Institución de la Eucaristia - Cuerpo de Cristo

¡Viva Jesús Sacramentado!
¡Viva y de todos sea amado!

¡Viva María Santísima! ¡Viva!

Padre Manuel Martínez Cano mCR.

El cuerpo de Jesucristo quedó en el sepulcro unido a su divinidad. El alma unida a la divinidad bajó al seno de Abraham, lugar donde estaban retenidas las almas de los justos del Antiguo Testamento que habían muerto sin tener que satisfacer ninguna pena por sus pecados pero que no podían entrar en el Cielo hasta la muerte del Señor.

Los santos en el Limbo vivían en continuo anhelo de la llagada del Señor. Allí estaría Adán y Eva. Abel y los profetas. Cada uno traía alguna noticia. Simeón: “El Mesías ya está en la tierra; ha comenzado su obra redentora”. San José, alma de singular hermosura. San Juan el Precursor, envuelto en rojo manto de sangre. Por fin vieron a Cristo, gozoso por ver el fruto de su Redención.

Pasaron las horas necesarias para que se cumplieran las Escrituras y las profecías, y llegó la resurrección. ¡Prisión, llagas, azotes, golpes, escarnios, cruz, lanzada…! ¡Varón de dolores! De pronto el alma de Jesús volvió a unirse con su cuerpo y a animarlo ¡Qué transformación más sorprendente! ¡Gloria!

(Mateo 28, 1-10): “Pasado el sábado, al alborear el primer día de la semana, fueron María la Magdalena y la otra María a ver el sepulcro. Y de pronto tembló fuertemente la tierra, pues un ángel del Señor, bajando del Cielo y acercándose, corrió la piedra y se sentó encima. Su aspecto era de relámpago y su vestido blanco como la nieve; los centinelas temblaron de miedo y quedaron como muertos. El ángel habló a las mujeres: “Vosotras no temáis, ya sé que buscáis a Jesús el crucificado. No está aquí: ¡ha resucitado!, como había dicho. Venid a ver el sitio donde yacía e id aprisa a decir a sus discípulos: “Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis”. Mirad, os lo he anunciado”. Ellas se marcharon a toda prisa del sepulcro; llenas de miedo y de alegría corrieron a anunciarlo a los discípulos”.

De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: “Alegraos”. Ellas se acercaron, le abrazaron los pies y se postraron ante él. Jesús les dijo: “No temáis: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán”.

El cuerpo resucitado de Jesucristo se revistió de las cuatro dotes sobrenaturales que, según el Apóstol San Pablo han de recibir los cuerpos de los resucitados de los bienaventurados, además de su perfección natural.

(1ª Corintios 15, 42): “Pues así es la resurrección de los muertos. Se siembra en corrupción y resucita en incorrupción. Se siembra en vileza y se levanta en gloria. Se siembra en flaqueza y se levanta en poder. Se siembra cuerpo animal y se levanta en cuerpo espiritual”.

Hemos de procurar que estas dotes adornen nuestra resurrección espiritual. Seamos pues:

1º. Impasibles e inmortales. Que no volvamos a morir por el pecado mortal ni nos dejemos impresionar de los afectos desordenados que antes afectaban a nuestra alma, debilitándola y disponiéndola a la muerte eterna. El infierno.

2º. La claridad hemos de procurarla por el buen ejemplo, que ilumine a cuantos nos rodean y les ponga de manifiesto las virtudes de nuestra alma santificada.

3º. La agilidad, en la prontitud en responder a las inspiraciones de Dios, a las órdenes de la obediencia, a los dictados de la caridad y aún a las manifestaciones del gusto de nuestros hermanos.

4º. La sutileza en el vencer los obstáculos que a nuestro paso se oponen para alcanzar la santidad.

La resurrección fue el gran triunfo de Cristo:

1º. Triunfó de la muerte. Atroces tormentos, crucifixión, lanzada, embalsamiento, con 32,700 kg de una mixtura de mirra y óleos. Los mismos enemigos sellaron el sepulcro y lo custodiaron. (Lucas 24, 5): “¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?”. Con Cristo también nosotros vencemos la muerte.

2º. Triunfó de sus enemigos. Parecía que los vencedores fueron sus enemigos. Lo crucificaron. Pero al amanecer del domingo ¡Cristo resucitó! Con este Rey nada hemos de temer de los enemigos. Lo más que pueden hacer es matar el cuerpo, nunca nuestra alma.

3º. Triunfó de sus amigos. ¡No creían en Él! ¡No creían que había resucitado! y se llamaron con razón “Testigos de la resurrección”.

“Y si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación. Vana nuestra fe” (1ª Corintios 15, 14)