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Normas sin fundamento

Desde luego, la etnicidad de semejantes normas no tiene de verdadera más que lo que tiene de aprovechamiento parasitario de los escasos restos de auténtica conciencia moral que quedan en los hombres occidentales. Por mucho que se quiera decir lo contrario, las normas establecidas por mero acuerdo no dejarán nunca de ser normas convencionales, sólo positivas, sin fundamental fuerza obligatoria. Pues la obligatoriedad de lo convencional estriba en la ley natural que manda cumplir los compromisos: si no se admite ésta, los compromisos no obligan. (José J. Escandell – Cristiandad)

La Iglesia y la castidad

La Iglesia tiene una concepción moral del sexo como un instrumento para la reproducción, siempre en el contexto del matrimonio como sacramento, por lo que en lógica coherencia considerará contrarias a moral las relaciones sexuales que no vayan destinadas a ese fin, tanto las homosexuales, como las pre o extramatrimoniales, como el uso de anticonceptivos, como la masturbación. Obviamente se puede estar en desacuerdo, pero hay que reconocer que la Iglesia tiene perfecto derecho a defender esa doctrina. Resulta cínico que se acuse a la Iglesia de fomentar el SIDA en África por su postura contraria al uso de anticonceptivos, cuando lo que la Iglesia defiende es la castidad fuera del matrimonio, con la que la transmisión de esta enfermedad es imposible. (José Manuel Bou Blanc – Ahora Información)

El Evangelio del pudor y de la castidad

Los santos Padres predican también con gran frecuencia el Evangelio del pudor y de la castidad. Y llama la atención que incluso en los primeros siglos viviendo la Iglesia en medio de tantas persecuciones y sufriendo también terribles y numerosas herejías, ante de los grandes Concilios dogmáticos- mantienen en sus predicaciones y escritos frecuentes exhortaciones sobre el pudor, la castidad, la renuncia a espectáculos, termas, teatros escandalosos y contra todo lo que fuera ocasión próxima de pecado. Recuerdo algunos ejemplos. (José María Iraburu – Pudor y Castidad)

No creemos en Mahoma

Una banda de islamistas llegó hasta su casa para exigirle profesar la religión del Corán. Prometieron ayudarle con la educación de sus hijos en la mezquita y, si cooperaba, traerían de vuelta a su mujer para que ambos “sigan su matrimonio en halal (aprobado por el islam)”, es decir, bajo la bendición de Alá. “Nosotros ni adoramos ni creemos en Mahoma, y no lo haremos nunca. Tenemos nuestra religión y nuestro Dios nos ayudará a salir adelante”, sentencia Nabil. Define esa etapa de su vida como “angustiosa y horrible”, y lamenta que ahora Holanda no les quiera aprobar su solicitud de asilo para legalizar su situación porque considera que Egipto es “un país seguro para vivir”. (El Confidencial – Meridiano Católico)

Artes de ser Apóstol

Muchas veces bendigo al Señor que se ha dignado regalar a mi alma una fe tan viva y una confianza tan ciega y tan sin límites en el poder o, mejor dicho, en la omnipotencia de estas tres cosas:

El Evangelio, la Eucaristía y el sacerdocio.

Tres cosas que en realidad no son más que esto solo: El Verbo hecho Evangelio y Eucaristía hablando, andando y obrando por medio del sacerdote.

Por esto compendio mi fe en aquellas tres cosas en esta sola: Creo en el sacerdote que cumple con su deber.

¡Ese es el que en cierta manera puede llamarse el Sacerdote-Evangelio, el Sacerdote-Eucaristía! … (Beato Manuel González García – AVE MARÍA)

Enfermo privilegiado

Entre las obras de misericordia corporales ocupa un lugar muy singular la que hace referencia a los enfermos. Sin duda la enfermedad es una de las situaciones más dolorosas y al mismo tiempo más universales en que se encuentra todo ser humano. La enfermedad se hace mucho más dura, por no decir inhumana, cuando se vive en la soledad y en la desesperanza. Ocurre muy frecuentemente que la misma intensidad del dolor físico nos haga sentir algo semejante como si la debilidad de nuestro cuerpo invadiera también nuestro espíritu, hasta tal punto como si quedara anulado. El enfermo en esta situación necesita de alguien que le dé muestras de cariño, con su palabra, con su compañía y con sus cuidados y de este modo vuelva a renacer su ánimo y le devuelva la esperanza. Por ello mismo el enfermo está en una situación privilegiada para agradecer a todo aquel que se le acerca con actitud de querer poner de algún modo remedio a su desvalimiento. (Cristiandad)

 

 

 

Misericordia y perdón

La misericordia es, por antonomasia, la virtud del perdón, que expresa su verdad más profunda y su más íntimo significado. Porque el perdón es dejar de odiar; es el triunfo sobre el rencor y el resentimiento, sobre el deseo de venganza o de castigo. Quizás es la manifestación más necesaria de la misericordia. Porque cometemos demasiadas faltas los unos contra los otros; somos demasiado débiles, ingratos y viles como para que no sea necesaria. (Eugenio Alburquerque – Boletín Salesiano)

La democracia orgánica

Se considera hoy la Democracia Orgánica, como una falsificación de la verdadera democracia y como una tapadera del fascismo. Antes de seguir, no podemos menos de manifestar que lo que llaman democracia verdadera, lo que hoy tenemos en España es una mentira redonda-redonda. (Carlos Ibáñez Quintana – Ahora Información)

No murmuremos

Es bueno el consejo que nos deja Horacio: Desconfiad del que murmura de su amigo ausente; del que no le defiende cuando es acusado; del que hace reír con bufonadas; éste seguramente tiene un corazón negro y depravado.

Cuando en alguien vemos algo que está mal, en lugar de murmurar, lo cristiano es ver si podemos ayudar, aunque sólo sea rezando, pero nunca chismorreando.

Tampoco es muy cristiano ver sólo el lado malo de las personas. Todo el mundo tiene sus cosas buenas y, seguramente, tendrían muchas más si encontrasen una mano amiga (la tuya o la mía) que les ayudasen.

El antídoto de la murmuración es la caridad porque con ella no es nunca pequeño el bien que se hace ni el mal que se evita.

Alentemos la caridad llevando a la práctica el consejo del rey de Prusia: La murmuración, señora, no es cosa mía. Ni vuestra. (Antonio Rojas – El Eco de la Milagrosa)