Sin título 1

Padre Manuel Martínez Cano, mCR.

Nos vamos a Roma. Los acampados en autocares. Los familiares en avión. Durmieron en Villa Fátima. Los acampados en el suelo de los colegios.

Belleza incomparable celestial, de nuestras basílicas e Iglesias. Nadie ha superado el arte católico. Celebramos la Santa Misa en el Gesù de los jesuitas, en San Pedro del Vaticano y en San Andrea delle Fratte. Visitamos las catacumbas. Todo cuando pudimos en tres días completos. Rezamos el rosario a viva voz dando la vuelta al Coliseo. Nuestros jóvenes llamaban la atención por su educación y la bandera española que llevaban en el antebrazo de su uniforme.

Roma estaba en alerta militar. Soldados cada dos por tres, empuñando sus ametralladoras. Les di medallas de la Milagrosa. Todos los militares me lo agradecieron mucho. Lástima, se me acabaron. Al sacristán del Gesù -peruano él- le di una estampa de San Martín de Porres con su reliquia. Se puso más contento que un colegio entero a la salida al recreo. Una buena mujer, madre soltera, de tres hijos, también peruana, me pidió la bendición en una de las hermosas plazas romanas. Vive en Pensilvania.

Salimos de un restaurante y, a dos pasos, me encuentro en su cochecito a un bebé de cinco meses. Le miro y me mira. Le sonrío y me sonríe. Me inclino hacia él y coge la tarjeta de identificación que llevamos colgada al cuello. Bajo mis manos y me las coge con alegría desbordante. Sonreímos. La sonrisa es un lenguaje universal. Sus padres contemplaban la escena embobados.

Estamos esperando el autocar y se me acerca un joven sonriente. Es judío. Vive en Francia y sabe hablar en español. Ha perdido su fe. No asiste a la sinagoga. Le hablo de Edith Stein-Santa Teresa Benedicta de la Cruz. Judía convertida al catolicismo. Martirizada por los nazis. Copatrona de Europa. No sabía nada: A unos metros nos observa su novia. A llegar le dije que era muy guapa. Él se lo tradujo y bajó la cabeza modestamente. Nos despedimos hasta mañana en el Ángelus del Papa.

Y así fue. En aquella inmensa plaza me encontró, tras preguntar a varios de nuestros jóvenes. Seguimos la conversación de la tarde. Parecía que nos conocíamos de toda la vida. Le entregué mi tarjeta con el blog, el Twitter y el YouTube y se puso muy contento.

Hablamos de la Verdad. Le dije que buscara la Verdad: Tu novia es guapa, esa es la verdad. La capital de Italia es Roma, esa es la verdad. Jesucristo dijo: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”. Dios es la verdad.

Sólo vi un sacerdote con sotana. Por cierto muy joven -unos diez con clergyman. Dos de ellos con el cuello abierto. Y bastantes religiosas con sus hábitos. Son más coherentes.

Chicas adolescentes, jóvenes y veteranas vestían a lo paraíso terrenal: piernas, espalda y media pechera al aire libre. La inmensa mayoría de mujeres vestía decentemente. Como Dios manda.

¡Viva los novios! Grite a unos en la plaza de San pedro. El saltó de alegría.

Vamos por la calle y una señora dice junto a mí dos palabras en español. Vio nuestra bandera. Me dijo que había viajado por todo el mundo. Y en todo el mundo había hablado con españoles. Se marchaba de Roma y no había hablado en español. Vive en Madrid. Su madre nació y vivió en Huete (Cuenca) Miren por donde, yo estuve seis años dando clases en el colegio de Huete.

Las calles de Roma, sucias. Muy sucias.

Cuando el Papa Francisco dijo que en la plaza estaba: ” la Unión seglar de San Antonio María Claret”. Rugieron los leones y las palomicas españolas.