Padre Manuel Martínez Cano mCR.

Dios OmnipotenteDios es Eterno, Inmenso y Omnipotente. Dios es Infinito Amor. La prueba más grande y hermosa de que Dios nos ama es la Encarnación del Verbo en las purísimas entrañas de la Niña Hermosa de Nazaret, la Virgen María. La Segunda Persona de la Santísima Trinidad se hizo hombre para la salvación eterna de los hombres (no del planeta, como ha dicho Cardenal Müller) “Aunque Jesucristo murió por todos, no todos se aprovechan del beneficio de su muerte” (Concilio de Trento).

Santa Catalina de Siena exclamaba: “¡Oh eterna grandeza! ¡Oh grandeza de bondad! ¡Tú te abajaste y te hiciste pequeño para hacer grande al hombre! ¡A cualquier parte que me vuelva no encuentro más que el fuego y el abismo de tu caridad!” Los santos lo han entendido bien ¡Amor con amor se paga! Hagámonos pequeños, humildes para amar a Dios Todopoderoso hecho Niño.

Proclamemos la grandeza del Señor con nuestro testimonio de amar al prójimo. Un corazón repleto de soberbia y afectos desordenados no puede ser el Palacio donde viva el Rey de Cielos y Tierra. Santa Bernardita decía que en el corazón que la Virgen tiene un altar no puede entrar un ídolo humano. “Despertándonos siempre para amar porque si una vez nos hace el Señor merced que se nos imprima en el corazón este amor, sernos ha todo fácil y obraremos muy en breve y muy sin trabajo” (Santa Teresa de Jesús).

En el corazón puro nace un ardiente amor al prójimo. Pues, aunque Cristo murió por todos los hombres, no todos se salvan. Nosotros podemos ayudar a Cristo, a la Iglesia, a salvar almas. El Papa Pío XII, en la encíclica Mystici Corporis dice: “Misterio verdaderamente tremendo y nunca suficientemente meditado: que la salvación de muchos dependa de las oraciones, de las mortificaciones voluntarias ordenadas a este fin por los miembros del Cuerpo Místico de Cristo y de la colaboración de los pastores y de los fieles”.

El apostolado es siempre una colaboración con nuestro Señor Jesucristo en la salvación de las almas. Comencemos, pues, con nuestro apostolado interior, oración y sacrificio con generosidad y perseverancia. Y sobre todo cumpliendo el Primer Mandamiento del Decálogo. Amar a Dios sobre todas las cosas. Porque, como enseña San Juan de la Cruz: “Es más precioso delante de Dios y del alma un poquito de este puro amor y más provecho hace a la Iglesia, aunque parece que no haga nada, que todas esas obras juntas”.

Nos recuerda el Santo Doctor de la Iglesia que “Al atardecer de la vida seremos examinados en el amor”.

Empecemos por santificar nuestras propias almas. La oración y los sacrificios son absolutamente necesarios para llegar a ser santos. Jesucristo redimió a todos los hombres por su oración y su dolorosa Pasión. Su muerte en la Cruz es la culminación de su obra redentora. San Juan de la Cruz nos dice que Cristo: “Hizo la mayor obra que en toda su vida con milagros y obras había hecho… que fue reconciliar y unir al género humano por gracia con Dios”.