mariaIldefonso Rodríguez Villar
Puntos breves de meditación
sobre la vida, virtudes y advocaciones litúrgica
de la Santísima Virgen María
26ª edición, Valladolid, 1965

En qué consiste. -Es una virtud que puede parecer insignificante y, no obstante es de un elevadísimo valor práctico… que, aunque parezca fácil en ocasiones, es muy difícil sostenerla en otras. -Fíjate bien en la misma palabra, que es muy expresiva.

Condescender es descender con, esto es, descender de la altura de tu amor propio, de tu soberbia para acomodarte con el parecer ajeno… Esta es la explicación etimológica de la palabra; pero ¡ah!, qué costoso es ese descenso…, tan bien nos encontramos en las cumbres de nuestra soberbia, que cuando un golpe humillante de la amorosa Providencia de Dios, nos empuja hacia abajo, nos hace sufrir enormemente… ¿Pues qué será emprender voluntariamente esa bajada?… -Condescender es ceder ante la voluntad…, ante el criterio…, ante el gusto de los otros… y esto bien sabes, por experiencia, lo costoso que te ha resultado siempre.

No queremos que nadie coarte nuestra libertad…, que nadie se oponga a nuestros planes…, que no se nos contradiga en lo que decimos o pensamos… y la condescendencia nos invita a obrar de modo diametralmente opuesto…: que demos la razón a los demás…, que no nos empeñemos en triunfar y en salir con la nuestra…, que sacrifiquemos nuestro gusto y comodidad en aras de la paz, de la dulzura, de la caridad.

Naturalmente que hay cosas en las que no se puede ni se debe transigir…; ceder en esos casos, no sería virtud…, sino el pecado de la cobardía o respeto humano. -¡cuántos pecados no se cometen por esta mala y perversa condescendencia!-

El pecado mismo de Adán en eso consistió…; no tuvo energía suficiente para oponerse a las dulces insinuaciones de su mujer cedió y transigió en lo que no debía, y pecó… Examina tus caídas y verás cuántas han sido producidas por esta maldita condescendencia. -No puedes, por tanto, ceder ni un ápice… No debes condescender lo más mínimo con nadie…, ni con amistades íntimas…, ni con padres ni hermanos…, en cosas contra la ley de Dios, aunque sea en materia leve…, en todo lo que sea de algún modo Ofensa al Señor… o se siga de ello algún daño al prójimo.

Pero fuera de esto, trabaja por. vencer la terquedad de tu carácter, para adquirir esa hermosa y simpática flexibilidad que se acomoda a todo ya todos…, que se goza en dar gusto y complacer a los demás en lo que no sea ni malo ni peligroso…, eso es practicar la gran virtud de la condescendencia…

Sus frutos. -Riquísimos y sazonados son los que produce el ejercicio constante de esta virtud… -Ante todo, un aumento que será siempre creciente, de la reina de todas las virtudes, la caridad… Es bien clara, que ésta no podrá existir en familias, amistades, comunidades, etc. donde no se practique, sin cesar, la condescendencia. –

La causa y raíz de todas las desavenencias, es siempre ese deseo que todos tenemos de salir con la nuestra… y como esto que tú sientes, lo sienten los demás; de ahí esos choques frecuentes y nada edificantes, en los que siempre sale tan mal para la caridad.

En cambio, el ceder y acomodarse al parecer ajeno, condescendiendo con sus gustos, es fuente de amor recíproco…, de paz y de caridad…, contribuyendo eficacísimamente al bienestar y tranquilidad de una casa…, de una comunidad…, de una familia o amistad. -La mutua condescendencia, es la que produce en ellas, la cordialidad y fraternidad junto con una franca y espiritual alegría.

Otro fruto de esta virtud; es la práctica continua de la mortificación interior…, que, como ya se ha dicho, es, en ocasiones, verdaderamente difícil y hasta heroica. -Como todas las virtudes, la condescendencia no consiste, en algunos actos aislados, sino en el hábito frecuente que se manifiesta en la constancia de esos actos. -El vencerte alguna vez…, el ceder y callar hoy…, el condescender en esta ocasión determinada, no es lo difícil ni lo meritorio…, sino el hacerlo siempre…, el habituarte a ello de tal modo, que nunca te dispenses de eso… y esto es lo que supone un ejercicio grande de mortificación.

Piensa en lo que te ha ocurrido ya quizá alguna vez… ¡Cómo te costó ceder, si es que cediste entonces, cuando te sobraba la razón…, cuando tu parecer era el más justo y racional…, cuando por estar en público o presencia de otros, era para ti tan humillante el ceder y el callar… y hasta dar la razón a quien te contradecía!… ¿No es verdad que en esas ocasiones es cuando se ve claramente al alma mortificada y dueña de sí misma?

Con esto ya está indicado otro fruto de la condescendencia, cual es el afianzamiento, cada vez más profundo, en la santa humildad. -Si estrujas un poco el acto de la condescendencia, verás que casi se reduce a esto…, a un acto de humildad… No eres condescendiente porque no eres humilde… porque el amor propio se enciende y se rebela… porque la soberbia te ciega… Luego, cuanto más condesciendas con los demás, más pisotearás tus pasiones y más humilde serás.

Es muy claro, además, que con esta virtud practicas a la vez la mansedumbre y la dulzura… educas y diriges como debes tu carácter. -Ordinariamente hablando esa será la forma más común de ejercitarte en la dulzura, ya que también, de ordinario, la mayor parte de tus asperezas brotan de la falta de condescendencia…, por no ceder…, por triunfar y salir con la tuya

En fin, con esta preciosa virtud, te dispones admirablemente para la vida de obediencia… ¡Qué le costará obedecer al que está acostumbrado a ceder!… Si niega su voluntad por someterla al parecer de los otros…, ¡qué fácilmente la someterá a las órdenes y disposiciones de los superiores! -Mide, pues, la importancia y hermosura de esta Virtud, por los frutos que produce y por el cortejo de virtudes que la acompaña…

La condescendencia de María. – Deduce de aquí, cuál sería la condescendencia de Ma­ría, si tan excelsa fue en la caridad, en la humildad, en la dulzura, y en la obediencia. -Dedúcelo, ya que no tenemos datos concretos en el Evangelio, de la condescendencia de su divino Hijo… ¡Cómo condesciende con los apóstoles cuando le piden algo…, con los discípulos todos y el pueblo mismo, obrando, por condescender con ellos, grandes milagros!… Con los judíos, fariseos y publicanos y pecadores…, en todo lo que no hubiera falta o pecado, ¡qué condescendencia tan humilde la suya! -Mírale con los pobres…, con los necesitados, con los niños… Recuerda su conducta en las bodas de Caná, condescendiendo con su Madre, hasta negar al portentoso milagro que allí obró, a pesar de no haber llegado aún su hora.

Deduce repito, de aquí cuál sería la condescendencia de la Virgen, si así era la de Jesús. -Imagínate fácilmente la escena de los pastorcillos en Belén… o la de los Magos y allí la veras condescender con ellos, en todo…, hasta llegarles a dar a Jesús… y dejar que le abrazasen y acariciasen y lo besasen…-Toda su vida, ¿no fue un continuo acto de perseverante condescendencia con San José y con su Hijo?… ¿Es posible que ni una sola vez siquiera se diera un gusto a costa del de Jesús o de su Esposo?… Eso, ni dudarlo…, su gusto era el complacerles y atenderles en todo. -Ese debe ser también tu gusto: el acomodarte al gusto de los demás…; esa tu complacencia, el complacer a todos…; así es como ganarás a todos…, así te habrás hecho todo para todos, menos para ti…; así en fin habrás logrado imitar, en esta tan preciosa virtud, a tu querida Madre.