Una Epopeya misionera

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

La Leyenda Negra en nuestros días  (7)

la hora de dios en el nuevo mundo.jpg“Quito, adonde llegaron los españoles en 1.533, fue entregado al fuego y a la espada. Toda la población masculina fue inmolada, de tal manera que uno de los feroces lugartenientes de Pizarro, habiendo deseado emprender una incursión a las provincias del interior, no vio llegar más que mujeres y niños, en lugar de los hombres que había pedido, para transportar los equipajes y abrir camino en medio de los boques. Lo tomó como un engaño, y llevado de la cólera, hizo degollar en el acto a aquel rebaño humano”.


“La Historia de la colonización del Nuevo Mundo es el segundo acto de la pasión y del martirio de los desgraciados indios”…

(Cita el acta de los bolivianos independientes, 1825): “El león furioso de Iberia, lanzándose de las columnas de Hércules a los imperios de Moctezuma y de Atahualpa, se ha apoderado desde hace siglos de la desgraciada América y se ha alimentado de su sustancia”.


“Los conquistadores pretendían llevar a los pueblos de América la civilización por la fe; el pretexto no era malo. No los inmolaban, se dice, más que por el servicio divino y de la religión; no entregaron los indios a la inexorable y sanguinaria Inquisición sino movidos por un santo horror a la idolatría. Se desearía hacer de estos gloriosos bandidos, algo así como apóstoles. No ven en ellos sino personas celosas que creían laudable y meritorio el asaltar y matar a cualquiera que fuera pagano; jamás mentira alguna ha sido más flagrante. Es muy cierto que aquella gente oía Misa antes de los combates, y que no marchaban a la matanza si no eran seguidos de los capellanes; pero esto era por simple medida de precaución, y para ponerse en regla con el Cielo. Su verdadero fin -no tuvieron nunca otro-era la búsqueda del oro. Incluso el poder central, no tenía ideal más noble que la avaricia.

Las escenas de matanzas, que manchan los primeros pasos de los europeos, arrojan luz sobre este punto… La destrucción fue pronta como el robo, feroz como el crimen, y tanto más insensata e implacable cuanto que el sombrío fanatismo del monje se unía a la bestial codicia de los veteranos. Ruinas y cenizas, lágrimas y sangre, eso es lo que llevaban consigo los aventureros españoles cuando se lanzaron sobre América.

Impusieron su lengua, sus costumbres, y, sobre todo, sus vicios. En aquella tierra virgen, que la naturaleza había colmado de dones, ellos, los bandidos de la vieja Europa, gente destinada a la horca por su mayor parte, intentaron salvar todas aquellas almas nuevas, que no honraban todavía al verdadero Dios en la persona de Alejandro VI. Convirtieron, pues, todo lo que encontraron, de buena o mala gana, y el cañón fue escogido como medio de persuasión. Gracias a esta última ratio regum, el bautismo era infligido (!) en todas partes en donde las cogullas de los monjes lograban penetrar. Cuando estaban hartos de fusilar, de descuartizar y de quemar a los que se negaban a dejarse despojar, esclavizar y evangelizar, ellos mismos se levantaban en armas por su cuenta, y se mataban mutuamente. Pocos de estos héroes escaparon a una muerte violenta; algunos incluso fueron comidos por sus propios soldados en circunstancias críticas en que el hambre se dejaba sentir con fuerza”.

San Juan Pablo II: “Me urgía reconocer y agradecer ante toda la Iglesia vuestro pasado evangelizador. Era un acto de justicia cristiana e histórica”. (Zaragoza 10-10-1984)