José Guerra Campos - el día de la palma

D. José Guerra Campos
El octavo día
Editorial Nacional, Torrelara, Madrid, 1973

San Pedro fue el primero en promulgar una gran verdad: que a Cristo, salvador de todos los hombres, se puede acceder sin necesidad de someterse a la ley judía. Sin embargo, en una ocasión en Antioquía, por no disgustar a los partidarios de la judaización, Pedro se comportaba con disimulo. Pablo se le opuso abiertamente. ¿Por desacuerdo con su doctrina? Al contrario: porque estimó que la “simulación” de Pedro oscurecía la doctrina del mismo Pedro y desorientaba a los creyentes (3). San Pablo, a su vez, afirmaba que cualquier cosa que él pudiese decir habría de subordinarse en todo caso a la predicación oficial ya establecida: “Aunque nosotros, o un ángel del Cielo, os anunciase otro evangelio distinto del que os hemos anunciado, sea anatema… Si buscase agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo” (4).

¿Ha cambiado algo, en este punto, con el último Concilio? No. San Juan XXIII, al inaugurarlo, reafirmó la misma norma. Le impuso como tarea el “ejercicio pastoral del magisterio, que debe partir de la adhesión renovada, serena, tranquila, a todas las enseñanzas de la Iglesia en su integridad”.

Y San Pablo VI, terminado el Concilio, se apresuró a advertir que es necesario enmarcarlo en el cuadro de todo el magisterio anterior (5). Poco después, al ver -son sus palabras- que “algunos católicos se dejan llevar de una especie de pasión por el cambio y la novedad”, cumple el mandato de Cristo de “confirmar en la fe a sus hermanos” y “proclama por encima de las opiniones humanas” la verdad de Cristo, pronunciando el Credo, “que recoge en sustancia la inmortal tradición de la santa Iglesia de Dios” (6).

Si hay quien siembra el desconcierto, si los mismos pastores inmediatos dejan de orientar, cada uno debe defender su fe. Para ello lo fundamental es conocer los documentos que hacen fe (7).

Notas:

(3) Carta de San Pablo a los gálatas: Gal. 2, 11.

(4) Gal. 1, 8-9. El apóstol reitera allí mismo: “Si alguno os predica otro evangelio distinto del que habéis recibido, sea anatema”.

(5) En la audiencia general del 12 de enero de 1966 el Papa dijo, entre otras cosas: “La herencia del Concilio está constituida por sus documentos (…). Pero, notémoslo bien, las enseñanzas del Concilio no constituyen un sistema orgánico y completo de la doctrina católica. Esta es más vasta -como todos saben-, y el Concilio no la ha puesto en duda ni la ha modificado sustancialmente. Por lo contrario, la ha confirmado, ilustrado, defendido y desarrollado con una apología muy autorizada, llena de sabiduría, de vigor y de confianza (…). La voz franca y solemne del Concilio ha mostrado qué función providencial ha confiado Cristo al magisterio viviente de la Iglesia para guardar, defender, interpretar el “depósito de la fe”. No debemos separar las enseñanzas del Concilio del patrimonio doctrinal de la Iglesia, sino más bien ver cómo se insertan en él, hacen cuerpo con él, son un testimonio, un crecimiento, una explicación, una aplicación del mismo. Entonces, las “novedades” doctrinales o normativas del Concilio aparecen en sus justas proporciones, no van contra la fidelidad de la Iglesia a su función de enseñanza, y adquieren la verdadera significación que las hace resplandecer con una luz superior”.

(6) Introducción a la profesión de fe recitada por San Pablo VI el 30 de junio de 1968, en la basílica vaticana, al término del “año de la fe”.

(7) Si alguno pensara que es muy trabajoso procurarse ese conocimiento, cabría preguntarle si no pone mucho cuidado en conocer y guardar los títulos de sus propiedades, o los certificados que le garantizan el derecho a la seguridad social.