santa faustina kowalskaMontserrat

Oración por la patria

“Una vez, cuando se hacía la adoración por nuestra patria, un dolor estrechó mi alma y empecé a orar de modo siguiente: Jesús Misericordiosísimo, Te pido por la intercesión de Tus Santos y, especialmente, por la intercesión de Tu Amadísima Madre, que Te crio desde la niñez, Te ruego bendigas a mi patria. Jesús, no mires nuestros pecados, sino las lágrimas de los niños pequeños, el hambre y el frío que sufren. Jesús, en nombre de estos inocentes, concédeme la gracia que Te pido para mi patria. En aquel instante vi al Señor Jesús con los ojos llenos de lágrimas y me dijo: Ves, hija Mía, cuánta compasión les tengo; debes saber que son ellos los que sostienen el mundo.” Santa Faustina Kowalska, Diario de Santa Faustina Kowalska, nº 286.

Tradición compendiada

“Ved, señores, cómo la tradición, ridículamente desdeñada por los que ni siquiera han penetrado su concepto, no sólo es elemento necesario del progreso, sino una ley social importantísima, la que expresa la continuidad histórica de un pueblo, aunque no se hayan parado a pensar sobre ella ciertos sociólogos que, por detenerse demasiado a admitir la naturaleza animal no han tenido tiempo de estudiar la humana en que radica. Esta es la causa de que todo hombre, aún sin advertirlo y sin quererlo, sea tradicionalista, porque empieza por ser ya una tradición acumulada. Que se despoje, si puede, de lo que ha recibido de sus ascendientes y verá que lo que queda no es lo mismo, sino una persona mutilada que reclama la tradición como el complemento de su existencia. El·revolucionario más audaz que, en nombre de una teoría idealista, formada más por la fantasía que por el entendimiento, se propone derribar el edificio social y pulverizar hasta los sillares de sus cimientos para levantar otro de nueva planta, si antes de empezar el derribo se detiene a preguntarse a sí mismo quién es; si la pasión no le ciega, oirá una voz que le dice desde los muros que amenaza y desde el fondo de su alma: Eres una tradición compendiada que se quiere suicidar; eres el último vástago de una dinastía de antepasados tan antigua como el linaje humano; ninguna es más secular que la tuya. Si uno sólo faltara en esa cadena de miles de años, no existirías”. Vázquez de Mella, El Verbo de la Tradición, p. 56.

Aborígenes y conquistadores

“La verdad es también, que los principales dueños de la tierra que encontraron los españoles -mayas, meas y aztecas- lo eran a expensas de otros dueños a quienes habían invadido y desplazado. Y que fue ésta la razón por la que una parte considerable de tribus aborígenes -carios, tlaxaltecas, cempoaltecas, zapotecas, otomíes, cañarís, huancas, etcétera- se aliaron naturalmente con los conquistadores, procurando su protección y el consecuente resarcimiento. Y la verdad, al fin, es que sólo a partir de la Conquista, los indios conocieron el sentido personal de la propiedad privada y la defensa jurídica de sus obligaciones y derechos.” Antonio Caponetto, www.statveritas, Revista Empenta, nº 99 (2º Trim 2015), p. 23.

Gobierno justo

“Entonces la encíclica introduce otra distinción, entre el título (la autoridad) y la modalidad de ejercicio de este título, que puede ser monárquico o poliárquico, sin que sea indicada ninguna jerarquía de valor entre ambas oportunidades: «No se trata en esta encíclica de las diferentes formas de gobierno. No hay razón para que la Iglesia desapruebe el gobierno de un solo hombre o de muchos, con tal que ese gobierno sea justo y atienda a la común utilidad. Por lo cual, salvada la justicia, no está prohibida a los pueblos la adopción de aquel sistema de gobierno que sea más apto y conveniente a su manera de ser o a las instituciones y costumbres de sus mayores».” Bernard Dumont, Revista Verbo, nº 535-536, mayo-junio-julio 2015, p. 418.

Las élites económicas

“En definitiva estos son los resultados a los que aboca una ideología que divide al mundo en dos grupos: unos cuantos vencedores y una notable legión de vencidos; un mundo donde a la precariedad de la mayoría se contraponen los privilegios de quienes se lucran a su costa; diseñado a la medida del poder y de la minoría que lo detenta, donde las elites económicas se sitúan en la cúspide de la pirámide. Un mundo, ciertamente, donde a pesar de haber quedado relegadas las naciones a un segundo plano, el cosmopolitismo no ha resultado ser ese movimiento solidario e integrador que, en palabras de GFM, iba a subsumir los intereses de la fracción en los intereses del todo. Lejos de ser así, nunca los intereses del todo estuvieron tan condicionados por los intereses egoístas que impone una fracción privilegiada.” Óscar Rivas, Revista Razón Española, nº 193, septiembre-octubre 2015, pp. 215 y 216.

La familia liberal

“Examinemos estas variedades de la familia liberal. Hay liberales que aceptan los principios, pero rehúyen las consecuencias, a lo menos las más crudas y extremadas. Otros aceptan alguna que otra consecuencia o aplicación que les halaga, pero haciéndose los escrupulosos en aceptar radicalmente los principios. Quisieran unos el Liberalismo aplicado tan sólo a la enseñanza; otros a la economía civil; otros tan sólo a las formas políticas. Sólo los más avanzados predican su natural aplicación a todo y para todo. Las atenuaciones y mutilaciones del credo liberal son tantas cuantos son los interesados por su aplicación perjudicados o favorecidos; pues generalmente existe el error de creer que el hombre piensa con la inteligencia, cuando lo usual es que piense con el corazón, y aun muchas veces con el estómago.” Félix Sarda y Salvany, El Liberalismo es pecado, pp. 14 y 15.

El milagro español

“A la muerte de Franco, habían desaparecido buena parte de las circunstancias que explican las tensiones y violencias que rodearon a la guerra civil revolucionaria de 1936. Auténtico milagro español que caracteriza a la segunda mitad de nuestro siglo XX y que se trata de dinamitar hoy al tiempo que se abona el renacer de las viejas discordias con el fomento del laicismo, la ruptura de la unidad de España y con el aumento de la precariedad laboral y social.” Ángel David Martín Rubio , Revista Razón Española, nº 194, noviembre-diciembre 2015, p. 297.