¡Feliz y Santa Navidad!

D. José Guerra Campos
El octavo día
Editorial Nacional, Torrelara, Madrid, 1973

Mons. D. José Guerra Campos - acompañadoY por eso, la Iglesia es mucho más que una asociación educativa; es una familia en la que se nos da y alimenta la vida superior.

No es buen cristiano el que no ama las verdades de la fe. La doctrina es vital. El que desprecia la doctrina en nombre de la vida, desprecia a Cristo y su propia vida. Tenemos hoy un ejemplo bien tierno y emocionante: comienza el mes de mayo; los dogmas de la Inmaculada, de la maternidad divina, de la Asunción gloriosa ¿son acaso abstracciones? ¿O nos acercan más bien a alguien, que es de verdad Madre, que nos acompaña como hermana, como modelo de una vida cristiana perfecta, como realización anticipada de todo lo que esperamos?

Los testigos fundamentales de la verdad, los que nos dicen lo que es Cristo y lo que Cristo hace, son los Apóstoles. Por amor a la vida guardamos fidelidad gozosa a las verdades de fe que ellos nos han legado como un “depósito” viviente, cuya custodia y exposición ha sido confiada a quienes continúan a los Apóstoles en la Iglesia. El depósito no es un lastre: es vida y razón de esperanza.

El Papa, sin cesar, nos urge a que mantengamos fielmente este depósito, para vivir de él. ¿Obtiene el Papa toda la colaboración que ha pedido y la que tiene derecho a esperar, especialmente de los más obligados (los sacerdotes e incluso los obispos)?

Es un depósito que hay que guardar entero. Sin recortes. Sin selecciones caprichosas, al estilo del dicho clásico: “Yo soy católico como el que más, pero no creo en el infierno, en la virginidad de María, en la resurrección de la carne…” Por este camino llegaríamos a no creer sino lo que a nosotros se nos ocurra; no lo que Cristo dice. Y así se desvanece la palabra de Dios, se divinizan nuestras propias ideas, y puede suceder que nos quedemos sin verdad y sin vida.

Quizá alguno diga, sin embargo, que sería conveniente reducirnos todos a las ideas comunes de la humanidad, si no por razón de la vida, sí apelando, por ejemplo, a la humildad (¿no está mal presumir de poseer la verdad?), al respeto a la libertad, al amor a la unidad entre los hombres.

Hablaremos de ello en otra ocasión.

(1 de mayo de 1972).