¡Feliz y Santa Navidad!

Una Epopeya misionera

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

La Hispanidad, firme y prometedora realidad (4)

“Países ilustres por su adhesión a la religión” (1)

“Ese bloque de naciones que reza en castellano y que continuamente quiere distinguirse por su adhesión a la Santa Madre Iglesia, por su amor al Vicario de Cristo”.

(Pío XII, 12-VI-1953).

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Papa Pío XIIEl corazón paternal: de Pío XII, cabeza visible de la Iglesia Católica, hubo de soportar los duros golpes que durante su largo Pontificado fueron asestados al Cuerpo Místico de Cristo. Asistió, impotente y afligido, a la caída en las garras del comunismo de numerosos pueblos católicos, y a la persecución, solapada o abierta, que siguió para la Iglesia en esas desgraciadas naciones.

Si el Pastor Supremo dirigía su vista a esa Europa oriental, no encontraba más que lágrimas, cadenas y catacumbas. ¡Era la Iglesia del Silencio!, como él mismo la llamaba.

El gran continente asiático no presentaba un aspecto más consolador; continuos disturbios en el Oriente Medio, con el consiguiente sobresalto para nuestras iglesias; y una tétrica mancha roja en el Extremo Oriente, que agrandaba continuamente sus vastos límites, ensangrentando las florecientes misiones católicas. Pero el golpe más duro que sin duda asestaron los enemigos al corazón del Vicario de Cristo fue la implantación en China de la Iglesia cismática, cuyos inicios amargaron los últimos meses de la vida del llorado Pontífice.

África, a su vez, se veía acechada continuamente por el comunismo militante, y Pío XII hubo de asistir ya a las Calamidades de Argelia, Guinea y otros territorios.

¿Encontraría, quizá, el Papa en la vieja y cristiana Europa el consuelo para su corazón de padre y pastor? No, totalmente; angustiosos problemas doctrinales, una de cuyas réplicas papales fue la encíclica Humani Generis, venían a turbar su ánimo vigilante en la antigua cuna de la cristiandad.

Pío XII, en medio de sus tristezas, era confortado por la visión del Nuevo Mundo, que, a pesar de sus propios problemas, se quería mostrar fiel a Jesucristo y a la Iglesia, y daba grandes esperanzas para el porvenir religioso de la Humanidad.

“A la Iglesia de Cristo que vive en los países de América latina, tan ilustres por su adhesión a la religión, por la luz de la civilización, por las esperanzas que ofrecen de un porvenir de mayores grandezas, se dirige hoy, con un interés igual al amor que le profesamos, Nuestro pensamiento.

Porque si a Nos, a quien por celeste designación fue encomendado regir el rebaño entero de Cristo, corresponde el cotidiano y solícito cuidado de todas las Iglesias, es bien natural que Nuestras miradas se vuelvan con particular insistencia a los numerosos fieles que viven en ese continente. Ellos constituyen de hecho—aun dentro de la diversidad de patrias—unidos y hermanados por la vecindad geográfica, por los vínculos de una común civilización y, sobre todo, por el gran don recibido de la verdad evangélica, una cuarta parte del orbe católico (302).

(302) Sin contar la Península española ni Filipinas, Iberoamérica albergaba en 1955 casi 160 millones de católicos de los 450 de la Iglesia entera. En 1959, ese número había ascendido a 169 millones, que representan un porcentaje de 34 en la cifra total de la Iglesia (490 millones).

Magnífica falange de hijos de la Iglesia, escuadrón compacto de generosa fidelidad a las tradiciones católicas de sus padres.

Esta visión conforta Nuestro ánimo entre las amarguras de los combates y persecuciones a las que están expuestos, en no pocas partes del mundo, el nombre cristiano y la misma fe en Dios”.

(Carta apostólica “Ad Ecclesiam Christi”, al presidente de la Asamblea Plenaria del Episcopado Iberoamericano, 29-VI-1955).