Una Epopeya misionera

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

La Hispanidad, firme y prometedora realidad (10)

“Un continente que es la esperanza de la Iglesia”

“El futuro de la Iglesia en los extensos territorios latino-americanos se revela rico de inefables promesas”.

(Juan XXIII, 25-III-1960).

Nuestra Señora de los Ángeles - Costa Rica

Hoy día no hay persona consciente de las leyes de la evolución histórica que deje de ver la futura potencia de Iberoamérica. Integrada por países jóvenes en plena expansión demográfica y económica, está, a no dudarlo, llamada a jugar un papel importante en los destinos humanos. Sus reservas minerales son extraordinarias. Sus producciones, variadas y fecundas. Y el desarrollo industrial—condicionado, en general, a la abundancia de materias primas—se revela prometedor para aquellas tierras de suelo y subsuelo riquísimos. No es, pues, de extrañar que a la sombra de tan abundantes fuentes de prosperidad, la población hispanoamericana crezca a un ritmo vertiginoso. En comparación, sobre todo, con otras naciones más o menos estacionarias, su desarrollo demográfico alcanza cada día cifras más impresionantes (312).

(312) América latina que en 1920 albergaba solamente a 92 millones de habitantes, en 1955 había alcanzado los 170 millones, calculándose que para fines del siglo contendrá la enorme cifra de 600 millones, si continúa en la progresión iniciada. Sólo Argentina puede fácilmente sostener con la riqueza agrícola, explotada convenientemente, 100 millones de hombres. Y la fertilísima cuenca del Amazonas, una vez desbastada de sus selvas vírgenes, sería capaz de mantener a varios centenares de millones de hombres.

Todo ello hace que ese grupo de naciones estén en vías de alcanzar un puesto considerable en el concierto de las naciones. Al rumbo, pues, de ideas y sentimientos que adopte el bloque hispanoamericano irán ligados grandes intereses de civilización y de cristianismo.

Pero, por dicha para la Iglesia, esas naciones son “todas católicas”, como el Cardenal Ruffini, Arzobispo de Palermo, hacía observar hace poco a un redactor de La Stampa que se interesaba por la solución del problema comunista.

“Ustedes los periodistas hablan poquísimo de España. Parece que quieren ignorarla a posta. Sin embargo, considerarla como amiga podría ser una valiosa ayuda contra el comunismo. No olviden que veinte naciones hablan lengua española, y que esos pueblos son todos católicos”.

De esta importancia del bloque iberoamericano nace el especial cuidado que han mostrado los Vicarios de Jesucristo hacia aquellos jóvenes Estados. Pío XII, en particular, cifraba grandes esperanzas en el esplendoroso porvenir católico de la Hispanidad. Hacia ella volvía su mirada confiada. Las inmensas energías, del bloque hispano, animadas por su profunda fe, le eran una prenda segura del puesto de Hispanoamérica en la lucha de orden espiritual que se trama actualmente en el mundo.

Y ello, añadamos, no impedía al Papa hacerse cargo de los problemas que esa América entraña, y que señaló muy bien en la carta “Ad Ecclesiam Christi” (29-VI-55) y en el discurso al II Congreso del apostolado seglar (5-X-57), así como en la exhortación a los alumnos del Pontificio Colegio Pío Latino Americano (5-IV-56).

Estos problemas—que constituyen acuciantes peligros—provienen todos de la escasez de clero, y de sus tristes consecuencias: la ignorancia religiosa, la superstición, el materialismo práctico, el anidamiento de la masonería y el fácil proselitismo de protestantes y comunistas.

Pero, a pesar de todo ello, Pío XII confía que, debidamente ayudada, América sabrá sacar del tesoro de su tradición católica las energías necesarias para superar la crisis. El Papa, fundado en esta esperanza, anuncia incansablemente un luminoso porvenir. Así, por ejemplo, el Paraguay le aparece como “centro de un continente que es la esperanza de la Iglesia”.

La misma idea la encontramos en el radiomensaje a Costa Rica: “El mundo americano de lengua española, tan rico en promesas para la Iglesia”.

“Ha permitido la Divina Providencia que, a pesar de no ser ya escasos los lustros que desde esta Silla de Pedro hemos visto desfilar, y a pesar igualmente de haber sido tan numerosas las veces que hemos podido enviar Nuestra palabra a ese, mundo americano de lengua española, tan rico en promesas para la Iglesia, hasta hoy no se haya ofrecido una ocasión propicia para dirigirnos a vuestra patria amadísima”.

(Radiomensaje al II Congreso Eucarístico Nacional de Costa Rica, reunido en San José, 28-IV-1955.)