Una Epopeya misionera

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

Los Papas de la colonización (1825 – 1939) (13)

“Quarto abeunte saeculo” (3)

Colón desembarca en las indiasMás Colón, convencido de que preparaba y fortificaba los caminos del Evangelio, todo lo dirigió a este fijo propósito, y nada acometió que no fuera guiado por la religión y acompañado de la piedad. Recordamos cosas que todos conocen, mas ellas nos dan a conocer claramente los pensamientos y los deseos de este varón. Pues, constreñido a dejar portugueses y genoveses, por no encontrar allí apoyo, se retiró a España, y en una casa religiosa maduró su gran proyecto de buscar nuevas tierras, animado y aconsejado por un religioso de la Orden de San Francisco. Por fin, cuando después de siete años va a adentrarse en el Océano, se preocupa de que la tripulación haga cuanto toca a la purificación del alma; ruega a la Reina del Cielo que presida y dirija su empresa; no permite izar las velas hasta que sea implorado el patrocinio de la Santísima Trinidad; y, ya en alta mar, ante el rugido de las olas y las voces del piloto, permanece siempre tranquilo, puesta su confianza en Dios. Fácilmente puede verse cuál es su intento considerando los nuevos nombres que da a las islas descubiertas. Tan pronto llega a una de ellas, acude suplicante a Dios Todopoderoso, le adora y no toma posesión de ella más que “en nombre de Jesucristo” Al abordar una costa, lo primero que hace es implantar la sacrosanta Cruz en la orilla; y él es el primero que lleva a las nuevas islas el nombre del Divino Redentor a quien tantas veces había cantado en alta mar al son del murmullo de las olas. Y por esta misma razón, cuando empezó a construir en La Española, lo primero que edificó fue un templo, e hizo de las ceremonias sagradas el exordio de las fiestas populares.

He ahí, pues, las intenciones de Colón, lo que realizó en aquellas regiones, tan alejadas sea por mar sea por tierra, a las que nadie había llegado y, además, incultas, y que tan en breve espacio de tiempo debían Regar al elevado grado de civilización, fama y riqueza en que ahora las vemos. Por tanto, la magnitud del hecho, y la grandeza y variedad de beneficios que de él se siguieron, nos obligan a recordar con alegría y a celebrar con todo el honor que nos sea posible la memoria de este hombre. Pero, ante todo, reconozcamos y veneremos con justa razón el poder y los designios de la Mente Eterna, a quien, con plena conciencia, obedeció y sirvió el descubridor del Nuevo Mundo.

Para que las solemnidades celebradas en honor de Colón sean dignas y conformes a la verdad, es necesario unir al esplendor de las fiestas civiles la santidad de la religión. Por lo cual juzgamos que han de ser públicamente dadas gracias a Dios cuando rememoremos este afortunado suceso, para repetir lo que ya se hizo al recibirse la primera noticia de este acontecimiento, bajo la presidencia del Sumo Pontífice entonces reinante. Decretamos, pues, que en las iglesias catedrales y en las colegiatas de España e Italia y de las dos Américas, el día 12 de Octubre o, si el Ordinario del lugar lo cree más conveniente, el domingo siguiente, se celebre, con rito solemne, después del Oficio del día, la Misa de la Santísima Trinidad. Esperamos que los Obispos de los demás países obrarán de manera análoga, pues conviene que todos celebren piadosamente y con espíritu de agradecimiento lo que a todos aprovechó.

Entre tanto, como prenda de los favores celestiales y en testimonio de nuestra paternal benevolencia, a vosotros, venerables hermanos, y a vuestro clero y pueblo, impartirnos con todo afecto en el Señor, la bendición apostólica.

Dado en Roma, junto a San Pedro, a 16 de julio de 1892, año decimoquinto de nuestro Pontificado.

León XIII, Papa