Mercé Morer Vidal

Edith-stein-Mística y MártirCuando es evidente que hay una ideología que intenta destruir la familia, derribando los pilares en que se sustenta según el plan de Dios.

Cuando es pisoteada la dignidad de la persona humana, querida y creada por Dios a su imagen y semejanza.

Cuando no hay libertad de pensamiento -constreñido al pensamiento único-, de conciencia, de opinión, de expresión, de religión -hay indicadores que apuntan a una religión globalizada y a la creación de una autoridad política mundial que controle la espiritualidad del mundo-, de enseñanza, bajo la tenaza totalitaria de las leyes LGTBI.

Cuando se enseña que la masturbación, la fornicación y la promiscuidad son prácticas recomendables. Y se intimida a profesores y centros educativos con durísimas sanciones por obrar en conciencia.

Cuando se justifica la “libertad sexual” y lo que comporta: estrago de la fuente de la vida (anticonceptivos), congelación y destrucción de embriones (seres humanos en miniatura), el genocidio del aborto.

Cuando se promueve la “ética de situación” y se ha llegado a decir por persona “autorizada” que “luchar por la dignidad de todos y fomentar el aborto son una misma cosa”.

Cuando se intenta demoler la doctrina de la Humanae vitae del Beato Pablo VI y de la Veritas splendor de San Juan Pablo II.

Cuando sucede hoy todo esto no podemos callar. Frente a la revolución diseñada para debilitar, degradar, destrozar la naturaleza humana, hay que oponer una firme contrarrevolución.

No puede callar -y no digamos escandalizar- el sacerdote, que tiene por misión, en la persona de Cristo, transmitir su espíritu de pureza.

No puede callar, y ha de actuar, el/la profesional que ve y toca en directo estas cuestiones.

No puede callar, ni dejar de actuar decididamente, el católico coherente con su fe, para empapar su entorno y el mundo entero del espíritu de pureza de Cristo.

No puede callar, ni dejar de actuar, sobre todo la MUJER. No puede prestarse al juego impúdico del hombre, que acabe esclavizándola o convirtiéndola en objeto de usar y tirar, porque le va en ello su dignidad de hija de Dios. Tampoco puede convertirlo a él en juguete en sus manos, impúdicamente. No, su misión es alzarse y emprender esa contrarrevolución sexual necesaria para purificar y embellecer el mundo. Con la ayuda de la gracia, ¡ha de restaurar el mundo! ¡Inundarlo del espíritu de pureza de Cristo!

Nosotras, mujeres, hemos de desempeñar el principal protagonismo, en nuestro propio, alto e indispensable papel. Nos sitúa en él Edith Stein, la gran mujer fuerte, sabia, mártir, santa: “Si las mujeres son otra vez ellas mismas humanidad total, y si ayudan a los otros a que lo sean, crean células sanas, vigorosas, por medio de las cuales se distribuye a todo el cuerpo popular energías vitales”.