El objetivo final de los estatutos autonómicos (1)

Francisco Canals

Cinturión arrepentido delante de la CruzEsta semana tiene lugar en Barcelona el debate sobre el desarrollo del Estatuto en el Parlamento catalán. Hace muy pocos días, Garaicoechea y Bandrés han retado a Benegas a que declare si el programa común elaborado por aquellos dos partidos nacionalistas excede de los planteamientos del Estatuto Vasco.

Nos acercamos cada día más a situaciones límites. Pero nadie debería mostrar sorpresa cuando desde los medios nacionalistas en Vasconia o en Cataluña se proponen planteamientos que hacen temer la “evolución” de las autonomías hacia el secesionismo y la desintegración de la unidad de España. Nadie debería sorprenderse porque desde hace bastantes años todo aquello que para otros es “nacional”, significando por tal algo español, es para aquellos nacionalistas “estatal”.

A veces se le ocurre a uno la pregunta de si en los años en que se preparó la transición rupturista bajo apariencias de reforma, y en que se elaboró por el contradictorio consenso la Constitución de 1978, y los Estatutos de las que se llamaron “nacionalidades históricas”, sabían muchos de qué se trataba, o lo ignoraban, o fingían ignorarlo para desconcertar a otros que no sabían de qué se trataba. Adolfo Suárez afirmó entonces que el Estado de las autonomías obraría sobre la unidad de España “reforzándola”: muchos lo creyeron o fingieron creerlo.

Sobre el proceso engañoso, entonces iniciado, se ha continuado avanzando. Por entusiasmo sin duda por la “Monarquía parlamentaria”, sectores sociales que parece que aman la unidad de España se ilusionaron con el nacionalismo catalán como una esperanza para el mito, nunca realizado, y cada vez más lejano, de un centro-derecha español. ¿Recuerdan ustedes que Jordi Pujol fue proclamado “español del año”? Yo recordaba la insistencia y la vehemencia con que me preguntaba Josep Pla, junto al hogar en su casa de Llofriu: “¿Sabe usted que Pujol es separatista?” Yo le contestaba siempre: Ciertamente, lo sé.

¿No habían nunca leído los hombres de la transición el libro fundamental del nacionalismo catalán, “La Nacionalitat Catalana”? A no ser que ocultasen lo que sabían para desorientar a la opinión pública y a los altos mandos del Ejército, a quienes habían prometido la salvaguardia de la unidad de España.

En Prat de la Riba hubiesen encontrado afirmado que Cataluña es para los catalanes su única patria. Que España no es sino un Estado. Que nacionalidad y nación son sinónimos, salvo cuando se emplea el abstracto nacionalidad para significar la cualidad de un ciudadano como miembro de una nación; tomado como significando lo concreto, el término nacionalidad designa la nación, y así se le toma cuando se habla del “principio de las nacionalidades”. También lo habrían encontrado afirmado allí, concretado en el derecho de toda nación o nacionalidad a darse a sí misma su propio Estado “nacional”.

Hubiesen encontrado allí la filosofía del nacionalismo, inspirada en confusas y desorientadoras doctrinas del idealismo romántico alemán. Hubieran leído que lo esencial es que Cataluña sea catalana, lo que podrá ser siendo católica o librepensadora, liberal o socialista. Encontrarían por tanto el origen de la corruptora mentalidad que va deformando cada día todos los ideales y convicciones en Cataluña. También habrían leído la importancia central de la lengua para el espíritu nacional -contradiciendo el hecho de que países como Irlanda, por ejemplo, habiendo hablado durante siglos la lengua de una nación extranjera dominante, han conservado su propio modo de ser- y hubiesen encontrado allí afirmado que cambiando la lengua “se cambia el alma”, y se hace entrar a un hombre en la comunidad que le absorbe; con lo que hallarían explicado el motivo profundo de la que aquí llaman ahora “normalización lingüística”, con la que esperan hacer perder su atavismo originario a todos los inmigrados.

Cataluña necesita ahora esto desde el punto de vista nacionalista, supuesta la espantosa esterilidad demográfica que constituye un escandaloso pecado colectivo y algo así como un suicidio. Si no nacen catalanes habrá que convertir en catalanes a quienes se acerquen a vivir por aquí.

(REVISTA VERBO)