Padre Manuel Martínez Cano mCR.

NOCIÓN DE VIRTUD

Niño rezando a la Virgen MaríaVirtud es una disposición habitual y firme que dispone a las potencias del alma para que hagan siempre el bien.

No sería virtud un acto bueno esporádico, porque virtud es la costumbre permanente de obrar el bien.

Las virtudes pueden ser naturales o sobrenaturales.

Las virtudes naturales son los hábitos buenos que la persona puede adquirir con sus solas fuerzas naturales.

Las virtudes sobrenaturales son los hábitos infundidos por Dios en las potencias del alma que disponen a la persona a obrar sobrenaturalmente, según la razón iluminada por la fe.

Las virtudes sobrenaturales se dividen en dos grupos: teologales y morales. Las teologales son: fe, esperanza y caridad. Las morales son muchísimas, las principales son: religión, piedad, prudencia, fortaleza, justicia y templanza.

Las virtudes teologales son hábitos sobrenaturales del alma con los que las personas se relacionan directa e inmediatamente con Dios, como fin último sobrenatural.

NOCIÓN DE FE

La fe es una virtud sobrenatural por la que creemos firmemente lo que Dios ha revelado y la Iglesia nos enseña.

El Concilio Vaticano II definió la fe teologal con estas palabras: “Una virtud sobrenatural por la que, con la inspiración y la ayuda de la gracia de Dios, creemos ser verdadero lo que por Él ha sido revelado, no por la intrínseca verdad de las cosas percibidas por la ley natural de la razón, sino por la autoridad del mismo Dios que revela, el cual no puede engañarse ni engañarnos”.

La fe se divide en fe objetiva y subjetiva. La fe objetiva es el conjunto de verdades reveladas por Dios en la Sagrada Escritura y la Tradición divina.

La fe subjetiva es el acto interno de asentimiento del hombre a las verdades reveladas por Dios.

La fe subjetiva se divide en: fe habitual y actual, viva y muerta…

Fe habitual es la aptitud permanente de creer, ya sea consciente o inconscientemente. La recibimos en el Bautismo juntamente con la gracia y se desarrolla por la vida y formación cristiana.

Fe actual es el acto concreto de creer que la persona adulta debe hacer, con más o menos frecuencia.

Fe viva es la del cristiano que está en gracia de Dios y hace buenas obras.

Fe muerta la del que está en pecado mortal.

RAZONES PARA TENER FE

Si a un cristiano le preguntan por qué cree que Dios es uno y trino, contestará sin vacilar: porque Dios lo ha revelado y Dios no puede engañarse ni engañarnos.

Y si le preguntan: ¿cómo sabes que Dios lo ha revelado?, responderá: por los motivos de credibilidad.

Los motivos de credibilidad -las razones que tenemos para creer- son principalmente: los milagros, las profecías, la existencia histórica de Jesús y la Iglesia por sí misma.

El Concilio Vaticano I enseña que “Para que el obsequio de nuestra fe fuera conforme a la razón (Rom 12, 1), quiso Dios que a los auxilios internos del Espíritu Santo se juntaran argumentos externos de su revelación, a saber, hechos divinos y, ante todo los milagros y las profecías, que, mostrando de consuno luminosamente la omnipotencia y ciencia infinita de Dios, son signos certísimos de la divina revelación y acomodados a la inteligencia de todos. Por eso, tanto Moisés y los profetas como sobre todo el mismo Cristo Señor hicieron y pronunciaron muchos y clarísimos milagros y profecías; y de los apóstoles leemos: “Y ellos marcharon y predicaron por todas partes, cooperando el Señor y confirmando su palabra con los signos (milagros) que se seguían” (Mc. 16, 20)”.

“Es más: la misma Iglesia por sí misma, es decir, por la admirable propagación, eximia santidad e inexhausta fecundidad en toda suerte de bienes; por su unidad católica y su invicta estabilidad, es un grande y perpetuo motivo de credibilidad y testimonio irrefragable de su divina legación”.

PROPIEDADES DE LA FE VERDADERA

El acto de fe de la persona ha de ser: sobrenatural, libre, firme, universal y constante.

El acto de fe ha de ser sobrenatural. El asentimiento de la razón a la Revelación divina se hace bajo el influjo de la gracia, apoyado en la autoridad de Dios.

La verdadera fe es un acto humano libre. El asentimiento a la divina Revelación lo hace nuestra libre voluntad y no la necesidad interna de los argumentos de razón, ni una coacción externa.

La verdadera fe es firme. El acto de fe excluye toda duda o vacilación voluntaria y resiste y vence toda dificultad o tentación contra las verdades reveladas.

La verdadera fe es universal. El acto de fe se extiende a todas las verdades reveladas por Dios, enseñadas por la Iglesia.

La verdadera fe es constante. El verdadero cristiano está dispuesto a sacrificarlo todo, hasta la propia vida, antes que negar o rechazar una verdad de fe.

Muchas veces la fe aparece oscura. Excede a nuestra limitada capacidad intelectual. Pero no por eso la fe deja de ser cierta y firme, porque tenemos argumentos racionales para creer las verdades reveladas por Dios y nos fiamos de Él que no puede engañarse ni engañamos.

-NECESIDAD DE LA FE

La fe es absolutamente necesaria para salvarse. Así lo afirmó nuestro Señor Jesucristo: “El que creyere se salvará, más el que no creyere, será condenado” (Mc. 16, 6).

Antes del uso de razón, para salvarse basta la fe habitual recibida en el Bautismo, pero el que ya tiene uso de razón, necesita, además, para salvarse, la fe actual.

Pero no basta la fe sola para salvarse -como dicen los protestantes- sino que es necesario que a la fe acompañe la gracia santificante y las buenas obras. Es necesaria, pues, la fe viva: “la fe que actúa por la caridad” (Gál. 5, 6) porque la fe sin gracia o sin buenas obras “es una fe muerta” (Sant. 2, 17-26), una fe que no puede salvarnos.

De la necesidad de la fe para salvarse no se sigue necesariamente que sea imposible la salvación de los paganos o infieles que no han sido bautizados, ya que la Iglesia siempre ha enseñado “que al que hace lo que puede (con la ayuda de la gracia actual), Dios no le niega jamás su gracia”.

Santo Tomás enseña que: “Si alguno de tal manera educado (el que vive en la selva), llevado de la razón natural, se conduce de tal modo que practica el bien y huye del mal, hay que tener como cosa ciertísima que Dios le revelará, por una interna inspiración, las cosas que hay que creer necesariamente o le enviará algún predicador de la fe, como envió a San Pedro a Cornelio” (Hch. 20).