Jorge Soley Climent

Jaime Balmes y UrpiáEn este proceso jugará un papel clave lo que Francisco Canals calificaba como las nebulosas y confusiones del “resentimiento romántico”, que consiguieron cuajar entre las élites burguesas barcelonesas. Los estudios de Joan Lluís Marfany analizan con precisión este proceso romántico de construcción de una nueva nación, que va desde el excursionismo hasta el canto coral, pasando por la entronización de las sardanas (un baile con arraigo en una mínima porción de Cataluña) como baile nacional y el culto a Richard Wagner entre la alta burguesía que frecuentaba el Liceo. Son las élites influidas por este espíritu romántico las que rechazarán el proyecto de Torras i Bages y darán su apoyo al catalanismo “de orden” que tiene en la publicación por parte de Prat de la Riba, en 1906, de La nacionalitat catalana, obra capital en el desarrollo del nacionalismo catalanista y de matriz claramente hegeliana, su momento de eclosión pública. Pocos años después, en 1910, con motivo del centenario del nacimiento de Jaime Balmes, Menéndez y Pelayo, fino conocedor de Cataluña y su cultura, advertía algo que luego se ha revelado profético: “Un pueblo nuevo puede improvisarlo todo menos la cultura intelectual. Un pueblo viejo no puede renunciar a la suya sin extinguir la parte más noble de su vida y caer en una segunda infancia, muy próxima a la imbecilidad senil”. Es éste un buen resumen de la labor del nacionalismo, en sus dos versiones, durante el siglo transcurrido desde las palabras del sabio montañés, un siglo en el que, con altibajos pero con una perseverancia digna de mejores causas, el nacionalismo ha llevado al pueblo catalán a ese estado próximo a la imbecilidad senil que asombra hoy a tantos observadores imparciales.

Así pues, las ideas románticas del nacionalismo, en sus versiones más revolucionarias o más conservadoras, van a ir calando entre las elites, tanto burguesas como eclesiásticas, aunque su difusión popular va a ser limitada. Tampoco lo hizo en la Iglesia católica en Cataluña más allá de unos círculos influyentes pero limitados y minoritarios: la actitud de tantos sacerdotes, religiosos y religiosas durante la persecución religiosa de los años 30 del siglo pasado no nos brinda precisamente la imagen de una iglesia nacionalista, sino más bien al contrario. Un hecho muy significativo es que la Carta colectiva del episcopado español, por la que éste apoya el Alzamiento contra la República, estaba encabezada por la firma de un catalán, el cardenal Gomá, a quien se sumaron todos los obispos catalanes que habían salvado su vida (Comellas de Solsona, Guitart de la Seo de Urgell, Bilbao de Tortosa, Perelló de Vic, Cartaña de Gerona y Pla y Deniel, en aquel entonces obispo de Salamanca). El único que no firmó fue el cardenal Vidal i Barraquer (sobre el motivo por el que no estampó su firma hay diferentes versiones que no es éste el lugar de discutir), a pesar de que, en referencia al borrador que le habían enviado de la misma, escribió a Gomá calificándola de “admirable, de fondo y forma”.

(Razón Española)