Padre Manuel Martínez Cano mCR.

MUERTE Y DIVINIDAD DE JESÚS

Jesús es DiosLa muerte de Jesucristo es también una prueba de su divinidad, porque fue profetizada por Él mismo como culminación de su obra redentora y prueba de su divinidad.

El Señor se mostró tan humano y tan divino y su muerte se vio acompañada de tales señales extraordinarias, que el centurión romano y los que contemplaban aquel sublime espectáculo no pudieron menos que exclamar: “¡Verdaderamente, éste era Hijo de Dios!” (Mt 27, 54).

El cuerpo de Jesús quedó pendiente de la cruz y su alma bajó al limbo de los justos o seno de Abraham, donde estaban retenidas las almas justas para llevarlas al Cielo.

José de Arimatea y Nicodemo pidieron el cadáver de Jesús y, bajándolo de la cruz, embalsamaron su sagrado cuerpo con unas cien libras de sustancias aromáticas, lo liaron con lienzos, como era costumbre entre los judíos, lo envolvieron en una sábana limpia y lo llevaron a un sepulcro nuevo cavado en la roca; en él depositaron el sagrado cadáver y cerraron la puerta del sepulcro con una piedra muy grande.

Los enemigos de Jesús tuvieron muy buen cuidado de asegurar la permanencia del cadáver en el sepulcro y por eso sellaron la piedra de entrada y pidieron a Pilato que custodiara el sepulcro con un pelotón de soldados.

RESURRECCIÓN Y DIVINIDAD DE JESÚS

Tal y como había profetizado al tercer día de su muerte, Jesucristo volvió a unir su alma y su cuerpo, resucitando gloriosamente para nunca más morir; salió del sepulcro con su poder infinito, a pesar de sus enemigos. La resurrección de Jesús es la mayor prueba de su divinidad.

“Pasado el sábado, al alborear el primer día de la semana, María Magdalena y la otra María fueron a ver el sepulcro. De pronto se produjo un gran terremoto, pues el ángel del Señor bajó del Cielo y, acercándose, hizo rodar la piedra y se sentó encima de ella. Su aspecto era como relámpago y su vestido, blanco como la nieve. Los guardias, atemorizados ante Él, se pusieron a temblar y se quedaron como muertos. El ángel se dirigió a las mujeres y les dijo: “Vosotras no temáis, pues sé que buscáis a Jesús, el Crucificado; no está aquí, ha resucitado, como lo había dicho. Venid, ved el lugar donde estaba. Ahora id enseguida a decir a sus discípulos: “Ha resucitado de entre los muertos e irá delante de vosotros a Galilea; allí le veréis. Ya os lo he dicho”.

“Salieron Pedro y el otro discípulo, y se encaminaron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más que Pedro y llegó antes al sepulcro. Se inclinó y vio la sábana en el suelo; pero no entró. Llega tras él Simón Pedro, entra en el sepulcro y ve en el suelo, plegado en un lugar aparte, no junto a la sábana, el sudario que cubrió la cabeza. Entonces entró el otro discípulo, el que había llegado antes al sepulcro; vio y creyó, pues hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos” (Jn 20, 3-10).

“Algunos de la guardia fueron a la ciudad a contar a los sumos sacerdotes todo lo que había pasado. Estos, reunidos con los ancianos, celebraron consejo y dieron una buena suma de dinero a los soldados, advirtiéndoles: Tenéis que decir: “Sus discípulos vinieron de noche y le robaron mientras nosotros dormíamos”. Y si la cosa llega a oídos del Procurador, nosotros le convenceremos y os evitaremos complicaciones”. Ellos tomaron el dinero y procedieron según las instrucciones recibidas. Y se corrió ese rumor entre los judíos hasta hoy” (Mt 28, 11-15).

APARICIONES DE JESÚS

Vano intento el de los Sumos Sacerdotes para engañar al pueblo, porque el pueblo sencillo pronto comprendió la mentira de los enemigos de Cristo, porque si los soldados romanos estaban durmiendo, no podían ver nada.

Pero no fue ese el argumento decisivo de la gente sencilla, sino que el argumento que esgrimían y que ningún enemigo de Cristo pudo negar o combatir fueron las apariciones de Cristo después de su resurrección.

Durante cuarenta días, Jesús dio a los suyos pruebas evidentes de su resurrección. Se apareció a María Magdalena y a las otras piadosas mujeres, a San Pedro, a los discípulos de Emaús, al Colegio Apostólico reunido en el cenáculo; otra vez a los apóstoles, con Santo Tomás presente; a Santiago; varias veces se apareció en Galilea, una vez se apareció a más de quinientos discípulos juntos, y más tarde se apareció a San Pablo.

Es de sentido común, como dice San Ignacio de Loyola, que la primera aparición de Jesús fue a su Madre Santísima, aunque no la refieran los evangelistas.

Saboreemos gozosamente la primera aparición a los Apóstoles: “Estaban hablando de estas cosas, cuando Él se presentó en medio de ellos y les dijo: “La paz con vosotros”. Sobresaltados y asustados, creían ver un espíritu. Pero Él les dijo: “¿Por qué os turbáis, y por qué se suscitan dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo. Palpadme y ved que un espíritu no tiene carne y huesos como veis que yo tengo”. Y diciendo esto les mostró las manos y los pies. Como ellos no acababan de creérselo a causa de la alegría y estuviesen asombrados, les dijo: “¿Tenéis aquí algo de comer?” Ellos le ofrecieron parte de un pez asado. Lo tomó y comió delante de ellos. Después les dijo: “Estas son aquellas palabras mías que os hablé cuando todavía estaba con vosotros: “Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos sobre mí” (Lc 24, 36-44).

ASCENSIÓN DE JESÚS AL CIELO

A los cuarenta días de resucitado, Jesús reunió en el monte Olivete a sus discípulos, a los Apóstoles y a la Virgen María y… ante el asombro de todos, Jesús subió al Cielo.

Los que estaban reunidos, le preguntaron: “Señor, ¿es ahora cuando vas a establecer el Reino de Israel?” Él les contestó: “A vosotros no os toca conocer el tiempo y el momento que ha fijado el Padre con autoridad, sino que recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra”. Y dicho esto, fue levantado en presencia de ellos, y una nube le ocultó a su vista. Estando ellos mirando fijamente al Cielo mientras se iba, se les aparecieron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: “Galileos, ¿qué hacéis ahí mirando al Cielo? Este que os ha sido llevado, este mismo Jesús, vendrá del mismo modo en que le habéis visto subir al Cielo”. Entonces se volvieron a Jerusalén desde el monte de los Olivos, que dista de Jerusalén el espacio de un camino sabático” (Hch 1, 3-12).

En el Credo decimos que Cristo “está sentado a la diestra de Dios Padre”; quiere decir que Cristo, en cuanto Dios, tiene la misma gloria en el Cielo que el Padre y que el Espíritu Santo.

Nuestro Señor que está glorioso en el Cielo prepara nuestras moradas e intercede continuamente como Abogado nuestro ante su Eterno Padre. Desde allí ha de venir, con gran poder y majestad, para juzgar a los vivos y a los muertos.