Una Epopeya misionera

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

Sentido misionero de la conquista y colonización de América (43)

La conquista y colonización de América fue la vocación heroica y providencial de España, a la que generosamente supo ella corresponder

Hispanoamérica - Colón y los indiosOtra idea del Papa Pío XII, dentro de este capítulo, es la misión histórica que señala a España de “compensar” a la Iglesia en los tiempos de la escisión protestante.

El cristianismo amenazaba ruina en Europa hacía más de un siglo. Conatos de rebelión de Wiclefista y Husitas, relajación casi general del clero y pueblo, paganización de costumbres, presagio triste todo ello de la horrible hecatombe provocada por Lutero. Pero la Providencia de Dios preparaba su revancha. Por cada oveja que locamente y para su daño se separaba de su redil, la gracia divina aparejaba la entrada de otras diez. Si diez reinos iban a perder la Esposa de Cristo con la herejía luterana y el cisma de Inglaterra, otros tantos jóvenes pueblos adquirirían con la epopeya misionera que ya alboreaba. La cristiandad iba a cambiar de fronteras, pero no había de menguar. Gracias al ingente auge de las misiones americanas en el siglo XVI, el rebaño de Cristo consiguió mantener, a pesar de las defecciones, una constante de aumento.

La Iglesia católica, reina de las naciones, no decreció en esplendor externo de universalidad, gracias a la conquista espiritual de los pueblos transoceánicos.

No pocos pensadores habían señalado ya la providencial coincidencia (248).

(248) Menéndez Pelayo escribe en su epílogo de los Heterodoxos: “Cada español, cual otro Josué, sentía en sí fe y aliento bastante para derrocar los muros al son de las trompetas o para atajar al sol en su carrera. Nada parecía ni resultaba imposible; la fe de aquellos hombres (nuestros viejos padre)] que parecían guarnecidos de triple lámina de bronce, era la fe, que mueve de su lugar las montañas. Por eso, en los arcanos de Dios, les estaba guardado el hacer, sonar la palabra de Cristo, en las más bárbaras gentilidades; el hundir en el Golfo de Corinto las soberbias naves del tirano de Grecia, y salvar, por ministerio del joven de Austria, la Europa occidental del segundo y postrer amago del islamismo; el romper las huestes luteranas en las marismas bátavas, con la espada en la boca y el agua a la cinta y entregar a la Iglesia romana cien pueblos por cada uno que le arrebataba la herejía”. (Historia de los heterodoxos españoles, B. A. C., vol. II, pág. 1194, Madrid, 1956).

El mismo León XIII, ya lo hemos visto, ve en el nacimiento providencial de Colón, el desquite divino contra las insidias de Satán (249).

(249) Quarto abeunte saeculo: “En cuanto es lícito al hombre apreciar, por los acontecimientos de la Historia, las vías de la divina Providencia, parece que verdaderamente vio la luz aquella gloria de Liguria, por singular designio de Dios, para reparar los males infligidos por Europa al nombre católico”.

Ahora Pío XII reasume y completa la idea, hablando de las “nuevas rutas abiertas a la Mística Esposa de Cristo” por España y Portugal, en momentos críticos para la romanidad y el Papado.

“Y precisamente cuando, a causa de funestos sucesos, no pocas naciones de Europa eran arrancadas del seno de la Iglesia, quien, como madre, las había educado con sabio y diligente cuidado, entonces se vio a vuestro pueblo, y a España, la nación hermana, abrir nuevas rutas a la Mística Esposa de Cristo, y ofrendarle un amplísimo campo de acción en las dilatadas regiones de África, Asia y América; y engendrar a la Iglesia en estas mismas regiones innumerables hijos, en lugar de los que se habían tristísimamente separado de su redil. Entonces se vieron surgir, casi en todas: partes, en aquellas tierras: diócesis, parroquias, seminarios, monasterios, hospitales y orfanatos, que pusieron de manifiesto la fuerza vital y el poder perenne de la Iglesia católica”.

(Encíclica Saeculo exeunte, dirigida al pueblo portugués, 13-VI-1940) (250)

(250) De nuevo el Papa celebra conjuntamente, como acabamos de ver, la obra colonizadora de Portugal y España. Es que en realidad ambos pueblos recibieron una misión paralela en orden a la extensión del Evangelio en Oriente y Occidente. Sería de inapreciable valor una colección de textos pontificios, similar a la presente, sobre la obra misionera de la nación hermana. Encontraríamos en ella preciosos elogios como el que sigue: “Y la vocación misionera (de Portugal) no sólo no aflojó esta intimidad de relaciones (con la Santa Sede), sino que la estrechó aún más. Pues apenas la nación portuguesa se lanzó a descubrir nuevas tierras para implantar en ellas la Cruz, su primer cuidado fue ofrecer al Vicario de Cristo las primicias de aquellas “cristianas proezas” (CAMOENS : Luisiadas, VII, 14), en una embajada memorable, que Nos mismo no hace muchos años recordábamos con gusto, cuando, al decretar la aureola de la santidad a un heroico misionero, gloria de Portugal (San Juan de Brito, 22-VI-1947), acogíamos otra embajada aún más memorable, pues Nos presentaba los preciosos frutos de la evangelización portuguesa en medio mundo” (Pío XII: Discurso al nuevo Embajador de Portugal ante la Santa Sede, 23-XI-1950).