José Gutiérrez Fernández-Cuervo

Cristo Rey¿Qué sentido tiene que haya autoridades políticas? ¿No estaríamos mejor sin ellas? Santo Tomás de Aquino responde y Segovia lo resume de este modo: “Así como las inclinaciones básicas del ser humano deben someterse a la razón, que domina y dirige las demás potencias del hombre; así también la sociedad política debe someterse a la autoridad del príncipe prudente que dirija a los hombres al bien común”.

Pero esto requiere, justamente, que el gobernante sea prudente. Y la prudencia no es sino reconocer de dónde le viene al gobernante su dignidad y potestad, y actuar rectamente de acuerdo a esta verdad.

Así, el político que cree que su poder le viene otorgado por el voto y el sentir popular, se deberá al pueblo. Pero quien se debe al pueblo, siendo la masa tan humana como él, podrá manipularla y procurará quedar bien con ella y engañarla por medio del populismo, como el Primer Ministro peruano, quien para atacar a su enemigo, el Congreso, lo acusa de actuar “en contra del espíritu de la ciudadanía”. Sin embargo, quien reconoce que todo poder viene de Dios aun cuando la autoridad haya sido designada (que no conferida) por democracia, se debe al pueblo en el servicio, pero más a Dios, de quien participa por su gobierno con la autoridad divina misma. Así, buscará ser del agrado de Dios antes que de las masas y, por tanto, dado que a Dios no se le puede engañar, solo un gobernante que tenga verdaderamente presente a Dios podrá ser garantía de honestidad, pues ya no procurará el engaño y manipulación demagógica a la que estamos tan acostumbrados.

Pero esto es imposible y utópico solamente desde un espíritu religioso natural. Sin contar con la gracia, ningún gobernante puede responder debidamente y sin excepción contra la corrupción personal e institucional, ni siquiera el más piadoso de los hombres; pues hay que tener en cuenta que todo hombre y, por tanto, todo gobernante, está afectado por el pecado, con sus fuerzas debilitadas y propenso al mal y al error.

De este modo, sólo reconociendo que el poder que posee le viene de Dios y con el auxilio de la gracia sobrenatural a través de la recepción frecuente de los Sacramentos, dejará de ser una utopía lo que León XIII afirmaba en la Diuturnum illud:

“Para que la justicia sea mantenida en el ejercicio del poder, interesa sobremanera que quienes gobiernan los Estados entiendan que el poder político no ha sido dado para el provecho de un particular, y que el gobierno de la república no puede ser ejercido para utilidad de aquellos a quienes ha sido encomendado, sino para bien de los súbditos que les han sido confiados”.

No se trata, pues, de “mandar todo al tacho” ni de esperar en tal o cual líder político mundano. Se trata de poner nuestras esperanzas en Quien es la fuente de todo poder y, reconociendo nosotros Su divina majestad para con nuestro amado Perú, procurar por medio de esta conciencia la corrección moral y prudencia política de quienes designamos en el gobierno, o la nuestra para involucrarnos y no acabar embarrados, por medio de la recepción frecuente de los Sacramentos.

¡Viva Cristo Rey!

(REVISTA INFOCATÓLICA)