Empenta
«En mis viajes por el inabarcable imperio español he quedado admirado de cómo los españoles tratan a los indios, como a semejantes, incluso formando familias mestizas y creando para ellas hospitales y universidades, he conocido alcaldes y obispos indígenas y hasta militares, lo que redunda en la paz social, bienestar y felicidad general que ya quisiéramos para nosotros en los territorios que, con tanto esfuerzo, les vamos arrebatando.
Sus señorías deberían considerar la política de despoblación y exterminio ya que a todas luces la fe y la inteligencia española están construyendo, no como nosotros un imperio de muerte, sino una sociedad civilizada. España es la sabia Grecia, la imperial Roma, Inglaterra el corsario turco.»
Dios creó el ser humano a su imagen. Como hombre y mujer los creó. Compañeros y aliados. Complementarios física y espiritualmente.
*Debemos hacer los gustos de Dios, amando al prójimo. No lo hacemos porque no vemos a Dios en el prójimo.
Sistema político. El Concilio no aboga por ningún sistema de participación política determinado, con tal de que ésta sea auténtica y la mayor posible (15). El documento episcopal de 1966, sobre «La Iglesia y el orden temporal a la luz del Concilio Vaticano II», enseña que, habiendo voluntad de acercarse al ideal del Concilio, elegir la fórmula concreta es de los ciudadanos, no de los pastores. Los que prefieran una no excluyan en nombre del Evangelio la posibilidad de otras. No hay motivo para un juicio moral de la Jerarquía contra las instituciones vigentes en España. El documento de 1973 acentúa el derecho a la pluralidad de opciones y la exigencia de su posibilidad efectiva, y trata sobre la legitimidad y condiciones de la «denuncia profética».
A veces estando en el cortijo, me levantaba a las cinco de la mañana aproximadamente, para ir a Deifontes a comulgar, sin que mis padres se dieran cuenta. Yo me ataba a la mano o al pie una cuerda la pasaba debajo de la puerta y la muchacha que trabajaba en casa me daba un tironcito desde a fuera, esa era la contraseña, yo me levantaba a prisa, me lavaba la cara y me vestía corriendo, sin hacer ruido para que nadie se despertarse, entonces salíamos de casa, atravesábamos montes hasta llegar a la carretera corriendo a todo correr, para poder estar de vuelta a las nueve que era la hora del desayuno. Acababa rendida de tanto correr, pero merecía la pena porque Jesús descansaba en mí.