Padre Manuel Martínez Cano mCR.

Amor a Dios al prójimoLa esencia de la santidad está en amar a Dios sobre todas cosas y al prójimo por amor de Dios. “Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente” (Mc 12, 30); “Sed santos como Yo soy santo” (Lev 19, 10); “La voluntad de Dios es vuestra santificación” (1ª Tes 4, 3).

“He leído que el más santo es el que más ama, el que más ve a Dios en todas las cosas y satisface con más esmero los deseos de su mirada. Tal debe ser nuestro programa de vida”. (Santa Isabel de la Santísima Trinidad). Siempre a mayor gloria a Dios.

“La santidad no está en la práctica de tal o cual acto de virtud. Consiste en una disposición del corazón que nos hace humildes y pequeños en brazos de Dios, conscientes de nuestra debilidad y confiados hasta la audacia en su Bondad de Padre” (Santa Teresita del Niño Jesús).

Ser santo es amar a Dios, pero “Amar a Dios con el sudor de la frente y el cansancio de los brazos” (San Vicente de Paúl). Porque quien ama de verdad “No se contenta con amar sólo sino junto amor obras”.

“Quienes de veras aman a Dios, todo lo bueno lo aman, todo lo bueno quieren, todo lo bueno favorecen, todo lo bueno loan, con los buenos se juntan siempre y los favorecen y defienden; no aman sino verdades y cosas dignas de amor” (Santa Teresa de Jesús). Amemos a Dios, “No de palabra y con la lengua sino con obras y en verdad” (1ª Jn 3, 18). “El que recibe mis preceptos y los guarda, ese es el que me ama” (Nuestro Señor Jesucristo).

Ser santo es amar al prójimo por amor de Dios. “Un amor dulce y delicado al prójimo es el más bello regalo que nos puede hacer Dios en la tierra” (San Luis Guanella).

“Aprendamos de una vez a amarnos en este mundo, como luego nos hemos de amar en el Cielo… ¡oh, cuándo llegará el día en que estemos todos penetrados de dulzura y caridad con el prójimo!… Amemos a nuestros hermanos con todo el ensanche de nuestros corazones” (San Francisco de Sales).

“Queridos hermanos: este es el mensaje que habéis oído desde el principio: que nos amemos unos a otros. No seamos como Caín, que procedía del maligno y asesinó a su hermano… nosotros hemos pasado de la muerte a la vida: lo sabemos porque amamos a los hermanos. El que no ama permanece en la muerte. El que odia a su hermano es un homicida. Y sabéis que ningún homicida lleva en sí la vida eterna. En esto hemos conocido el amor: en que Él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos. Pero si uno tiene de qué vivir y, viendo a su hermano en necesidad, le cierra sus entrañas, ¿cómo va a estar en él el amor de Dios?” (1ª Jn 3, 11-17).

El Beato Pablo VI decía: “Nos encontramos frente a un terrible dilema: o ser santos totalmente, sin rebajas, para conseguir nuestra plena dimensión… o reducirnos a ser marionetas ridículas, seres frustrados y dejádnoslo decir, abortivos… Debería desaparecer el cristiano que descuida los deberes de su elevación a Hijo de Dios y Hermano de Cristo, de miembro de la Iglesia. La mediocridad, la infidelidad, la inconstancia, la incoherencia, la hipocresía, deberían desaparecer de la figura del creyente moderno”.

“Ser amados de Dios, estar unidos a Dios, vivir en la presencia de Dios: ¡oh!, qué bella vida y qué bella muerte” (San Juan Mª Vianney).

¡No tengáis miedo a ser santos!