Jorge Soley Climent

Jesús en la Custodia y en la CruzNo me resisto a reproducir otra cita de Francisco Canals al respecto que sintetiza a la perfección lo aquí expuesto: “El nacionalismo es al amor patrio lo que es un egocentrismo desordenado en lo afectivo (…) El nacionalismo, amor desordenado y soberbio de la “nación”, que se apoya con frecuencia en una proyección ficticia de su vida y de su historia, tiende a suplantar la tradición religiosa auténtica, y sustituirla por una mentalidad que conduce por su propio dinamismo a una “idolatría” inmanentista (…) El catalanismo está empujando siempre a los catalanes a avergonzarse de lo que han sido, y a ocultar todo aquello que en su historia no resulta coherente con la “Catalunya de paper” que Torras y Bages denunciaba (…) El catalanismo se ha ejercido en dirección antitética a la tradición catalana. (…) El idealismo romántico que inspira al nacionalismo relativiza y subordina al mito metafísico de la “nacionalidad” todos los bienes humanos, naturales y sobrenaturales. (…) El nacionalismo corre el riesgo de convertirse en una enfermedad mental colectiva”.

Volviendo al curso de la historia, el tardofranquismo fue el momento de eclosión del nacionalismo en los ambientes católicos a través de diferentes iniciativas que contaban con apoyo episcopal: escuelas como Blanquerna o Virtèlia, colegios religiosos que abrazaban abiertamente los postulados nacionalistas y progresistas, encabezados por jesuitas y escolapios (entre estos últimos destaca la trágica figura del escolapio Lluís Mª Xirinachs, consiliario durante los años 60 de la Delegación Diocesana de Escultismo de Barcelona, quien, mientras aconsejaba a sus alumnos rechazar el rezo del rosario en familia, presentaba con éxito su candidatura al Senado en 1977, para acabar, en 2007, dejándose morir de inanición en lo que calificó como “Un acto de soberanía propia”, desesperado por haber vivido 75 años en unos “Països Catalans ocupats”), revistas como El Ciervo o Serra d’Or, unos politizados monjes de Montserrat, el encierro de estudiantes en el convento de los capuchinos de Sarriá, la popularmente conocida “Capuchinada”, y la manifestación en 1966 de sacerdotes luciendo sus sotanas ante la Jefatura de Policía de Vía Layetana, dan fe de esta efervescencia nacionalista. La campaña “Volem bisbes Catalans” del año siguiente, que se opuso a la llegada de Don Marcelo González como nuevo obispo de Barcelona sucediendo a Monseñor Modrego, impulsada entre otros por Jordi Pujol o por Josep Benet (que empezó como “escalà” de Montserrat y fejocista, para acabar como senador y cabeza de lista en las elecciones autonómicas por el comunista PSUC), consiguió finalmente sus objetivos con la salida, cuatro años después, de Don Marcelo hacia Toledo y con el nombramiento de Narcís Jubany como nuevo obispo de Barcelona: el nacionalismo conseguía de este modo que se le reconociera un derecho de tutela sobre los nombramientos episcopales en Cataluña.

(Razón Española)