Padre Manuel Martínez Cano mCR.

—San+Vicente+de+LerinsTiempos recios son estos, decía Santa Teresa de Jesús. Tiempos satánicos son los nuestros, decimos nosotros. Muchas mentes están endemoniadas. En nombre de la Iglesia se predican herejías y se cometen sacrilegios horrendos con la Eucaristía.

El Papa Francisco escribe un documento. Al, y cardenales, obispos, sacerdotes, religiosos y seglares, lo entiende de modo diametralmente opuesto, contradictoriamente. Que yo recuerde, esto nunca ha ocurrido en la Iglesia.

Muchos modernistas dicen que los Papas anteriores estaban equivocados y engañaron a los fieles. Pues yo digo que a esos se les debería cortar la lengua. Porque es mentira.

Para orientación de nuestros lectores y desintoxicación de mentes modernista, publicamos fragmentos del primer conmonitorio de San Vicente de Lerins:

“¿Es posible que se dé en la Iglesia un progreso en los cocimientos religiosos? Ciertamente que es posible, y la realidad es que este progreso se da.

En efecto, ¿quién envidiaría tanto a los hombres y sería tan enemigo de Dios como para impedir este progreso? Pero este progreso sólo puede darse con la condición de que se trate de un auténtico progreso en el conocimiento de la fe, no de un cambio en la misma fe. Lo propio del progreso es que la misma cosa que progresa crezca y aumente, mientras lo característico del cambio es que la cosa que se muda se convierta en algo totalmente distinto.

Es conveniente, por tanto, que, a través de todos los tiempos y de todas las edades, crezca y progrese la inteligencia, la ciencia y la sabiduría de cada una de las personas y del conjunto de los hombres, tanto por parte de la Iglesia entera, como por parte de cada uno de sus miembros. Pero este crecimiento debe seguir su propia naturaleza, es decir, debe estar de acuerdo con las líneas del dogma y debe seguir el dinamismo de una única e idéntica doctrina.

Que el conocimiento religioso imite, pues, el modo como crecen los cuerpos, los cuales, si bien con el correr de los años se van desarrollando, conservan, no obstante, su propia naturaleza. Gran diferencia hay entre la flor de la infancia y la madurez de la ancianidad, pero, no obstante, los que van llegando ahora a la ancianidad son, en realidad, los mismos que hace un tiempo eran adolescentes. La estatura y las costumbres del hombre pueden cambiar, pero su naturaleza continúa idéntica y su persona es la misma.

Nuestros mayores sembraron antiguamente, en el campo de la Iglesia, semillas de una fe de trigo; sería ahora grandemente injusto e incongruente que nosotros, sus descendientes, en lugar de la verdad del trigo, legáramos a nuestra posteridad el error de la cizaña.

Reina de la sabiduria, ruega por nosotros