Madre Rafaela Mª de Jesús HostiaTenía un corazón grande enamorado de Jesús, libre de apegos. Solo usaba lo estrictamente necesario, lo más pobre, lo más austero. Usaba la armadura de gafas que habían desechado otras monjas, cuando se partía la armadura, las mandaba pegar, hasta que ya en la óptica, decían que no se podían pegar más veces. Entonces volvía a la caja de las gafas usadas y decía: “¡Qué Bueno es Jesús!, éstas me están muy bien”. Aunque las monjas veían que no me quedaban tan bien, pero es que me encantaba ser pobre y los pobres se conforman con todo lo que tienen. Además quería imitar a Jesús que pudiendo nacer rico, en un palacio y con todas las comodidades que quisiera eligió la pobreza como tesoro, para enseñarnos que teniendo lo necesario para vivir se puede ser muy feliz. Por eso mismo, el hábito y la túnica los tenía siempre remendados, conforme se me iba rompiendo le iba poniendo piezas, así gozaba mucho con mis remiendos.

Vivía siempre ejerciendo la caridad y el bien para todos. Me aprendí de memoria y repetía con frecuencia aquel verso de Pemán: “Toma hermano para ti cuánto quieras sin medida, que cuando salga de aquí para comprar la otra vida sólo tendré lo que di”.