Obra Cultural

El Infierno existe

El Infierno.jpgLa existencia del Infierno es una verdad revelada. Jesucristo, lo dice muchas veces. Citemos algunas: «Apartaos de Mí, malditos, (al condenar a los malos), al fuego eterno…». «Irán al suplicio eterno». «Id malditos al fuego eterno». Etc., etc. Todo está en la Sagrada Escritura; por lo que el creyente no puede dudarlo; en su vida cristiana debe meditarlo.

Meditación sobre el infierno

«Dios quiere que todos los hombres se salven». (1 Timoteo 2,4); pero tiene gran respeto a nuestra libertad, para que, por ella, podamos merecer; y es menester que haya Infierno para que el hombre, si no es por amor, al menos por temor, guarde la ley moral y se someta a la Ley de Dios.

«Son juzgados cada uno según sus obras». Es la expresión que más frecuentemente se halla en la Escritura, como norma de la justicia de Dios.

Si el hombre supiera que no hay Infierno, el mundo sería, un caos y todos, o la mayoría, se darían al vicio sin limitación.

¿A qué vino Cristo a este mundo? A salvarnos, está claro. ¿A salvarnos de qué?; si no hay Infierno, ¿de qué nos iba a salvar? ¡Y de qué manera! La pasión y muerte de cruz de Jesucristo merecían motivo muy serio.

La razón sola, ¿prueba la existencia del Infierno eterno?

La razón, por sí sola, no puede probar la existencia del Infierno eterno; es un misterio. Si sabemos que hay un castigo eterno, es porque Dios nos lo reveló. Ya dijo el Apóstol: «¡Cuán incomprensibles son los juicios de Dios y cuán insondables son sus caminos!». (Romanos 11,33). ¿Acaso los científicos niegan un hecho porque no saben cómo explicarlo?

Para los incrédulos, Dios es, o muy malo. o muy bueno. Hoy preguntan altivos:

«¡Cómo va a ser Dios tan cruel que mande al Infierno a sus Criaturas? Mañana preguntarán escépticos: «¿Cómo va a ser hechura de Dios, infinitamente bueno y sabio, su justicia, su poder y su amor, todas, en este mundo villano que chorrea maldad y miseria?».

También prueba la existencia del Infierno el convencimiento Universal de todo el género humano que siempre ha creído y cree que los malos serán justamente castigados en la otra vida. Si quitamos el Infierno, nos veremos obligados a tener que admitir una serie de absurdos, Dios, sería impotente para hacerse obedecer y respetar por las criaturas que sacó de la nada.

La Iglesia, no se cansa de repetir que el que va al Infierno es porque quiere y lo merece y, como hemos dicho, «Dios quiere que todos los hombres se salven».

«Dios es caridad», (1 Juan 4,8).

¿Cuál es la doctrina de la Iglesia Católica sobre los tormentos del Infierno? La oración es necesaria para salvarse

La Iglesia Católica, no ha definido nada acerca de la naturaleza de los tormentos del Infierno. Los teólogos convienen en que los condenados padecen un doble tormento y, en síntesis, lo explican así:

  1. Existe un castigo eterno para aquellos que voluntariamente han muerto apartados de Dios.
  2. Este castigo comprende dos clases de penas:
  3. a) De sentido: Consiste en el fuego que atormenta a los condenados.
  4. b) De daño: En estar privados de Dios y, por lo tanto, de felicidad. Esta última pena es la que constituye el Infierno, aunque en esta vida nos impresiona más la otra.

El pecado y su castigo

Es sabido que hay dos clases de pecado, mortal y venial. Nos referimos al pecado mortal, cuyo castigo puede merecer el Infierno, si no hay arrepentimiento oportuno. Así está establecido por Dios, infinitamente bueno. Hemos de acatar sus disposiciones que el Magisterio de la Iglesia nos enseña.

Hay, pues, una relación estrecha entre pecado mortal y condenación eterna. El efecto del pecado mortal en la vida sobrenatural es semejante a la muerte en la vida natural, y si no hay arrepentimiento, se forma una pendiente hacia abajo que tiende por sí a manifestarse cada vez más contrario a Dios; unos pecados llaman a otros, hasta la apostasía y el odio.

Toda caída es tanto mayor cuanto más alto sea el punto desde donde se cae; pero la misericordia divina está siempre pronta al perdón. Cabe la obstinación, el rechazo de la gracia de la conversión y la perseverancia hasta la muerte, con lo cual elige el Infierno; aunque Dios no quiere la condenación, sino la salvación del hombre; pero respeta esta opinión suprema de su libertad.

¿Cuántos se salvan y se condenan?

No sabemos los que se salvan ni los que se condenan. El mismo Jesucristo fue interrogado sobre este particular, y su respuesta no pretendió satisfacer una curiosidad, sino exhortarnos a la cautela. Uno le dijo: «Señor, ¿son pocos los que se salvan?». Él le dijo: «Esforzaos por entrar por la puerta estrecha, porque os digo, muchos serán los que busquen entrar y no podrán». (Lucas 13,23-24). No dice ningún número, pero inquieta con fuerza nuestra conciencia para buscar esa puerta estrecha de nuestra salvación.

Ni la Escritura ni el Magisterio de la Iglesia nos dicen nada sobre el número de los que se salvan y se condenan. Dios, no ha querido darnos más datos en este aspecto. La Revelación divina manifiesta lo necesario y suficiente para la salvación del hombre. Toda la Escritura tiene sentido salvífica y prescinde de satisfacer la curiosidad humana, por lo que no hay nada superfluo que no tenga que ver con nuestra salvación. Nos basta saber que el Infierno existe y lo necesario para salvarnos.

La oración es necesaria para salvarse

La necesidad de orar se funda en la omnipotencia de Dios y la indigencia nuestra; y este precepto riguroso, que Cristo, y los Apóstoles repitieron mucho, nos lo hace ver la Escritura: «…es preciso orar en todo tiempo y no desfallecer». «Orad sin cesar». «Pedid y se os dará». «Velad y orad para que no entréis en tentación». «…sin Mí no podéis hacer nada». Etc., etc.

La Iglesia, a través de la liturgia, se dirige en oración a Dios, interpretando los sentimientos de todos sus hijos que caminan hacia su salvación, pidiendo les libre de la condenación eterna. Como hemos de reconocernos pecadores, comenzamos pidiendo perdón, y el sacerdote en tono impetratorio, exclama a continuación: «El Señor todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna».

En la liturgia se repite mucho la idea de «líbranos de la condenación eterna» y

«cuéntanos entre tus elegidos»; es decir, toma como fundamental nuestra salvación.

Justicia y misericordia infinitas, ¿cómo se hacen compatibles?

Es un misterio divino, cómo se armonizan la Misericordia y la Justicia en Dios. Para nosotros los hombres, ambas virtudes son difíciles de conciliar.

El Salmista, dice: «Todos los caminos de Dios son misericordia y justicia}). Ambas proceden de la Bondad de Dios, de su Amor.

El temor y la esperanza

Todo temor nace ante la posibilidad de un mal. El único mal absoluto es la condenación, lo único temible de verdad. Pero el sentido cristiano de la vida se ha debilitado, y en muchos casos se ha extinguido, el temor al pecado, causa de la condenación.

El temor de Dios, es uno de los siete dones del Espíritu Santo, que libra de temores irracionales y angustias, y dice la Escritura que es principio de la sabiduría, debe matizarse, pues, como padre que es Dios, no debemos tenerle miedo; pero hay el «temor servil», que nace de la posibilidad de ser castigado, y el «temor filial», más perfecto al sentirnos hijos de Dios, que no desaparece el temor, sino que cambia la naturaleza.

La humildad cristiana

La humildad cristiana, es muy recomendada, exigida y alabada por Jesucristo. La parábola del fariseo y el publicano es bien expresiva: «El fariseo, de pie, oraba de esta manera: Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni siquiera como ese publicano. Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias. El publicano, se quedó allá lejos y ni se atrevía a levantar los ojos al cielo y se hería su pecho diciendo: «¡Oh Dios, sé propicio a mí, pecador! Os digo que bajó éste justificado a su casa y no aquel. Porque el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado». (Lucas 18,1114).

Hemos de sentirnos siempre hijos de Dios y confiar en Él, reconociéndonos pecadores, dispuestos a implorar perdón y a acatar su Santa Voluntad; no olvidándonos nunca de que somos débiles y necesitamos ayuda. «Dios resiste a los soberbios, pero a los humildes da su gracia». (Santiago 4,6).

Hemos de corresponder con humildad a la gracia de Dios. La lucha ha de ser constante, por nuestra inclinación al mal que hemos de reconocer; no olvidando que somos débiles para poner todas las precauciones que la prudencia cristiana aconseja: oración constante, frecuencia de sacramentos; huir de las ocasiones de pecado, mortificación, etc.

Pedro Arnáiz Fernández

«NADIE ME ARRANCARÁ LA IMAGEN DE MARÍA QUE TENGO GRABADA EN MI CORAZÓN», dice San Luis María de Montfort. Y esta imagen de María es indeleble y servirá para la salvación a los que no olviden de rezar cada mañana y cada noche las TRES AVEMARÍAS.