Catalanismo y tradición catalana (4)

Francisco Canals

Jesús siempre está junto a tíDe un modo general advirtió Miguel de los Santos Oliver que los espíritus selectos de la Cataluña de aquel siglo “escriben como verdaderos botiflers, y la opinión ilustrada se muestra abiertamente filipista. Nada más lejos del odio expresado setenta años después en los cenáculos literarios que lo que sentían o decían los abuelos intelectuales de los modernos floralistas. Finestres exulta al recordarlo (al rey fundador de la Universidad cervariense); el Dr. Dou proclama a Felipe de Anjou el Salón de Cataluña por razón precisamente de su Decreto de Nueva Planta”. Era general entre la burguesía ilustrada de aquellos tiempos la opinión de Capmany que calificaba a la España anterior al advenimiento de la dinastía borbónica de cuerpo cadavérico, sin espíritu ni fuerzas para resistir su propia debilidad.

La burguesía del siglo XVIII había cumplido entretanto también la evolución lingüística castellanizante, y es sintomático que el monarca cuya política favoreció más conscientemente el desarrollo industrial y mercantil de Cataluña, Carlos III, fuese también el que implantó legalmente aquí el monopolio del castellano en la enseñanza. Hablando de aquel momento de la evolución histórica de Cataluña se ha dicho que “en el aspecto del idioma… una especie de culto viviente existía hacia la lengua vencedora, hombres como Capmany figuran entre los puristas de la lengua castellana, y este tipo de catalán preocupado por el casticismo y la ufanía del idioma vecino, que tendrá representantes conspicuos entre los románticos y los primeros renacientes -Aribau, Cabanyes, Milá y Fontanals- llega hasta los comienzos del siglo XX”.

Estos hechos son tanto más dignos de ser notados cuanto que no debe olvidarse la pervivencia del catalán hablado y escrito en la sociedad rural catalana hasta bien entrado el siglo XIX. La asimilación lingüística no llegó hasta allí sino con posterioridad a la nueva estructuración liberal, y como efecto de la destrucción de las antiguas instituciones eclesiásticas, la presencia en el país de los ejércitos liberales y la centralización docente. El resurgir literario de signo romántico se produce en las capas sociales castellanizadas de tiempo atrás, que comienzan de nuevo a cultivar ya la lengua catalana, mientras todavía ésta conservaba su vigencia en otros estratos sociales. Tal vez tenga que ver este hecho y todo lo que él supone, con la secular y misteriosa vinculación que desde Lo Gayter del Llobregat hasta Joan Maragall relaciona extrañamente el movimiento literario catalanista a una institución aristocrático-burguesa y borbónica como el Diario de Barcelona.

El concepto que de la “tradició catalana” se había formado Torras y Bages contrasta con el que acabamos de exponer. Para el gran obispo de Vic es un hecho evidente el tenaz aferrarse de Cataluña al espíritu de la Edad Media; a esto se debe el amor a la verdadera libertad, a la tradición y al modo de ser de la patria. El oriente y el ocaso de la cultura catalana en su gran época coinciden con el predominio de la visión del mundo expresada en la síntesis doctrinal del Doctor Angélico; el tomismo es el sistema intelectual característico de nuestra mentalidad; de aquí que Torras y Bages apreciase menos y considerase artificiales y extrínsecas a nuestro modo de ser las aportaciones culturales del humanismo renacentista.

Por esto valora la cultura catalana del siglo XVIII concretada en Cervera, de un modo muy distinto del que había de adoptar después el padre Casanovas. “La nueva Universidad fue eminentemente clásica; el ágora de Atenas y el fórum de Roma, Homero y Píndaro, Virgilio y Pluto debían hacer aparecer infantiles y débiles nuestras instituciones políticas y nuestra literatura de la Edad Media. Tomó pronto alas, sin embargo, la Universidad de Cervera; nuestra ciencia regional, encogida en el siglo anterior, se incorporó a la ciencia general y entró en comercio con la Ilustración forastera, se introdujo en el concierto de las naciones civilizadas, según la gastada frase, pero se olvidó de sí misma; lo que es sin duda la causa de que el modernista Gil de Zárate en su obra De la Instrucción Pública en España diga de ella que salió algún tanto del carril en que se hallaban atascadas las universidades españolas”. Refiriéndose a Jaime Balmes nos da también Torras y Bages un sutil juicio perfectamente expresivo de aquel concepto: “Balmes… nació de la conjunción de dos razas adversas y heredó las cualidades eminentes de ambas. La ilustración cerverina clásica, refinada, pero artificial, eco del Renacimiento; el tomismo clarísimo, penetrante y seguro, aunque adormecido por el estancamiento de su tradición, eco fiel del excelentísimo criterio de los tiempos medievales”.

(REVISTA VERBO)