Padre Manuel Martínez Cano mCR.

Jesucristo descendió al infiernoJosé Mª. Castillo ha dicho, liberalmente y dogmáticamente: “Con toda seguridad: No existe el infierno. No puede existir. El Dios del infierno no puede ser verdad”. José María, lea la Sagrada Escritura, los Santos Padre, el Magisterio de la Iglesia y no errará o mentirá.

El único Dios verdadero dice en el Antiguo Testamento: “¡Ay de los que atacan a mi pueblo! El Señor Todopoderoso los castigará en el día del juicio; serán entregados al fuego y los gusanos, llorarán con dolor eternamente” (Judith 16, 17). En Isaías 66, 24, leemos: “Y al salir verás los cadáveres de los que se rebelaron contra mí: gusano que no muere, su fuego no se extingue”.

En el Nuevo Testamento, Jesucristo habla frecuentemente del infierno, dice que es: “Un fuego eterno, fuego inextinguible, horno de fuego, suplicio eterno, allí hay tinieblas, aullidos y rechinar de dientes”. Y es Cristo quién afirma, que en el Juicio final: “Dirá a los de la izquierda: Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles” (Mateo 25, 21). Si la memoria no me falla, el Nuevo Testamento afirma 23 veces que hay fuego en el infierno.

San Agustín enseña qué “El fuego que atormenta a las almas del Purgatorio es más cruel que todas las penas que en este mundo nos puedan afligir” ¿Cómo será el fuego del infierno? 

Castillo, es verdad que Dios nos ama. San Agustín se preguntaba: “¿Qué somos señor, para que nos améis hasta el punto de amenazarnos con el infierno si no os amamos?” Y afirma: “Me estremece el fuego eterno tiemblo de temor os daría seguridad si la tuviese para mí”.

Quien ama a Dios y al prójimo, será feliz eternamente en el Cielo. San Juan de Ávila preguntaba en sus sermones “¿En qué juicio cabe querer más arder con Lucifer que reinar con Cristo?” Pensemos. Piénsalo, Castillo. San Juan Crisóstomo, nos advierte a todos: “Ninguno de los que tienen ante sus ojos el infierno, caerá en él; y ninguno de los que lo desprecian escaparan de él”.

Vayamos con la falacia satánica. Castillo dice: “La Iglesia no ha definido nunca, como dogma de fe, la existencia del infierno”. La Iglesia enseña que los que mueren en pecado mortal van al infierno. El infierno es un lugar y estado de eterno sufrimiento en que están las almas de los condenados.

El símbolo Quicunque confiesa: “Y los que obraron mal irán al fuego eterno”. Benedicto XII declaro en su constitución dogmática Benedictus Deus: “Definimos además que según la comunión ordenación de Dios, las almas de los que mueren en pecado mortal, inmediatamente después, bajan al infierno, donde son atormentados con sus vicios infernales”. El Concilio de Letrán dice que: “Todos resucitaran con sus propios cuerpos que ahora llevan, para recibir según sus obras, ora fueren buenas, ora fuera malas; aquellos con el diablo, castigo eterno; y estos, con Cristo, gloria sempiterna”.

El último Concilio Vaticano II, nos recuerda que: “Como no sabemos ni el día ni la hora, es necesario, según el consejo del Señor, estar continuamente en vela. Así termina la única carrera que es nuestra vida en la tierra, mereceremos entrar con Él en la boda y ser contados entre los santos y no nos mandará ir, como siervos malos y perezosos al fuego eterno, a las tinieblas exteriores, donde habrá el llanto y el rechinar de dientes”. Dios no predestina a nadie el infierno. Para condenarse eternamente es necesarios una aversión a Dios y persistir en ella hasta el final de la vida. Pecar mortalmente.

Benedicto XVI, hablando a los párrocos romanos dijo: “Por desgracia, temas fundamentales de la fe como el infierno, el purgatorio y el pecado aparecen raramente en la predicación actual”… “Jesús vino para decirnos que quiere que todos vayamos al Paraíso, y que el infierno, del que se habla poco en nuestro tiempo, existe y es eterno para los que cierran el corazón a su amor”.

La mensajera de la Divina Misericordia, Santa María Faustina Kowalska que visitó los abismos del infierno, dice: “Una cosa he notado, y es que la mayor parte de las almas que hay allí son almas que no creían que existía el infierno”.

¡Jesús en Ti confío! ¡Virgen santísima, Sálvame!