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El 14 de junio de 1978 el Juzgado de Instrucción de la localidad alemana de Neumünster pronunciaba sentencia contra la joven Christiane Vera F., acusada por actos realizados en Berlín durante los años 1976 y 1977. En la sentencia se la declaraba culpable de la adquisición continuada de estupefacientes que consumía con pleno conocimiento de sus efectos y de su carácter ilegal. En el resumen de la acusación fiscal se, hace constar que la joven Christiane «ha admitido ser consumidora de heroína desde febrero de 1976. Además, desde febrero de 1976 se viene dedicando a la prostitución, con el fin de conseguir el dinero necesario para la adquisición de heroína». La acusada, en el momento de efectuar sus delitos -inculpada también de robos- tenía 13 años. La noticia, elegida al azar como botón de muestra, encierra una realidad aterradora. En las grandes ciudades gran número de escolares se inician en el consumo de droga a partir de los 11 años. A los 15 les aguarda la incapacidad o la muerte. España no escapa a esa plaga social. En un estudio promovido por la Dirección General de la Juventud se patentiza que el 33 por cien de los españoles comprendidos entre doce y veinticuatro años -unos dos millones y medio- ha fumado marihuana. De éstos un 7 por cien son fumadores habituales.

Y no sólo a nivel juvenil. En todos los sectores y en diversos grados se dejan sentir los estragos de la toxicomanía. ¿Quién no conoce casos de vidas y hogares destruidos por el consumo de drogas, enfermedades contraídas por el abuso del tabaco, accidentes provocados por el alcoholismo? Pero nos centramos aquí en el problema del consumo de estupefacientes entre los jóvenes.

¿Qué induce al joven a drogarse?

Por lo regular responde a la invitación de alguien, .ya sea un desaprensivo o un compañero iniciado. Subjetivamente las motivaciones pueden ser: curiosidad, gusto de lo prohibido, soledad, timidez, insociabilidad, carencia afectiva incomprensión, falta de un interés más fuerte, hastío, crisis de valores, voluntad enfermiza, protesta contra una sociedad de consumo que le ofrece sucedáneos de felicidad; casi siempre  con un común denominador: la falta de una formación integral sólida que se traduce en inmadurez de la personalidad -debilitada tantas veces por una permisibilidad sin freno- , y la incapacidad para dar un significado válida a la propia existencia. La droga es síntoma de una sociedad enfermiza y decadente vacía de altos ideales, sin más horizontes que un consumismo idiotizante y un materialismo desnaturalizado, donde la ausencia de valores absolutos dan un sentido absurdo a la vida.

Efectos de la droga

Son conocidos. Como prototipo y a grandes rasgos señalaremos los de la heroína, la reina de las drogas «duras» -se consideran así las derivadas del opio- que es la de uso más frecuente y fácil de esquematizar. Esta droga produce el típico «viaje» a través de sensopercepciones fantásticas y de vivencias, delirantes, buscándose una huida de la realidad. Aparte de los estados emocionales que causa, esta droga ejerce en el «enganchado» una dependencia fortísima. Esta consiste en una ansiedad poderosa por volver a experimentar los efectos  que el organismo o el estado psíquico desean repetir, o evitar el dolor que le produce su ausencia. La de pendencia constituye un estado de esclavitud respecto al estupefaciente.  Es física, por cuanto el organismo exige la droga mediante dolores u otras crisis, y psíquica, o necesidad mental de drogarse para conseguir el estado anímico apetecido. Para superar esta tendencia es preciso un tratamiento psiquiátrico en régimen de internamiento, tan profundo como sea su toxicomanía. Los índices de recuperación son muy bajos, debido a que la personalidad débil del adicto propicia la reincidencia al aparecer los primeros obstáculos. Para llegar a depender de la heroína son suficientes de cuatro a cinco dosis, y en algunos casos basta con una sola. Cuando se deja de tomar la droga aparece el llamado síndrome de abstinencia, que ataca preferentemente al sistema nervioso. Es un estado en el cual el drogadicto sufre una aguda tensión física y mental que se expresa por náuseas, vómitos, angustias, convulsiones, sudor y dolores en diferentes partes del cuerpo. En casos extremos puede conducir a la muerte.

La heroína, como los demás opiáceos, tiene otro factor de peligrosidad que se denomina tolerancia. Este producto puede ser mortal en dosis elevadas -en proporciones por debajo del gramo- o producir trastornos irreversibles en el cerebro. Los «yokis» -los que se inyectan heroína- comienzan por dosis pequeñas y van necesitando progresivamente dosis más elevadas. Paralelamente se desarrolla en el organismo una tolerancia que va elevando la dosis mortal. En España, en los nueve primeros meses de 1979, murieron 447 personas por consumo de estupefacientes. Otras veces la muerte sobre viene por afecciones secundarias superables de por sí. Psíquicamente el consumo de la heroína produce alteraciones profundas de la personalidad de tipo esquizofrénico y disminuyen la claridad de conciencia. Y en el aspecto físico puede producir lesiones renales, glandulares y otras.

El drogadicto vive marginado, indiferente a su estado físico y mental. Le acosa una sed imperiosa, implacable. Para conseguir la dosis que le liberará de este verdadero sufrimiento no repara en medios. Un drogadicto en estado iniciado de dependencia necesita por encima de las 10.000 pesetas diarias. De ahí la secuela de delitos que suele comportar: el propio tráfico de drogas, aumento de la criminalidad, robos, prostitución, incremento de la violencia, atracos a farmacias, falsificación de recetas, etc. Detrás se esconde la figura siniestra del traficante que con su cadena de colaboradores e inductores directos forman el pulpo monstruoso que aprisiona con sus tentáculos a tantos incautos.

La peor consecuencia

El hombre posee facultades superiores que le dignifican: capacidad de razonar, voluntad, libertad. Es que ha sido creado para fines más altos que la vida puramente vegetativa o animal. El hombre tiene un alma inmortal. La persona que se droga queda prácticamente amputada de estos tesoros y está en peligro de perder irremediablemente el  rumbo que ha de conducirle a su destino de eterna felicidad. El consumo de la droga y sus derivaciones repugna de por sí a la recta razón natural. Pero el cristiano debe saber además que el uso voluntario Y perfecto de la droga, por puro placer y sin necesidad alguna (queda excluida, por ejemplo, la anestesia, lícita en algún caso) por cuanto priva a la persona de la capacidad de razonar, junto con los graves peligros a que expone su vida, los males de todo orden que conlleva y los bienes -a veces obligatorios- que omite, es siempre pecado mortal. También es pecado grave inducir a otro a drogarse o no impedirlo pudiendo y debiendo hacerlo. He aquí, pues, la más trágica consecuencia de la droga: la pérdida de la gracia santificante, ese don maravilloso de Dios al hombre, inimaginable manifestación de su Amor.

¿Qué hacer ante el problema?

A todos se nos ocurrirán ideas válidas para una acción preventiva, que tendrá un papel especialmente importante en la familia y en los centros educacionales y recreativos donde el joven desarrolla su vida. Una acción sintomática, actuando con celeridad al observar los primeros indicios. Y, dentro de nuestras posibilidades, tenderemos la mano con generosidad a los que son presa de la droga, para ayudarles a liberarse y a integrarse de nuevo en la sociedad.

Pero es preciso atacar el mal de raíz. Quien se droga en busca de sensaciones mágicas, ¿no intentará acaso vagamente llenar el vacío de Dios? Pues «Dios -dice Juan Pablo II- está presente en la historia de los responsables y de las víctimas de la civilización del consumo que se van difundiendo; quiere liberar al hombre de la esclavitud de las cosas y llevarlo a retornar incesantemente al camino del amor a las personas -a Dios, a los hermanos- con espíritu de pureza, pobreza y sencillez» (7-1-1979). Y Jesucristo afirmó: «La Verdad os hará libres», es decir, plenamente hombres. Ofrezcamos al mundo la apasionante Verdad del cristianismo vivido entera, entusiasta y conscientemente, sin desencarnarlo de la vida social ni desfigurarlo con fariseísmos ramplones. Este es el único ideal capaz de dar un sentido válido a la existencia humana.

«¿TEMES A DIOS? ARRÓJATE EN LOS BRAZOS DE MARÍA», dice San Bernardo. Para vivir el amor a Dios, sin remordimientos y gozando de la misericordia divina, no olvides rezar cada mañana y cada noche las TRES AVEMARÍAS.