Una Epopeya misionera

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

Sentido misionero de la conquista y colonización de América (28)

La Virgen, clave de América cristiana y testigo amoroso de la piedad y espíritu misionero de los civilizadores del Nuevo Mundo

Nuestra Señora del Rosario y ángeles¿Cuál fue el resultado de la eficaz y providencialísima intervención de la Virgen en la evangelización prodigiosa de tantos pueblos? Que aquellas razas se convirtieran en devotísimas naciones marianas, que hoy todavía arden en amor a su Madre celestial, siguiendo las marcadas huellas de sus progenitores.

Las almas sencillas de los nativos aprendieron en seguida de la boca del misionero y del conquistador el nombre sagrado de María. Vieron con ojos admirados a los hombres blancos, a quienes reconocían como superiores, elevar preciosos monumentos a aquella Virgen hermosa, Madre de su Dios. Acostumbráronse a llamar a sus ríos y a sus montes—bautizados hasta entonces profanamente—con las invocaciones de la Reina nueva, según la denominación adoptada por los descubridores. Vieron a la excelsa Señora honrada y amada por todos. Los nobles hidalgos al igual que los sufridos pecheros, no se avergonzaban de manifestar externamente la tierna devoción que profesaban a aquella Virgen Santa. Y así aprendieron ellos, los sencillos indios, a invocar y amar a la Reina del Cielo. Honraban quizá a la Madre sin conocer apenas al Hijo. Pero pronto ella les llevará, con sus dulces y maternales inspiraciones, a la luz de Jesucristo y a la purificación de sus almas en las aguas del Bautismo. En general, los dóciles aborígenes de América fueron presto, como Juan Diego, devotísimos de la Reina de los Ángeles. Y con ellos, los pueblos y las aldeas indígenas, las tribus y las razas, las ciudades construidas por los blancos y las naciones y virreinatos, y todo el continente fue pronto la “tierra de María”, como ha dicho Su Santidad San Juan XXIII

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Pío XII no podía recorrer todos los capítulos de la extensa historia mariana del Nuevo Mundo. Tarea, por otra parte, innecesaria para mostrar un hecho por demás conocido. Pero, cuando la oportunidad se presenta, siempre hay en las palabras del Papa una alusión cariñosa a aquella filial devoción a la Virgen María de los españoles de la conquista.

Se reúne el I Congreso Mariano chileno en Concepción, ciudad elegida como sede de la asamblea por su relevante significado en la historia de Chile, y por conmemorarse precisamente ese año el IV centenario de la fundación de la misma. Pío XII entonces, en unas cuantas líneas, traza la historia mariana de la ciudad de Concepción, iniciada ya al ponerse, la primera piedra y al ser bautizada por Valdivia con el nombre de la excelsa prerrogativa de Nuestra Señora.

“Mas he ahí, casi en el mismo centro del país, a la “Metrópoli del Sur”, la “Perla del Bío Bío”, la “pura y limpia Concepción del Nuevo Extremo” (209), la que en su nombre, en su escudo y en su historia, es toda ella una evocación mariana; la que sube al cerro para arrodillarse ante su Inmaculada o baja a su catedral para postrarse ante su Virgen titular, o se reposa entre las penumbras místicas de San Agustín haciendo compañía a su Virgen del Carmen, o va a dar las gracias a Nuestra Señora de las Nieves, recordando la salvación del Imperio, o vuelve, y vuelve sin cansarse, a su queridísima Virgen del Boldo, a Nuestra Señora del Milagro, para renovarle su voto con el corazón siempre henchido de gratitud. Porque ha sido Ella la que tantas veces, en tantos siglos, la ha protegido, cuando se desencadenaban los temblores de la tierra, los furores del mar o la rabia iracunda de sus potentes y aguerridos enemigos (210).

(210) Concepción, destruida ya varias veces por los fieros indios de los contornos, quedó casi completamente arruinada por los terremotos de 1751 y 1835, pero presto fue reconstruida por sus laboriosos habitantes, con la ayuda de María, que nunca la ha abandonado.

(Radiomensaje al I Congreso Mariano Nacional de Chile, 31-XII-1950.)