Una Epopeya misionera

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

La Hispanidad, firme y prometedora realidad (2)

Esa es la Hispanidad: el bloque compacto de naciones que han heredado del Imperio Hispánico, disuelto en 1825, los tesoros de su fe, de su cultura y de su lengua. Es el resultado magnífico de la epopeya misionera que dio vida a inmensos mundos. Es la continuación de aquella gesta gloriosa. Es la segunda etapa de una vocación misionera.

Y la Hispanidad es una realidad perceptible a los ojos de todo el mundo. Nadie ignora que veintiuna naciones de origen español llenan buena parte de la geografía terrestre; y que esas naciones albergan a 170 millones de hombres, casi todos católicos. Es decir, que más de la tercera parte del número total de los hijos de la Iglesia (425 millones) pertenece a la comunidad hispanoamericana, y que esa multitud de católicos está hermanada firmemente por una lengua y una cultura comunes (301).

Mons. Zacarías de Vizcarra Arana(301) En 1955, Mons. Zacarías de Vizcarra podía afirmar ya que el bloque iberoamericano, es decir, Hispanoamérica más Luso américa, la total heredad apostólica de Santiago el Mayor, constituía más de la mitad de la Iglesia Católica, y él Prelado daba las siguientes cifras: Católicos, 425 millones; Iberoamérica, 219 millones de católicos (España, 29; Portugal y colonias, 10,5; América hispanoportuguesa, 160; Filipinas, 19,5). Resultado; Iberoamérica, 6.500.000, más de la mitad del número total de católicos. (Véase Año Cristianó, B.A.C., 25 de julio, Fiesta de Santiago Apóstol).

Ese es el hecho patente, fundado en vínculos reales, muy profundos y humanos, que no se pueden romper.

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¿Cuál puede ser la actitud de un católico ante esta gran realidad humana, que es la vinculación indestructible de millones de seres?

¿Negarla? ¡Imposible! Los mapas, las estadísticas, la historia y los hechos de cada día testimonian al unísono la realidad de los vínculos que enlazan a la comunidad hispánica, y descartan esta locura.

¿Desear que se destruya? ¡Intento baladí! Una unidad que tiene un tronco de cuatro siglos, y que ha resistido a los arrasadores vendavales de la independencia y de las guerras fratricidas, a los desecantes imperialismos extranjeros y al liberalismo desorganizador, es casi imposible que en adelante perezca por obra de hombres. Si tal unidad llegara un día a desintegrarse, anunciaría el fin de esos pueblos como naciones.

¿Despreciarla? ¡Necia postura! Todo lo que es humano y real tiene su valor, y, encauzado, puede servir a la gloria de Dios. ¡Cuánto más si esa realidad humana es de tanta importancia que alcanza a decenas de naciones, en los elementos más importantes de la vida social, como son la religión y la cultura!

Sólo queda un camino posible: contar con la Hispanidad. Para el bien o para el mal, pero el mundo tendrá que contar con ese bloque de naciones hermanas. Entre ambos partidos, cualquier católico habrá hecho pronto la elección, si es que ya antes no había decidido su juicio la mera consideración de que toda unidad dentro del catolicismo es un principio de fuerza y de valor para el triunfo de nuestros ideales, y de que la Iglesia siempre ha favorecido la alianza de las regiones católicas que tienen vínculos comunes de historia o de sangre.

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Encauzar y aprovechar la nueva fuerza de la unidad hispánica fue precisamente—como vamos a ver—la actitud del preclaro Pontífice Pío XII.

El Papa de las grandes visiones del futuro aparece, al llegar a este punto, como un hombre convencido. Ha visto claro una vez, y su ruta será lógica y decidida hasta el final de su vida pastoral.

Pío XII ha contemplado la gran realidad: una comunidad de pueblos, unius linguae, unius sanguinis et unius fidei, con una misma lengua, una misma sangre y una misma fe.

Ante tamaño factor histórico, dentro de la catolicidad, el Soberano Pontífice, que como fiel Vicario de Jesucristo busca sólo la extensión del Reino de Dios, reacciona sobrenaturalmente. ¡Esa comunidad de pueblos puede y debe servir a la Iglesia! Hay que encauzar la inmensa energía que se está almacenando en el continente americano, con bases en Europa, y Asia, y que no tardará en expansionarse. De ahí sus deseos de que la Hispanidad se fundamente en el Catolicismo. De ahí su constante llamada a las tradiciones católicas de Hispanoamérica. De ahí, finalmente, sus advertencias, a las jóvenes naciones del bloque, de que todo lo deben a la Iglesia, y que sólo en armonía con ella podrán encontrar el rumbó próspero de su futuro.

Un pujante bloque hispanoamericano, cimentado en el cristianismo y al servicio de la Iglesia católica, es la gran esperanza del Papa de la Hispanidad. En sus discursos se muestra como un convencido de la posibilidad y conveniencia de este programa. Y como tal, desea exponer su pensamiento y persuadir a sus oyentes. Pío XII anhela, sobre todo, encarrilar por vías católicas el enorme potencial que ve brotar espontáneo de la necesaria unión de los pueblos hermanos.

Expongamos por orden sus luminosas ideas.