Mons. D. José Guerra Campos - Obispo de Cuenca

D. José Guerra Campos
El octavo día
Editorial Nacional, Torrelara, Madrid, 1973

Pablo VI ha invitado a todos los fieles a que cada uno defienda su fe contra los errores (1). ¿La va a defender cada uno a su antojo, con “libre examen”? No; de acuerdo con normas superiores de la jerarquía, que es el principio de unidad para todos. Hay determinaciones permanentes del magisterio y el mismo Papa, con solicitud admirable, se encarga de recordárnoslas todos los días.

La confusión brota en torno a las “novedades”. Hay novedades legítimas; otras, ilegítimas. Hay cosas claras; otras, oscuras. La confusión se disipa si se discierne entre las novedades, si no se mezcla lo claro con lo oscuro. El discernimiento se hace por referencia al depósito que todos los pastores y fieles han de asimilar con sumisión. “Vigilad y orad”, dice el Señor. Nuestra vigilancia se inspira en cuatro actitudes: en medio del oleaje, a través de la niebla, mirar hacia puntos fijos, como faros; referir a ellos las novedades, para ver si son o no legítimas; acotar las zonas de opinión libre; y, aunque a veces haya que atravesar los bancos de niebla de la duda, o de la búsqueda, rechazar siempre las cortinas de humo de la ambigüedad, del lenguaje de doble sentido.

 Digamos ahora algo sobre lo primero. Los puntos fijos son, ante todo, las verdades de fe y los principios morales, propuestos y declarados por el magisterio supremo de la Iglesia: el Papa y el episcopado universal.

Es importante recordar que estos puntos vinculan a los mismos pastores, de suerte que cualquier manifestación menos clara de alguno de ellos ha de ser juzgada a la luz de aquellas proposiciones (2). Esta es la norma desde el comienzo de la Iglesia.

Notas:

(1) Por ejemplo, en la audiencia general del 3 de diciembre de 1969: “El pueblo cristiano por sí mismo debe inmunizarse y fortalecerse… La difusión de la palabra verdadera…, puede ser el antídoto oportuno… Pedro no cambia”.

(2) Los pastores, en sus manifestaciones y actuaciones, han de conformarse con esa norma. Son servidores; no una autoridad arbitraria. Exigir que una autoridad no contradiga a la ley no es faltar a la autoridad, es obedecer a la verdadera autoridad.