Virgen de Czestochowa - Polonia

Esta imagen de la virgen negra milagrosa por muchos siglos ha estado íntimamente relacionada con la historia del pueblo polaco. En 1656 fue aclamada patrona de Polonia. Los Católicos celebran su fiesta el 26 de agosto y los Ortodoxos el 19 de marzo.

La leyenda concerniente a los dos rasguños sobre la derecha del rostro de la Virgen Negra dice que un asaltante husita blandió su espada sobre la imagen y le infligió dos cortes profundos. Cuando el asaltante trató de infligir un tercer corte, cayó al piso y tembló en agonía hasta que murió. La leyenda cuenta que ha habido intentos de reparar los daños pero estos vuelven a reaparecer una y otra vez.

La imagen milagrosa fue reconocida oficialmente por el Papa Clemente XI en el año 1717. La corona dada por el Papa fue utilizada durante la primera coronación oficial de la imagen, pero este símbolo del reinado de Nuestra Señora fue robado en el año 1909. La corona fue reemplazada por una de oro incrustada con joyas regalada por el Papa San Pío X. Jan Casmir, Rey de Polonia, quien peregrinó allá en el año 1656. Después de haber colocado su corona a los pies del altar de la Virgen, prometió, “Yo, Jan Casmir, Rey de Polonia, os tomo a Vos como Reina y Patrona de mi reino; coloco a mi pueblo y a mi ejército bajo vuestra protección…”. Mayo 3, el día en que se hizo este voto, fue designado por el Papa Pío XI con la fiesta de María bajo el título de “Reina de Polonia”.

El Papa San Juan Pablo II era devoto de esta advocación. Ha visitado varias veces a la Virgen de Czestochowa, siendo la primera en el año 1979, pocos meses después de haber sido elegido Papa.

El 4 de Junio de 1979 llegó a Jasna Góra el primer Papa polaco, San Juan Pablo II, que empezó su peregrinación con estas palabras: “Se está realizando la voluntad de María: heme aquí… aquí estoy y recuerdo una vieja canción de los confederales de Bar: “Somos servidores de María, siervos de María” … El siervo llamado desde esta tierra, vuelve a los pies de Jasna Góra, donde a menudo me detenía como vosotros y que me ha visto de rodillas sobre la tierra desnuda como vosotros estáis a menudo durante horas y horas…”.

Durante los tres días de la estancia del Papa se encontraron con él unos tres millones y medio de fieles. San Juan Pablo II, pronunciando un acto de entrega de la Iglesia Universal, de la patria, de todos los hombres y de sí mismo a la Virgen, exclamó: “Madre, soy todo tuyo y aquello que es mío es tuyo”. Le ofreció también una rosa de oro que fue colocada en el altar de la Madre de Dios.