LA INQUISICIÓN ESPAÑOLA: SOMBRAS, PERO TAMBIÉN LUCES (XV)
Un llamamiento de hace más de cien años
Esta revelación de una realidad de la Inquisición española “completamente diferente” como afirmó Bennassar— de la visión impuesta por su “Leyenda Negra”, nos lleva hacia una última reflexión. El 18 de agosto de 1883, un papa considerado liberal, León XIII, publicó un breve especial consagrado a la necesidad vital de los estudios históricos: Saepe numero considerantes. Para hacer frente a las leyendas negras anticatólicas, hizo un llamamiento al trabajo, a la acción, escribiendo: “Es un interés primordial apartar este peligro. Hay que trabajar enérgicamente para refutar mentiras y falsedades recurriendo a las fuentes. Los enemigos de la Iglesia lanzan sus dardos hostiles sobre todo desde la Historia. Es necesario que la Iglesia se defienda con las mismas armas de la Historia y que refuerce con especial cuidado los flancos atacados con más violencia”. Por desgracia el papa ha sido poco escuchado. Han tenido que pasar cien años para que acerca de la Inquisición española se introduzca un principio de rectificación. E incluso, como hemos visto, algunas publicaciones católicas, como la Biblioteca de Autores Cristianos, continúan proporcionando dardos a los enemigos.
SAN BEDA EL VENERABLE, presbítero y doctor de la IglesiaSAN GREGORIO VII, papaSANTA MARÍA MAGDALENA DE PAZZI
Padre Martínez m.C.R.
* “La misión del católico es lograr que la Ley Divina quede grabada en la ciudad Terrena” (Concilio Vaticano II).
* La autodeterminación modernista ha cristalizado en el aborto, eutanasia, manipulación de embriones, etc.
* “La vida es una moneda que nada vale si no es gastándola; pero gastándola en provecho propio, tampoco vale nada. La vida vale sólo cuando se gasta por Dios y para su gloria, que algún día será también la nuestra” (Monseñor M. Reig Pla).
* “Sus prédicas la constitución de un bloque hispanoamericana encabezado por España titulándolo “inagotable reserva” por la lucha por la doctrina de Jesucristo y el triunfo de su Iglesia” (José Ungría).
* Los Profetas anuncian el tiempo, el lugar y otras circunstancias del advenimiento del Mesías Redentor, precisando sus características esenciales.
* La expectación mesiánica era el alma y la vida del Pueblo de Dios, Israel, y esta expectación transcendió a otros pueblos. Por eso, el mundo entero presentía, esperanzado, un salvador.
* “Llegada la plenitud de los tiempos” (Gal 4, 41), Dios determina la Encarnación. La Segunda Persona de la Santísima Trinidad, sin dejar de ser Dios, se hizo Niño en las purísimas entrañas de la Virgen María, para redimir a los hombres.
D. José Guerra Campos El octavo día Editorial Nacional, Torrelara, Madrid, 1973
Muchos otros aspectos de esta manera confusa de apelar a los valores humanos podrían ser evocados aquí; no me atrevo a insistir en ellos para no ocupar demasiado tiempo vuestra atención. Sólo quisiera decir de paso, que Dios, que se nos ha manifestado en Cristo, no podrá tolerar jamás que, los que le conocemos, traicionemos nuestra condición de testigos. Otros, que no le conocen, podrán acercarse, sin darse cuenta, al Señor a través de las aspiraciones confusas de su propio corazón; pero nosotros, no. Tenemos una luz, y no para ocultarla, sino para mostrarla. Nosotros no podemos ocultar al Señor, ni siquiera dentro del hombre; no podemos decir que ya amamos al hombre, si, mientras tanto, omitimos la profesión de nuestro amor a Cristo Jesús, a Dios Padre; porque el Señor que nos ha pedido, como exigencia de una caridad eficaz, el amor y el servicio a los hombres, ha dicho también que «el que me negare delante de los hombres, yo le negaré también delante de mi Padre» (Mt. 10, 33).
Y en cuanto a la unidad, que es, sobre todo en el ámbito íntimo del pensamiento y de los corazones, una de las grandes exigencias de toda vida comunitaria, queremos recordar que no puede lograrse a costa de Cristo. Se fomenta, sin duda, la unidad, aprovechando ese mínimo que nos es común a todos los que convivimos en un ámbito determinado, pero ese grado no puede ser el término de un rebajamiento, de una reducción, sino como decíamos antes inicio de ascensión. En definitiva, no hay unidad verdadera entre los hombres, sino cuando todos comulgan en un movimiento ascendente hacia valores que nos trascienden y nunca cuando pretenden lograrla por la vía fácil de la reducción a un mínimo, porque ese camino conduce a lo inferior, donde reina el egoísmo, manantial incesante de toda división.
La encarnación de Chisto fue un abajarse, pero con finalidad elevadora; si no, carecería de sentido. Por eso, los cristianos esperamos de nosotros mismos y de toda la Iglesia, especialmente de los más responsables en la misma, que cuando practique, en virtud de la caridad, los servicios temporales que necesiten los hombres, los convierta siempre en signo de la presencia del amor que salva; que, como Cristo Jesús, el pan más o menos multiplicado, levante siempre el apetito y el corazón hacia el pan que baja del Cielo. Porque cuando no se produce esta elevación desde el pan de la tierra al pan del Cielo, entonces -como sucedió a Jesús en Cafarnaúm- mejor sería que la Iglesia se quedase sin seguidores. Entonces, Cristo Jesús, implacablemente fiel a su misión de amor, preferirá que se marchen todos. «¿También vosotros os queréis ir?», tendrá que decir, a última hora, al grupo minúsculo de sus discípulos (Cfr. Jn. 6, 60-67).
«Ahora me voy al que me envió, y ninguno de vosotros me pregunta: “¿Adónde vas?”. Sino que, por haberos dicho esto, la tristeza os ha llenado el corazón. Sin embargo, os digo es la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito. En cambio, si me voy, os lo enviaré. Y cuando venga, dejará convicto al mundo acerca de un pecado, de una justicia y de una condena. De un pecado, porque no creen en mí; de una justicia, porque me voy al Padre, y no me veréis; de una condena, porque el príncipe de este mundo está condenado».
Padre Cano, m.C.R.
* “El mal se propaga rápidamente. El bien tiene muchísimo más poder que el mal. Sin embargo, la influencia del mal aumenta, con la pasividad de los buenos” (M.D).
* “La democracia no es un modo alguno un hecho y tampoco un derecho. Es tan solo una idea falsa” (Charles Maurras).
* “Nunca será suficiente hablar de la obra de España en India. A los pocos años del descubrimiento de América, florecen por los territorios descubiertos iglesias, hospitales, universidades, colegios…” (Luis María de Ruschi).
* “Y al emplearse nuestro carácter en la lucha fuimos fieros defensores de nuestra independencia y proyectamos nuestro ingenio por el mundo, hasta que la invasión de doctrinas extrañas acabó sumiéndonos en la decadencia” (Francisco Franco Bahamonde).
* Jacob tuvo doce hijos, padres de las doce tribus Israel, con las que se formaría el Pueblo de Dios. De la tribu de su hijo Judá saldría el Mesías.
* Moisés fue el primer jefe del Pueblo escogido. Condujo a su pueblo de la esclavitud de Egipto a la Tierra prometida. Recibió de Dios las Tablas de la Ley y toda la Legislación del Pueblo de Dios en el monte Sinaí.
* Josué introdujo al Pueblo escogido en la tierra prometida, en el país de Canaán (Palestina). A David le prometió Dios la perpetuidad del Reino mesiánico en su propio linaje; sus salmos cantan las glorias del futuro Mesías.
EL SENTIDO DEL HOMBRE EN LOS PUEBLOS HISPÁNICOS (IV)
El humanismo español (2)
Este humanismo es una fe profunda en la igualdad esencial de los hombres, en medio de las diferencias de valor de las distintas posiciones que ocupan y de las obras que hacen, y lo característico de los españoles es que afirmamos esa igualdad esencial de los hombres en las circunstancias más adecuadas para mantener su desigualdad y que ello lo hacemos sin negar el valor de su diferencia, y aún al tiempo mismo de reconocerlo y ponderarlo. A los ojos del español, todo hombre, sea cualquiera su posición social, su saber, su carácter, su nación o su raza, es siempre un hombre; por bajo que se muestre el Rey de la Creación; por alto que se halle una criatura pecadora y débil. No hay pecador que no pueda redimirse, ni justo que no esté al borde del abismo. Si hay en el alma española un «eje diamantino» es por la capacidad que tiene, y de que nos damos plena cuenta, de convertirse y dar la vuelta, como Raimundo Lulio o Don Juan de Mañara. Pero el español se santigua espantado cuando otro hombre proclama su superioridad o la de su nación, porque sabe instintivamente que los pecados máximos son los que comete el engreído, que se cree incapaz de pecado y de error.
Este humanismo español es de origen religioso. Es la doctrina del hombre que enseña la Iglesia Católica. Pero ha penetrado tan profundamente en las conciencias españolas que la aceptan, con ligeras variantes, hasta las menos religiosas. No hay nación más reacia que la nuestra a admitir la superioridad de unos pueblos sobre los otros o de unas clases sociales sobre otras. Todo español cree que lo que hace otro hombre lo puede hacer él. Ramón y Cajal se sintió molesto, de estudiante, al ver que no había nombres españoles en los textos de medicina. Y, sin encomendarse a Dios ni al diablo, se agarró a un microscopio y no lo soltó de la mano hasta que los textos tuvieron que contarle entre los grandes investigadores. Y el caso de Cajal es representativo, porque en el momento mismo de la humillación y la derrota, cuando los estadistas extranjeros contaban a España entre las naciones moribundas, los españoles se proclamaron unos a otros el Evangelio de la regeneración. En vez de parafrasear a San Agustín y decirse que la verdad habita en el interior de España, se fueron por los países extranjeros para averiguar en qué consiste su superioridad, y ya no cabe duda, de que el convencimiento de que podemos hacer lo que otros pueblos, no tendrá que regenerar, ya que la admiración incondicional, abyecta, de todo lo extranjero no sobrevivirá al fracaso, ya casi evidente, de cuantos principios religiosos, morales y políticos, contrarios a nuestra tradición, ha tremolado el mundo en estos siglos.
Esto lo venían haciendo los españoles, sin que les estimulara, por el momento, gran exaltación de religiosidad, y al solo propósito de mostrarse a sí mismos que pueden hacer lo que otros hombres. Pero al profundizar en la historia y preguntarse por el secreto de la grandeza de otros pueblos, tienen que interrogarse también acerca de las causas de su propia grandeza pasada, y como en todos los países los tiempos de auge son los de fe, y de decadencia los de escepticismo, ha de hacérseles evidente que la hora de su pujanza máxima fue también la de su máxima religiosidad. Y lo curioso es que, en aquella hora de la suprema religiosidad y el poder máximo, los españoles no se halagaban a sí mismos con la idea de estar más cerca de Dios que los demás hombres, sino que, al contrario, se echaban sobre sí el encargo de llevar a otros pueblos el mensaje de que Dios los llama y de que a todos los hombres se dirigen las palabras solemnes: «Ecce sto ostium et pulso; si quis… aperuit mihi januam intrabo at illum…» (Estoy en el umbral y llamo; si alguien me abriese la puerta, entraré), por lo que, también, la religión nos vuelve al peculiarísimo humanismo de los españoles.