Stefano Fontana

Dios Todopodero Princpio y FinEl lugar de Dios en la plaza pública. Pero la cultura es también otra cosa. Juan Pablo II nos enseñó que la cultura nace siempre de la pregunta fundamental del hombre respecto a Dios. Todas las culturas han tenido un origen religioso. Sólo la cultura moderna e ilustrada, como también nos enseñó Benedicto XVI, nace sin Dios o contra Dios. En Europa nació la primera cultura antirreligiosa en el mundo, una expulsión sistemática de Dios de la plaza pública, que después se extendió más allá de los países europeos. La expulsión de Dios de la esfera pública ha producido, precisamente en Europa, los totalitarismos. El estado ideológico nació en Europa con la Revolución francesa, precisamente al haber expulsado a Dios de la vida pública, y continuó de otras formas, aún más devastadoras. La pregunta es ésta: negando a Dios de la plaza pública, ¿también la Unión Europea es un poder ideológico?

Es inevitable que sin Dios las culturas se tornen áridas y se plieguen sobre sí mismas, perdiendo de vista otros valores humanos y laicos, en un proceso de disolución o, como diría Carl Schmitt, de desesperación. El propio Schmitt y el historiador Ernst Nolte han sostenido que el nacimiento del estado ideológico en Europa siempre ha producido guerras civiles: la de la Francia revolucionaria; la que hubo en Alemania durante la república de Weimar tras la derrota de la Primera Guerra Mundial; la propia Primera Guerra Mundial; la del nazismo contra los judíos; la italiana después del 25 de julio; la de la Rusia soviética tras la revolución de octubre… guerras civiles.

Hoy se dice que con el recorrido de unificación europea el continente ha tenido paz. En parte es verdad, si olvidamos a Bosnia y Kosovo, a mediados de los años noventa, y a Crimea y Ucrania hoy. Lo que caracteriza el estado ideológico es, según Nolte, la presunción de culpabilidad… contra el judío o contra el burgués capitalista. También hoy, en Europa, hay una presunción de culpabilidad ideológica: contra los niños no nacidos, frente a los cuales las instituciones europeas están muy comprometidas.

El bien común y la subsidiariedad. Si examinamos la construcción de la Unión Europea y su posición actual, encontraremos carencias graves en los principios fundamentales de la Doctrina social de la Iglesia; en particular, la distancia es notable en los dos principios fundamentales del bien común y la subsidiariedad.

La visión del bien común de la Doctrina social de la Iglesia tiene dos aspectos totalmente desatendidos hoy en día en Europa.

El primero es que éste está detrás de nosotros antes que delante de nosotros. De él forma parte el orden natural en el que estamos incluidos y el orden histórico de la tradición del que recibimos los principios y valores. El bien común es un orden ético y no material: puede estar también en una situación de pobreza cuando no ejerce violencia al orden natural de las cosas. La ideología europeísta, en cambio, se funda sobre la idea que lo que procede de las instituciones europeas es el bien y que no hay órdenes objetivos que hay que respetar.