución, y Lamark era un buen católico. (Darwin no lo era, pero ciertamente creía en Dios). Todos los evolucionistas deberían aprenderse de memoria las palabras de Darwin al fin de su “biblia de la evolución” Origen de las Especies (capítulo XIV): “Hay una verdadera grandeza en este modo de ver la vida, con sus varios poderes, como inspirada originalmente por el Creador, en unas cuantas formas o tal vez en una; de modo que desde ese sencillo origen infinitas formas han ido desenvolviéndose”.

Y si verdaderamente estás interesado en mutaciones, variaciones, etc., tienes que aprenderte las leyes de Mendel, pero no te olvides de que Mendel era no solamente un católico, sino un monje, un prior agustino que realizó sus experimentos en los jardines de su monasterio.

SUMA Y SIGUE

Si eres matemático, recuerda que Vieta, un católico, es el padre del Álgebra moderna; que Tartaglia, otro católico, fue el primero en resolver las ecuaciones cúbicas; que Cavalieri, un gran católico, fue el primero en demostrar el teorema de Papus; que Clavius, un jesuita, es llamado el Euclides del siglo XVI; que Descartes y Pascal eran católicos; que Cauchy, aquel genio cumbre de las matemáticas, fue también “un admirable tipo del verdadero sabio católico”; y aunque es verdad que Hermite -que resolvió la ecuación de quinto grado, probó que “e” es trascendental y contribuyó tanto y tan originalmente a las matemáticas- había olvidado por algún tiempo la práctica de su religión, sin embargo volvió a revitalizar su fe católica gracias al influjo del gran Cauchy.

Y si un día te rescatan de un accidente, o sencillamente te llevan a dar un paseito en helicóptero, experimenta un poco de gratitud hacia los dos católicos, La Cierva y Sikorsky (Sikorsky no es católico romano, pero es ferventísimo ortodoxo), que lo planearon. ¿Has oído hablar alguna vez de Avogadro, Ampere, Lavoisier, todos católicos? ¿Has oído hablar de Gassendi, Ricci, Picard, todos ellos sacerdotes? ¿Has oído hablar alguna vez de Malpighi, Fallopius, Schwann, Vesalius, Claude Bemard, Müller, Fabre, fundadores pioneros, grandes figuras en los varios campos de la Ciencia, y todos ellos católicos? ¿Has oído decir alguna vez que un diácono, Flavio de Amalfi, inventó el compás magnético; y un fraile, Despina, las gafas; y el papa Silvestre II, el reloj de péndulo; y un católico seglar, Gutenberg, los tipos movibles o la imprenta moderna; y que un canónigo, Copérnico, afirmó la rotación de la tierra; y que cierto católico llamado Colón descubrió nada menos que América? ¿Y has oído en alguna ocasión que el señor Tal y Cual –pon aquí el nombre de ese periodista, o de ese autor, o de ese tratadista de historia, o de ese profesor-, un caballero muy bien conocido en su casa, especialmente a la hora de comer, ha descubierto nada menos que la Iglesia Católica ha sido siempre oscurantista? ¡Qué bonito!

PUNTO FINAL

En el oscuro Medioevo fue la Iglesia Católica la que mantuvo en vida los escasos focos de saber: las abadías de Fulda, Saint-Gall, Cluny; las escuelas de Paris, Orleans, Cambrai, Chartres.

Ya desde el siglo XII los Papas empezaron a fundar universidades en Europa. Y esa ingrata Europa ya se ha olvidado de que fue la Iglesia la que le enseñó a leer, contar, escribir, construir, arar, injertar, cultivar el trigo y la viña.

En el siglo XIV, gracias a la Iglesia, Europa tenía ya sesenta y cuatro universidades.

Y si del círculo de los católicos pasamos a otro más amplio, al de los creyentes cristianos, la letanía se enriquece -con los grandes Newton, Kelvin, Edison, etc… hasta formar un imponente desfile.

Sin duda el siglo XIX fue el peor en este aspecto; sin embargo Eymeieu, que se tomó la molestia de estudiar las convicciones religiosas de 432 sabios de dicho siglo, halló los siguientes resultados: 367 creyentes, 15 agnósticos (escépticos moderados), 34 cuyas opiniones nos son desconocidas y 16 ateos, de los cuales solamente 5 pueden ser considerados como pioneros de la Ciencia. Por lo que se ve, estamos en muy buena compañía y no sentimos la menor tentación de chaquetear y pasamos a las filas de los monos.