Muerte de San José y venida Espíritu Santo y presentes Jesús y María

¡Viva Jesús Sacramentado!
¡Viva y de todos sea amado!

¡Viva María Santísima! ¡Viva!

Padre Manuel Martínez Cano mCR.

LECCIONES DE LA MUERTE

La muerte es sabia maestra. Si aprendiéramos sus lecciones siempre obraríamos sabiamente.

1. Nos enseña la vanidad de las cosas del mundo. Junto a un cadáver, pasemos revista a lo que más estima el mundo: A) Belleza corporal ¿en qué para? Frescura, hermosura, juventud, se convierte en polvo, ceniza, gusano. B) ¿Podréis distinguir el cadáver de un necio del de un gran sabio? C) ¡Riquezas! Aquí se han de quedar. D) Se disipan como el humo los honores. E) Placeres, amigos ¡qué pronto se olvidan los muertos!

2. Nos enseña la falsedad de los principios que rigen al mundo. A) “Hay que gozar de la vida, porque no se repite”. Pero la vamos a perder el día menos pensado y tendremos que dar rigurosa cuenta de su empleo a Dios. La muerte  tampoco se repite y de ella depende la eternidad. B) “Hay que ser como todos y no singularizarse”. Y… morir como todos. Y condenarse como tantos ¡Qué necedad! C) “Lo importante es morir bien, acabar en gracia de Dios”. Lo importante es cumplir nuestro fin, dar gloria a Dios en la vida y en la muerte, y lo cierto es que quién mal vive, de ordinario muere mal. Como es la vida es su fin.

3. “Nos enseña y pone en evidencia la locura de los mundanos”. Vivir como si no hubieran de morir. Imitación de Cristo: “Bienaventurado quién tiene siempre ante sus ojos la hora de la muerte y diariamente se dispone a morir”. San Ignacio de Loyola: “Que sienta el desorden de mis operaciones, para que aborreciendo me entiende y ordene, y conociendo del mundo para que aborreciendo aparte de mí las cosas mundanas y vanas”.

¡Virgen María! Tú eres Madre de Dios y Madre mía, no permitas que yo tu hijo sea condenado por tu Hijo Jesús. ¡Muestra que eres mi Madre! Jesús, que cuando llegue el trance de mi muerte, tu Madre Santísima me alcance la palma de la victoria. Eternamente feliz.

LA MUERTE ENTRÓ EN EL MUNDO

La muerte entró en el mundo a causa del pecado del primer hombre. Dios dijo a Adán: “Del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás” (Gen 2, 17). Adán y Eva desobedecieron y Dios dijo al hombre: “Comerás el pan con el sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la tierra, pues de ella has sido tomado, ya que eres polvo y al polvo volverás” (Gen 3, 19).

“Por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos habían pecado” (Rm 5, 12).

SENTIDO CRISTIANO DE LA MUERTE

La Iglesia exhorta a los cristianos a que nos preparemos para la hora de nuestra muerte, pidiendo a la Madre de Dios, continuamente, que interceda por nosotros: “en la hora de nuestra muerte” (Avemaría), y poniendo nuestra confianza en San José, patrono de la buena muerte.

Gracias a Cristo, la muerte del cristiano tiene un sentido hermoso: “Para mí, la vida es Cristo y morir una ganancia” (Flp 1, 21). “Es cierta esta afirmación: si hemos muerto con Él, también viviremos con Él” (2ª Tm 2, 11).

En la muerte, Dios llama al hombre hacia sí. Por eso, el cristiano puede experimentar hacia la muerte un deseo semejante al de San Pablo: “Deseo partir y estar con Cristo” (Flp 1, 23).

MORIR EN GRACIA DE DIOS ES VIVIR ETERNAMENTE FELICES EN EL CIELO

“¡Yo quiero ver a Dios y para verlo es necesario morir!” (Santa Teresa de Jesús).

“¡Yo no muero, entro en la vida!” (Santa Teresita del Niño Jesús).

“¡Cuán dulce es morir después de haber tenido en vida verdadera devoción al Corazón del que nos ha de juzgar!” (Santa Margarita María).

“¡Qué consuelo siente mi alma al pensar en la muerte! ¡Veré a mi Dios cuando muera!” (Santa María Micaela).

“¡Qué suave y dulce es la muerte para las almas que le han amado sólo a Él!” (Santa Isabel de la Trinidad).