Alicia V. Rubio Calle

jesús, José y María en el pesebreEl feminismo actual nada tiene que ver con el movimiento original ni con sus iniciales objetivos. Lo que fue una reivindicación de igualdad con el varón en derechos ciudadanos, hace tiempo que ha tomado una peligrosa, contraproducente y cara deriva que, si no se tapona, amenaza con desangrarnos hasta la debilidad extrema y llevamos a la muerte como sociedad.

Porque el feminismo actual no hunde sus raíces en la igualdad civil sino en la lucha de clases propuesta por Engels, con una clase oprimida, las mujeres, una opresora, los hombres, y una síntesis de batalla de opuestos que ha de alumbrar una sociedad nueva y perfecta. Para no variar con esto del marxismo, la sociedad nueva y perfecta obtenida a golpe de sufrimiento, como todos los partos marxistas es tiránica, imperfecta, ajena a la naturaleza humana y sólo sostenible a base de represión.

Y, como en el caso de otras aplicaciones prácticas del marxismo, no son las mujeres verdaderamente oprimidas las que encabezan la revolución (esas están bastante preocupadas por sobrevivir en su situación); sino las mujeres más privilegiadas que han existido sobre la tierra: occidentales, blancas, con los derechos garantizados en democracias y todas las comodidades y adelantos técnicos y médicos a su disposición. Como las revoluciones de los países comunistas, que no las encabezaron obreros, sino burgueses.

Y ese sustrato marxista originario, que se evidencia en todas las neofeministas desde Simone de Beauvoir, cada vez más radicalizado en su guerra sin cuartel contra el hombre, lleva a varias circunstancias indeseables: desde el uso de la mentira como arma revolucionaria, a la aplicación de cualquier medio para conseguir el fin; desde la destrucción de las estructuras sociales, las tradiciones y los valores establecidos, a la búsqueda de la peor de las situaciones para la población, ya que «cuanto peor, mejor” para ganancia de pescadores de río revuelto. Esta destrucción de las estructuras sociales pasa, como estamos viendo ya, por el dinamitado de la independencia judicial, que ha de estar sujeta a las arbitrariedades de una turba linchadora (caso “la Manada” y caso Juana Rivas) o de una perspectiva miope y sesgada generando inseguridad jurídica; la persecución de los valores éticos y morales que enraízan al ser humano con su entorno, garantizan su dignidad y valor ontológicos y ajustan sus comportamientos a normas y reglas materializada en una cristianofobia furibunda.

La estatalización de la vida privada, el Estado que se inmiscuye en los lechos y las cocinas para imponer conductas (como dijo Kate Millet, “lo personal es político”), la sustentación del entramado con fondos públicos que todos aportamos haciéndonos pagar la cuerda con la que ahorcan nuestras libertades y un supremacismo de sexo que lleva hasta la existencia de corrientes que proponen la eliminación de los inferiores, los varones, son otros factores que caracterizan este entramado de movimientos ideológicos.

Porque, hay que insistir en ello, sólo mediante la coacción, la opresión, la persecución del disidente y el adoctrinamiento de masas y menores se pueden implantar los objetivos últimos del feminismo marxista, aunque con cierta razón se le conoce como “feminazismo”. Y sólo a golpe de infinitos recursos económicos para redes clientelares se puede mantener esta impostura.

Una ideología y un entramado desquiciado que fundamentan su existencia en la lucha contra un varón al que culpan del rol biológico de la mujer (la maternidad) y su reflejo en el rol social consecuente. Como culpable de dificultar el desarrollo social de la mujer, dedicada ancestralmente a la crianza y las labores de hogar, el varón aparece como el enemigo a batir y el ejemplo a imitar. Y ese organigrama social fruto del organigrama biológico (una hembra a proteger, dedicada al cuidado de las crías y un varón adaptado a las labores de defensa e intendencia de la vida de todos ellos, el patriarcado) se vende como un montaje opresivo que se ha creado el varón para su propio beneficio.

Esta visión tan ideológica que lleva a culpar a un ser de su propia biología y de las consecuencias derivadas de la naturaleza, sólo genera injusticias y locuras. La primera, esa lucha sin cuartel contra la propia biología que es el patriarcado y que exige miles y miles de millones de euros e infinitos ejércitos de funcionarios, estudiosos, comisarios y cargos para echarlo abajo. Enemigo envidiable y cómodo el patriarcado ya que ni se defiende, ni nunca va a ser vencido, por lo que la batalla y sus necesarios pertrechos económicos pueden ser eternos. Porque el patriarcado no es nuestra sociedad, una sociedad que dona a los ejércitos de mujeres feministas dinero y leyes llenas de privilegios hasta llegar al esperpéntico contrasentido de que para alcanzar la igualdad biológica hay que alterar las leyes que nos garantizan la igualdad legal, sin que esa igualdad biológica se alcance nunca mientras la legalidad tal y como la conocemos desde Roma queda completamente a los pies de los caballos. No, el patriarcado no es la sociedad en sí, ni los gobiernos dóciles al feminismo, sino cómo se expresa externamente esa sociedad. Y el mal está, según este movimiento, en el cerebro de los hombres y las mujeres no adoctrinados, como lo están las hormonas que lo irrigan y como también lo están esos cromosomas que tanto nos determinan y contra los que tanto lucha la ideología de género en algunas de sus variantes.

La segunda es el odio al varón como causante de todo. Como el culpable de su rol protector y de su papel en la procreación al ser el causante de la maternidad femenina y de crear unas relaciones no igualitarias, ya que lo igualitario sería alternar los embarazos y cuantas actividades realice la pareja, al margen de la realidad o de los deseos individuales en el seno de ésta. En este giro, las relaciones homosexuales son las recomendadas como preferentes al no existir ese presunto abuso intrínseco por sexo de un miembro sobre otro.

La tercera es que, al utilizar al varón como ejemplo a seguir, ya que es el rol biológico que se desea imitar y tomar, todas las características y condicionantes de la mujer son despreciadas y reprimidas, de modo que la lesbiana y la mujer masculinizada vienen a sustituir a la mujer real con todo lo que le define. Momento este en el que el feminismo se desliga de la inmensa mayoría de las mujeres a las que pretende representar y en el que la mujer sensata se rebela ante la propuesta de negarse a sí misma, de entablar una enloquecida batalla contra la biología y de odiar a la otra mitad del mundo donde tiene al cincuenta por ciento de sus seres queridos: los varones. Momento, también, en el que, ante tanta mujer que se resiste a negarse a sí misma, el feminismo comienza a ser una tiránica imposición de gustos, comportamientos, actitudes, deseos… para las mujeres reales y una máquina de destrozar a ese original odioso al que hay que imitar: el varón.

Lo grave es que lo que podía ser una estúpida tendencia social viene avalado por los gobiernos y las leyes y por incontables fondos públicos que mueven las ruedas de todo este entramado.

Habría que comenzar echando abajo los dos supuestos de esta ideología: que hombres y mujeres somos iguales y que esto es una lucha de sexos por la hegemonía; pero nos encontramos en la ridícula tesitura de “desenvainar las espadas para defender que la hierba es verde”.

A las evidencias científicas, tanto neurofisiológicas como antropológicas, hay que añadir que a esa relación entre presunta oprimida y presunto opresor le surgen unas variables consustanciales a ella que no aparecen, de ninguna manera, en la lucha de clases: que entre la oprimida y el opresor hay una relación de amor y de convivencia elegida libremente, y que ambos se encuentran normalmente sacando a flote el más extraordinario proyecto común que existe: los hijos. Ese enorme “pormenor” que desbarata todo el entramado ideológico inicial es; junto con la ciencia a la que las feministas tachan de “antigua”; una de las dos columnas del sentido común que este movimiento trata de derribar a costa de lo que sea. Por ello, el amor romántico, ese amor arrebatado entre los sexos que es difícil de erradicar salvo con un severo esfuerzo ideológico de adoctrinamiento, se presenta y se vende desde el feminismo como la forma que tiene los hombres de engañar a las mujeres para atraerlas a esa maternidad indeseable dentro de esas relaciones familiares opresivas.

De esta manera, y siguiendo el hilo argumental de una ideología feminista antimujer, antihombre y antifemenina que nos venden como heredera de la lucha de las mujeres por sus derechos, se presenta otra locura o injusticia más a las ya expresadas: el tratar a la mujer como una eterna menor de edad que no sabe lo que quiere, a la que se engaña con facilidad y a la que hay que salvar de sí misma y de sus deseos y elecciones. Para muchas mujeres, entre las que me cuento, nada hay que más les ofenda y devalúe que este feminismo de corte neomarxista y modales nazis que pretende representamos. Y que recibe dinero público como si así fuera sin que nadie nos haya preguntado, sin que tales representantes hayan sido votadas. Y que nos desangra económica, moral, personal y socialmente.

La lucha entre sexos, el suicido demográfico, el aborto como derecho de una mujer que odia la maternidad, las relaciones sexuales sin afecto y sin compromiso que son vendidas a los menores como la forma óptima de realización personal, la destrucción de la pareja heterosexual y de la familia… Los fracasos vitales individuales se van sucediendo en los varones, víctimas del odio de algunos colectivos por algo tan imposible de variar como su sexo, y en las mujeres a las que se les induce a actuar, pensar y sentir movidas por falsas y sesgadas informaciones. Sesgo y perspectiva alterados y reflejados en la expresión “ponerse las gafas de género” como forma de detectar cuán víctima se es, pese a haber sido indetectable hasta el momento. Porque, y ahora vamos al eje del asunto, el único argumento, la única justificación de la existencia del feminismo actual es la situación de víctima de las mujeres. Y hay que buscar discriminaciones, y opresiones donde sea. Porque son esas discriminaciones las que sirven para que se consiga el objetivo: dinero público como gasolina que mueve las ruedas de una maquinaria que trata de destruir al varón y tiranizar a la sociedad.

Desde el comienzo de nuestra democracia se han ido creando unas estructuras de grupos feministas agarrados al erario público que han exigido, a medida que se fortalecían, resolver conflictos inexistentes por el método de la inversión pública en las soluciones que ellas recomendaban. Es imposible dar cifras exactas salvo que se bucee en el BOE y los boletines oficiales de cada comunidad autónoma de forma exhaustiva. Pero sí se sabe que son cifras de escándalo. Por dar una idea aproximada, en este momento tenemos más de 6.000 asociaciones feministas en España; más de 2.000 sólo en Andalucía. Muchas de ellas se llevan millones de euros en subvenciones de las que nadie exige den cuentas. En cada ayuntamiento, organismo público, consejería de comunidad autónoma, negociado de ministerio, hay expertas de igualdad y comisarios de género, además de departamentos y concejalías específicas para ello. Hay observatorios y consejos de igualdad. Hay incontables oficinas de ayuda a la mujer, juzgados de la específica y mal llamada “violencia de género” e incontables funcionarios y técnicos viviendo de esos innecesarios organismos públicos. La inversión en cursos, cursillos, estudios, estadísticas… sobre el negocio del “género” en sus diversas variantes son incontables como las arenas del desierto. Y todo ello basado en la mentira de la mujer víctima, de la mujer discriminada, de la mujer maltratada. Estamos hablando de miles y miles de personas trabajando activamente en resolver un problema inexistente y que nunca debe darse por erradicado por el beneficio que les trae. Porque en este momento, el feminismo no defiende a las mujeres, sino las lentejas y los sueldos de quienes nos esquilman, nos enfrentan y nos degradan. Porque el feminismo es una herida cuyo flujo de dolor, mentira y dinero nos desangra hasta el punto de que, si no la erradicamos pronto, terminará por destruirnos.