Catalanismo y tradición catalana (5)

Francisco Canals

Por mis pecados está Jesús CrucificadoEsta actitud de Torras y Bages, que le lleva a negar autenticidad catalana a las corrientes antitradicionales y modernizantes de la Renaixenrça, y a combatir de modo especial el hegelianismo de los teorizantes federales, no resulta por lo mismo contradictoria con la tesis de los más radicales “extrinsecistas”. Nos referimos evidentemente no a la respectiva valoración de las corrientes, sino al modo de establecer sus conexiones y de señalar su curso concreto a través de la historia catalana.

La insistencia medievalista del autor de La tradició catalana le lleva a afirmaciones de apariencia tan unilateral como la que señala a la “Orden dominicana”, como “la verdadera educadora de nuestra nación”. Podrán tal vez ser consideradas como parciales, pero sugieren un enfoque desde el cual algunos acontecimientos de decisiva y tremenda significación, y a los que no se presta por lo general la atención debida, se muestran en todo su crucial dramatismo, con todo el peso de la vigencia secular de un espíritu y un ambiente social inconfundibles.

En los primeros años del reinado de Felipe V se despertó en el Principado de Cataluña y en los demás países de la Corona de Aragón una reacción popular frente a la nueva dinastía, causa de la prolongada guerra a cuyo término leyes de Nueva Planta suprimieron su autonomía legislativa. En el comienzo de aquella guerra y entre los móviles que pusieron en tensión a los ciudadanos de Barcelona y especialmente a los estudiantes del Estudi General, uno de los más conscientes y decisivos fue el empeño de la Universidad y la Ciudad por defender un estatuto jurídico cuya vigencia permitía mantener, excluyendo la multiplicidad de las cátedras según las distintas escuelas, el predominio tradicional de la “Opinión tomista”, seguida según los testimonios contemporáneos por “la mayoría de los catalanes”.

En este mismo número habrá podido encontrar el lector la exposición de la serie de hechos que produjeron el resuelto enfrentarse, a partir de 1701, de los Estudios catalanes a la política de la nueva dinastía. Tomemos pie del sentido de tales hechos para proseguir el hilo de nuestras sugerencias tendentes a esclarecer aquel argumento secular del proceso de la vida catalana.

Quienes se movieron por un impulso de tan concreto carácter tradicional -inconfundiblemente enlazado con una visión del mundo y un sistema de valores muy arraigados en “las Españas” en las últimas décadas de la dinastía austríaca pueden ser justamente considerados como los antepasados espirituales, y fueron en muchos casos los progenitores familiares de los catalanes entusiastas de “la Guerra Gran” de 1793, de los combatientes del Bruc, de los carlistas de la Plana de Vic y de la montaña catalana.

La tenaz memoria hogareña de las dinastías campesinas, no sólo en Cataluña sino en el hermano reino de Mallorca -el hecho nos consta por testimonio vivo de un heredero excelso de tal patrimonio de emociones y actitudes- tenía conciencia de esta vinculación. Los “vigatans”, después de luchar de nuevo contra “el francés”, se alzaron otra vez por los fueros de su patria bajo la bandera de la Religión y del Rey frente al advenimiento del liberalismo, apoyado de nuevo por los herederos de los “botiflers”, de los “ilustrados” y “fernandinos”: los isabelinos, que habían de continuarse en el conservadurismo dinástico y en los centro-derechismos artificiales.

Tales acontecimientos políticos no son algo periférico sino expresión colectiva de sentimientos arraigados en la vida de todos los días, herencia conservada en la intimidad familiar en sucesivas generaciones. Nos parece percibir rasgos fisionómicos reveladores de una misma mentalidad y ambiente -un aire de familia, expresivo de un modo de ser cristiano conservado muy especialmente en la pagesia cristiana, en las cases pairals y en la menestralía tradicional de las antiguas ciudades- perviviendo a través de los siglos modernos, a partir de la grandiosa edad medieval de san Ramón de Penyafort y san Pedro Nolasco, san Vicente Ferrer y Ramón Llull, en las figuras de la Beata de Mallorca y el Santo de Vic: Catalina Tomás y san Miguel de los Santos; en san José de Calasanz, que inspiró a su Orden el amor a la doctrina del Angélico, tradicional en nuestras universidades; en el grandioso mallorquín de adopción que fue san Alonso Rodríguez; en san Pedro Claver y fray Junípero Serra; en san José Oriol y en el Oratorio barcelonés de san Felipe Neri, al que tan vinculado estuvo; en los dominicos catalanes que como el cardenal Boixadors, formado en el convento barcelonés de Santa Catalina, influyeron decisivamente en la pervivencia del tomismo en el siglo XVIII; en los frailes catalanes, mallorquines y valencianos que frente al liberalismo representaron entre nosotros lo que el “Filósofo Rancio” en otras tierras; en santa Joaquina de Vedruna; en el padre Claret y el doctor Caixal; en el autor de El liberalismo es pecado; en mosén Domingo y Sol; en fray José de Llavaneras, el cardenal Vives y Tutó, uno de los hombres clave del pontificado de Pío X…

(REVISTA VERBO)