Celebración de la Santa Misa

¡Viva Jesús Sacramentado!
¡Viva y de todos sea amado!

¡Viva María Santísima! ¡Viva!

Una Epopeya misionera

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

La Hispanidad, firme y prometedora realidad (22)

Una fraternidad sincera en la verdad histórica (4)

Pero el Soberano Pontífice está muy lejos de ver por ello, con malos ojos la independencia americana. No, Pío XII sabía muy bien que esta independencia, de pueblos que avanzaban poco a poco hacia la edad madura, tarde o temprano había de llegar irremisiblemente; aunque, como toda separación, fuera dolorosa para ambas partes.

También conocía el sagaz Pontífice que muchas causas de tipo político y humano estaban en el origen de todas aquellas guerras secesionistas. Pío XII no olvidaba, sobre todo, y en varios discursos lo enaltece delante de los católicos de América, que no pocos de sus próceres estaban animados de las mejores intenciones para con la Iglesia. A menudo aquellos valientes se sublevaron precisamente para defender a la religión que el Gobierno central injustamente oprimía. Tales reacciones cristianas y antigubernamentales se patentizaron con ocasión de la cruel expulsión de los jesuitas, decretada por Carlos III, de las leyes liberales dictadas por las Cortes de Cádiz, de la traidora inteligencia de algunos de los ministros de Fernando VII con las tropas revolucionarias de Napoleón, y de otros sucesos desgraciados de índole político-religiosa.

Con algunos de los pasajes laudatorios que Pío XII dedica a los próceres completaremos, en todos sus aspectos, la doctrina, pontificia sobre la Historia del Nuevo Mundo. Y al mismo tiempo se advertirá, que la unión entre España y los países americanos deseada por el Papa, y que cada día aparece más conveniente para el bien de toda la catolicidad, no podrá realizarse sino en el mutuo reconocimiento de la verdad histórica por ambos sectores. América tendrá que desechar la Leyenda Negra de la conquista y colonización, sin verse por eso constreñida, por supuesto a crear una leyenda rosa. Y España, por otro lado, tendrá que borrar, de algunas de sus historias, páginas objetivamente infundadas o al menos incompletas sobre el movimiento escisionista americano.

El prudente Pontífice Pío XII sabía armonizar a las mil maravillas todas las realidades históricas, dentro de la verdad. El mismo año de 1954, y aun con escasa diferencia de días, proclamaba a los españoles la grandeza de su epopeya misionera (12-X-1954), mientras encomiaba al Uruguay la catolicidad de los prohombres que le independizaron de España (13-X-1954). Más aún, en un mismo discurso a Colombia, se sucedían en los labios laudatorios del Papa los nombres gloriosos de los conquistadores hispanos y las proezas de los libertadores de América (12-XII-1954). Mostrando así claramente con su ejemplo que una verdad no se opone a la otra, y que las glorias de un pueblo no son en desdoro de las ajenas. Para hacer patriotismo, un americano no necesita denigrar a la Madre Patria. Para escribir la gloriosa historia del Imperio, un español no debe acudir al baldón de aquellos hombres a quienes las naciones hermanas reverencian merecidamente como Padres de la Patria. ¡No! ha habido ya demasiadas incomprensiones para mal de todos. Ha llegado el momento de que los pueblos católicos se unan en la verdad siempre caritativa y en la caridad siempre objetiva.