Padre Manuel Martínez Cano mCR.

Santo Domingo Savio - FraseLa radicalidad del Evangelio es sublime. El Señor pide que seamos perfectos como su Padre celestial es perfecto. Aristóteles decía que “la tristeza corrompe la obra y la alegría la perfecciona”. Por tanto, para ser perfectos, “cuando hacemos el bien, hemos de hacerlo con alegría”, como decía San Gregorio Nacianceno.

“Los santos, mientras vivían en este mundo, estaban siempre alegres, como si siempre estuvieran celebrando fiesta” (San Atanasio).

“El que piensa y espera en el Cielo, no puede tener en la tierra un solo momento de tristeza” (Tomás de Kempis).

“Ser santo entre nosotros, es problema de alegría; uno se hace santo a base de alegría” (Santo Domingo Sabio).

“Un santo triste es un triste santo” (Santa Teresa de Jesús).

San Agustín decía que lo que “más odia Dios después del pecado es la tristeza”. Guerra a la tristeza, “de penas que se acaban no hagan caso de ellas” (Santa Teresa). Sí: “estad siempre alegres, porque la tristeza es la más perniciosa de todas las emboscadas del demonio; porque aquellos a quienes el demonio domine, serán dominados por la tristeza” (San Juan Crisóstomo).

“Una de las reglas fundamentales de discernimiento de espíritu podría ser: donde hay tristeza, donde muere el humor, allí no está ciertamente el espíritu de Jesucristo. Al revés: la alegría es una señal de la gracia. Quien se alegra profunda y cordialmente, quien ha sufrido y no ha perdido la alegría, no está lejos de Dios, que es el espíritu de la alegría eterna” (Cardenal Ratzinger).

No estés nunca triste, porque la tristeza significa haber perdido la esperanza en Dios. El Señor te ha creado para vivir eternamente alegre; sería absurdo vivir tristes en este relámpago que es la vida. Si se burlan de ti, si te persiguen, si te calumnian, no pierdas la alegría.

“Estad alegres cuando compartís los padecimientos de Cristo, para que cuando se manifieste su gloria, reboséis de gozo. Si os ultrajan por el nombre de Cristo, dichosos vosotros, porque el Espíritu de la gloria, el Espíritu de Dios, reposa en vosotros” (Filipenses 4, 4).

Nuestro Señor Jesucristo dijo a sus discípulos: “Alegraos y regocijaos porque vuestros nombres están escritos en el Cielo” (Lucas 10, 20).

Jesús dijo en el sermón de la montaña: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”.

¿No es verdad que una triste experiencia te dice que son pocos los hombres de corazón limpio?

¿Puede darse un espectáculo más hermoso que, bajo un rostro simpático, de modales educados, hallar un corazón puro, limpio, casto?

Esos corazones castos, que parece que asoman por los ojos; esos corazones limpios que para conservarse puros sostienen luchas titánicas; esos corazones puros, que a pesar de sentir el atractivo hacia lo pecaminoso…; ¡son santos! sólo esos corazones son felices, verán a Dios en el Cielo y ya le gozan en esta tierra. A ellos se comunica el Señor de la pureza. En sus ratos de meditación diaria, van almacenando castidad, limpieza de alma, santidad. Y son felices, a pesar de las luchas, de las tentaciones y de los ataques del mundo, del demonio y de la carne.

Los sucios de corazón, los que se revuelcan en el cieno de la lujuria, los corazones podridos ¿cómo pueden ser felices si llevan en sí mismos el germen de su infelicidad?

La pureza de corazón es la virtud por excelencia, la que más esfuerzos cuesta; pero es la virtud más amada de tu Madre, la Virgen María. Acude a Ella, pídele que te conserve siempre un corazón puro. Y si caes, pídele que te levante y te proteja con su manto virginal y serás santo.