Obra Cultural

En los sinópticos

espiritu santoEl texto más claro para demostrar que el Espíritu Santo es una persona distinta del Padre y del Hijo es la fórmula bautismal de Mateo 28, 19. Y teniendo en cuenta todo el contexto, resultan también bastante explícitos los textos en que se nos relatan las teofanías en el bautismo de Jesús (Mateo 3,16-17; Marcos 1,10; Lucas 3, 22); junto al Padre y al Hijo amado o Unigénito, aparece el Espíritu Santo bajo la forma de paloma.

Los textos que nos hablan de la blasfemia contra el Espíritu Santo, que no será perdonada ni en este ni en el otro mundo (Mateo 12,31; Lucas 12,10), parecen referirse más bien al espíritu en cuanto virtud divina. Así los interpreta San Jerónimo y la mayor parte de los exegetas, por la fidelidad al contexto. Los judíos atribuían a Belcebú las obras milagrosas de Cristo, en vez de atribuirlas al poder divino. Por eso pecan contra la omnipotencia divina. Que no se las atribuyan al Hijo del hombre, que aparece ante sus ojos como un humilde Siervo, puede perdonarse. Pero atribuir contumaces al diablo las obras exclusivamente divinas, eso no se les perdonará nunca, porque implica mala fe o impenitencia final.

En el texto de Lucas 12,12: «porque el Espíritu Santo os enseñará en aquella hora lo que habéis de decir», que tiene un sentido personal por su paralelismo perfecto con los textos de San Juan (14,16-26; 15,26; 16,7 ss.) en los que el Espíritu Santo «enseña a los Apóstoles», aparece claramente el Espíritu como una persona distinta del Padre y del Hijo.

En los Hechos de los Apóstoles

En algunos textos del libro de los Hechos, el Espíritu Santo aparece también como una persona divina distinta del Padre y del Hijo.

Hechos 2,32-33: «A este Jesús lo resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos. Exaltado a la diestra de Dios y recibida del Padre la promesa del Espíritu Santo, lo derramó (lo envió) según vosotros veis y oís». Cristo lo envió a sus discípulos el día de Pentecostés, y la tercera persona de la Santísima Trinidad de hecho habitó dentro de los Apóstoles. Sobre este texto los jehovistas dicen: ¿Acaso una persona espiritual puede habitar o ser derramada dentro de alguien? Y el católico entendido responde diciendo que los demonios, personas espirituales, entran dentro… (Marcos 1,21-28; Mateo 8,28°34; Lucas 11,14-26).

Hechos 16,28: Al promulgar el decreto del Concilio de Jerusalén, escribieron los Apóstoles: «Porque ha parecido al Espíritu Santo y a nosotros». Este texto nos recuerda la promesa, recogida por el Evangelio de San Juan, del Espíritu Paráclito enviado por el Padre y el Hijo para enseñar a los Apóstoles toda la verdad y para estar con ellos para siempre (Juan 14,16-26).

Hechos 19,1-7. Algunos de Éfeso habían sido bautizados con el bautismo de Juan Bautista, y desconocían hasta la misma existencia del Espíritu Santo, según lo confiesan en su diálogo con San Pablo. Después de ser bautizados con el bautismo de Jesús, el Apóstol les impuso las manos y recibieron el Espíritu Santo. Es evidente que, habiendo recibido ya el bautismo de Juan Bautista, conocían muy bien los atributos del Dios misericordioso que perdonaba los pecados de los arrepentidos. Así pues, lo que desconocían era la persona del Espíritu Santo, revelada por Jesús. Por tanto, espíritu santo no puede significar en Hechos 19,1-7 una virtud divina impersonal, como engaliadas personas que van por todas las puertas pretenden «demostrar».

Que el Espíritu Santo es persona divina espiritual es evidente en estos textos; comparemos éstos con el Evangelio de San Juan y veremos con mayor claridad que el Espíritu Santo es persona divina.

En el Evangelio de San Juan

En la primera parte del Evangelio (capítulos 1 al 13) habla San Juan del ministerio público de Jesús, y solamente tiene algunas referencias al Espíritu Santo (1,32-33; 3,5-6; 7,37-39). En cambio, en la segunda parte (capítulos 14-21), en la que se narra la pasión y la vida gloriosa de Cristo, nos ofrece los textos más claros del Nuevo Testamento sobre el Espíritu Santo como persona divina.

El término griego parakletos es conservado en la literatura rabínica (paraqlit) con el significado de abogado, intercesor o defensor de otros ante el juez. Cristo es nuestro abogado, mediador e intercesor ante el Padre para obtener el perdón de nuestros pecados (1 Juan 2, 1); por eso Cristo promete a sus Apóstoles el envío de otro abogado o intercesor, cuando El desaparezca del mundo después de su ascensión a los cielos. Se trata de un envío especial, puesto que ese nuevo abogado, el Espíritu de verdad, ya está en ellos de un modo permanente (Juan 14,15-17). El será abogado, consolador y ayuda de los Apóstoles en su misión evangelizadora; por eso lo llama Cristo «Espíritu de la verdad» (v.17). El mismo hecho de llamar al Espíritu otro abogado, nos indica ya que es otra persona distinta de Cristo, y no una virtud divina impersonal. Esto se va perfilando más y más en los textos siguientes.

Juan 14,24-26: «El que no me ama no guarda mis palabras; y la palabra que oís no es mía, sino del Padre que me ha enviado. Os he dicho estas cosas mientras permanezco entre vosotros; pero el Abogado, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, ése os lo enseñará todo y os traerá a la memoria todo lo que yo os he dicho». En este texto aparece el Espíritu Santo como una persona distinta del Padre, por el que es enviado, y del Hijo, en cuyo nombre es enviado para ayudar a los Apóstoles en su misión, enseñándoles todo lo necesario y haciéndoles recordar lo que ya les había enseñado el mismo Cristo.

Juan 15,26-27: «Cuando venga el Abogado (Paráclito), que yo os enviaré de parte del Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí, y vosotros daréis también testimonio, porque desde el principio estáis conmigo».

El Padre enviará el Espíritu Santo en nombre del Hijo (Juan 14,26), pero también lo enviará el Hijo de parte del Padre. Por eso el Espíritu Santo es una persona distinta del Padre y del Hijo por los cuales es enviado para ayuda de los Apóstoles. Si fuera una virtud divina impersonal, no podría ser enviado por el Hijo que, según los jehovistas, es inferior a Jehová. En esas palabras nos revela Cristo las relaciones de origen en el seno de la Santísima Trinidad. Lo mismo puede decirse del texto de Juan 16,7 en el que Jesús confirma la misión y la función del Espíritu Santo.

Juan 16,7: «Pero os digo la verdad: os conviene que yo me vaya. Porque si no me fuere, el Abogado (el Paráclito) no vendrá a vosotros; pero si me fuere, os lo enviaré».

En el plan divino que regula la historia de nuestra salvación, estaba decretado que la misión especial del Espíritu Santo debería realizarse después de la glorificación de Jesús (7,39); de aquí estas palabras de Jesús a sus Apóstoles, en las que además les vuelve a confirmar que él mismo les enviará al nuevo Abogado.

Juan 16,8-11. El Espíritu Santo argüirá al mundo: de pecado, porque acusó a Jesús de engañador (9,24; 18,30; 8,46) y no le quiso reconocer como Mesías e Hijo Único del Padre (1,10-11), especialmente el pueblo judío (7, 18.59; 8,41; 15,21-25); de justicia, porque el mundo se atribuyó a sí mismo la justicia, desautorizándolo y condenando a Jesús, mientras que el Espíritu Santo demostrará al mundo la justicia de Cristo el Señor, por los prodigios que obrará en su Iglesia (Hechos 2, 15; 3,6 ss., etc.); de juicio, porque el demonio y sus seguidores creyeron que la causa de Jesús había terminado con su pasión y muerte, y, sin embargo, con su pasión y muerte obtuvo Jesucristo la victoria definitiva (16,33), según lo confirma el Espíritu Santo a través de toda la historia de la Iglesia.

Juan 7,12-15. El Espíritu Santo completará las enseñanzas de Jesús a sus Apóstoles. Es una persona distinta del Padre y del Hijo, porque esa doctrina la recibe de ambos. «Todo cuanto tiene el Padre es mío; por eso os he dicho que tomará de lo mío y os lo hará conocer» (7, 14-15). En estas palabras nos dice Jesús directamente que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo. De ambos recibe su misma doctrina, porque todas las cosas les son comunes al tener la misma naturaleza divina.

En las Cartas de San Pablo

San Pablo usa la palabra espíritu en los más diversos sentidos. Puede significar: el alma por oposición al cuerpo (1 Corintios 7,34; 5,3-4; Romanos 8,10, etc.); la facultad de percibir las cosas divinas y eternas (1 Corintios 15,45; 14,14-15; 1 Tesalonicenses 5,23); las disposiciones buenas o malas del hombre (1 Corintios 2,12; Romanos 8,15); los dones sobrenaturales (1 Corintios 12,10; 14,12.32, etc.).

Hay muchos textos paulinos referentes al Espíritu Santo. Procede de Dios (1Corintios 2, 11); es enviado a nuestros corazones (Gálatas 4,6; Tito 3,6; Efesios 1,17; Filipenses 1,19; habita en nosotros como en su templo (Romanos 8,9-11; 1 Corintios 3,16); ayuda nuestra debilidad y gime por nosotros con gemidos inenarrables (Romanos 8,26-27; Gálatas 4,6), y reparte a los fieles los carismas o dones divinos (1 Corintios 12,8-11).

Mateo 28, 19; 2 Corintios 13,13; etc., etc… Comparando los textos trinitarios con estos textos particulares sobre el Espíritu Santo, en especial los del Evangelio de San Juan, es preciso admitir que el Espíritu Santo es una Persona divina, es decir, es Dios. El Espíritu procede del Padre y del Hijo, recibe de ellos la doctrina y es enviado por ambos para ser el Abogado, el Consolador y la ayuda de los Apóstoles en su obra de evangelización universal. Y con ellos permanecerá hasta el fin de los siglos en la persona de sus sucesores.

RESUMIENDO

El Espíritu Santo es Dios: «¿Por qué Satanás te ha tentado para engañar al Espíritu Santo? No has engañado a los hombres, sino A DIOS» (Hechos 5,3-4). «El Abogado, el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre, ESE os lo enseñará todo» (Juan 14,26).

MÁXIMA. Lancémonos al apostolado, sin contristar al Espíritu eterno de Dios.

«EL QUE ABANDONA MARÍA NO TIENE SALVACIÓN, NI VIDA», dice San Cipriano. Luego, la devoción a Ella es salvación y vida. Obtengámosla rezando cada mañana y cada noche las TRES AVEMARÍAS.