padre canoP. Manuel Martínez Cano mCR.

En su carta a los Filipenses, San Pablo dice: «Porque – como decía muchas veces, y ahora lo repito con lágrimas en los ojos – hay muchos que andan como enemigos de la cruz de Cristo: su paradero es la perdición; su Dios, el vientre; su gloria sus vergüenzas; solo aspiran a cosas terrenas. Nosotros, en cambio, somos ciudadanos del Cielo, de donde guardamos un Salvador: el Señor Jesucristo». (3, 18-19)

Aspiremos a las cosas celestiales, como María Santísima, la Niña Hermosa de Nazaret. Tendría unos quince años, cuando se le apareció el ángel Gabriel. Dice Santo Tomás de Aquino que: «Se esperaba por la Anunciación el consentimiento de la Virgen, representante de toda la naturaleza humana». Y la Virgen María dijo: «Fiat”, «he aquí la esclava del Señor; «hágase en mi según tu palabra». Contemplemos la escena, narrada por San Lucas 1, 26-27. En el mes sexto, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María.

Ya se ha cumplido la promesa hecha por Dios a su pueblo hace más de setecientos años: «El Señor, por su cuenta, os dará un signo. Mirad: la Virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Enmanuel» (Isaías 7, 14). La Virgen María quedó hecha templo, sagrario, copón preciosísimo en el que vivió nueve meses Jesús, el Hijo de Dios, el Verbo encarnado.

En aquellos tiempos el mundo estaba realmente en manos del diablo. La corrupción de las ideas sobre Dios, la mujer, el niño, el esclavo… era horrible. Dice San Ignacio que así vivían, así morían y así descendían a los infiernos. Así se envilece y degrada el hombre cuando se aparta de Dios. Hoy, como ayer, el hombre sin Dios, se asemeja cada día más a las bestias con sus crímenes abominables de los abortos, la trata de mujeres, las guerras injustas…

Sí, pero nos recuerda San Pablo que «cuanto más abunda el pecado tanto más abundó la gracia» (Romanos 5, 20) Por la Encarnación Jesús se hace nuestro Sumo Sacerdote, nuestro Redentor. Ocurrió en Nazaret, pueblecito ignorado, que aparece por primera vez en los evangelistas. En medio de aquel mundo corrompido, subía de la tierra al Cielo, incienso perfumado: la oración y el amor de la Niña Hermosa de Nazaret, María Santísima. Era una virgencica tan perfecta, tan pura, tan santa, tan humilde, que atrajo de los Cielos al mismo Hijo de Dios, para esconderlo en sus purísimas entrañas y hacerlo hijo suyo. María y es el templo vivo del más hermoso hijo de los hombres.

Nosotros preparamos el nacimiento de Jesús, haciendo nuestros belenes ¿y nosotros, aspiramos a cosas terrenas? El Hijo de Dios se hace hombre para ser nuestro hermano, nuestro Salvador. Dios se dio a sí mismo. Dios entrega a su Hijo por amor. Y amor con amor se paga. Amemos a Dios y al prójimo. Recibamos a Jesús cada día, siempre que podamos. Él está vivo entre nosotros. Está en la Eucaristía.

Vamos a pedirle a Jesús que se haga en nosotros según su palabra. No según nuestros caprichos, nuestros gustos, nuestras comodidades. No según lo que diga el mundo, lo correctamente político, las modas. Siempre según la voluntad de Dios ¡Hijos de María! ¡Hermanos de Jesús!