D. José Guerra Campos
El octavo día
Editorial Nacional, Torrelara, Madrid, 1973

Mons. José Guerra Campos - recibimientoCierto que la fe no aclara todos los enigmas y contingencias del camino; no nos resuelve los problemas multiformes ni elimina los riesgos de la vida temporal. Pero ya desde ahora nos orienta, en la confianza de que todo es para nuestro bien. Y esta confianza no avala ningún adormecimiento, porque es exigente y comprometedora. La seguridad de la fe se funda en Dios. Por nuestra parte, debe continuar un humilde temblor a la vista de nuestras flaquezas e infidelidades (3).

¿Acaso el amor a la unidad entre todos los hombres recomienda que sacrifiquemos las diferencias de pensamiento, para reducirnos todos a un mínimo, que sea como un común denominador?

Evidentemente, para convivir y para cooperar es necesario aprovechar un mínimo de coincidencias máximas. (Incluso, dentro de la coincidencia en lo grande o fundamental, hay que respetar las modalidades diferentes).

Pero la convivencia no puede persistir y desarrollarse sin robustecer la unidad. Y el camino a la unidad es una ascensión, apuntando desde el mínimo hacia lo que constituye de verdad el ser y el sentido del hombre. Si nos rebajásemos hasta el nivel de cualquier idea acerca del hombre, ¡no podríamos amar al hombre! Hay ideas en nombre de las cuales no se puede amar al hombre. Si podemos y debemos amar a todo hombre -incluso al enemigo– es desde una visión superior a las ideas de algunos.

Hablando de la cooperación social -de la construcción de este mundo, a la que todos tienen que arrimar su hombro-, Pablo VI ha dicho hace bien poco que la verdad no es indiferente para la acción: porque toda acción lleva implícita una idea del hombre; si esta no es adecuada, la acción puede llegar a ser nociva y hasta inhumana. De ahí que los cristianos, según el Pontífice, no deban implicarse indiscriminadamente en cooperaciones con sistemas cuya ideología contradice a la fe (4).

Notas:

(3) El Concilio de Trento ha enseñado que nadie debe dudar de la misericordia de Dios, del mérito de Cristo y del poder y eficacia de los sacramentos; pero cualquiera puede temer cuando se contempla a sí mismo y la propia debilidad e indisposición. No hay “certeza de fe” de que uno está en gracia de Dios. Por lo mismo, podemos tener firme esperanza en la ayuda de Dios; pero no hay certeza absoluta de la perseverancia final, ya que es posible nuestro fallo. (Ver el decreto sobre la justificación.)

(4) Carta Octogesima adveniens 1971, especialmente los números 26-39, 49.