Jorge Soley Climent

Papa Francisco - Venerando la irgenDespués de la guerra civil el nacionalismo, que ya se había extendido entre algunos clérigos, sobrevivió en pequeños ambientes, alejado de polémicas políticas y esperando su oportunidad. Ésta llegaría en los años 60 y 70, marcados tanto por aquel postconcilio que amenazó con barrer a la Iglesia entera como por los años finales del franquismo. El tsunami de progresismo que asoló la Iglesia en todo el mundo fue la ola a la que se subió el nacionalismo, que unió su causa a la de aquellos supuestos “vientos nuevos” que se adueñaron de seminarios, congregaciones, parroquias, escuelas y diócesis enteras. En muchos casos, el progresismo fue la puerta de entrada en la Iglesia para un nacionalismo que hasta esa época nunca había pasado de ser una corriente minoritaria en la Iglesia en Cataluña. Al mismo tiempo, la apuesta de una parte significativa de la Iglesia en España, encabezada por el cardenal Tarancón, de desmarcarse del régimen franquista para entrar en el nuevo escenario político que ya se vislumbraba sin supuestos lastres, adoptó en Cataluña un carácter marcadamente nacionalista. La nueva consigna, adoptada acríticamente por una parte muy significativa del clero y promovida desde altas instancias, fue configurar un “cristianismo” progresista y catalanista, obviamente antifranquista y compañero de viaje de los entonces pujantes marxistas.

Fue Jordi Pujol quien supo explotar a fondo en favor del nacionalismo este escenario. Los primeros pasos en política de quien iba a gobernar en Cataluña durante 23 años se dieron en la década de los 50 en una organización sintomáticamente llamada Crist i Catalunya, que más tarde pasó a llamarse Catòlics Catalans. El progresivo corrimiento semántico experimentado por estos “cristianos por el nacionalismo” corre en paralelo al de sus contemporáneos “cristianos por el socialismo”. Pujol entendía este lema que apela a Cristo y a Cataluña a la manera nacionalista: lo esencial era Cataluña; el cristianismo, se fue haciendo cada vez más evidente, era sólo algo instrumental para que Cataluña “fuera”. De hecho, en 1962 el grupo de Jordi Pujol abandonó CC y se volcó en la lucha política, renunciando a sus postulados de carácter más religioso y acercándose al marxismo. Tras adoptar la denominación Comunitat Catalana, en 1964 se transformó en Partit Força Socialista Federal, hasta su disolución en 1968. No fue ni mucho menos el final de la trayectoria política de Jordi Pujol: en 1974 fundaría, durante una asamblea en el santuario de Montserrat, Convergència Democràtica de Catalunya, esta vez enarbolando un supuesto “modelo sueco” socialdemócrata que nunca pudo ocultar que la prioridad, más allá de las coyunturales tomas de posición, siempre fue “nacionalizar” Cataluña. Tarea que, bajo el lema “fer país”, definió a la perfección el mismo Pujol: “formar una determinada moral, transformar las mentalidades y construir la colectividad catalana”. El final de este recorrido se plasma, más allá de los escándalos de corrupción en que se ha visto sumida su familia, en una publicación reciente en la que Jordi Pujol aborda su utopía de una Cataluña independiente de España. En ella el cristianismo ya ha desaparecido del horizonte y, curiosamente, el lema de Torras i Bages ha mutado en Pujol en un cursi “Cataluña será social o no será”. Para Jordi Pujol, el cristianismo no forma parte ya de la descripción de una utópica Cataluña que se ha constituido en nuevo Estado. El alma de Cataluña, su motor espiritual, ha de ser el nacionalismo, la nueva religión de Cataluña, el nuevo ídolo al que sacrificarlo todo.

(Razón Española)