D. José Guerra Campos
El octavo día
Editorial Nacional, Torrelara, Madrid, 1973

José Guerra Campos - JovenLo propio de los hijos de la Iglesia es agradecer el legado de nuestros antepasados que, en medio de sus defectos, nos han transmitido al Señor y la fe pura. ¿No están cayendo ahora muchos hijos de la Iglesia en el vicio increíble de acosarla implacablemente, sobre todo en su pasado? ¿No estamos como intentando nerviosamente salir al paso de quienes la persiguen o de quienes no la comprenden, para decides: “Tenéis toda la razón; la Iglesia del pasado es la causante de todos los males, predicó una religión alienadora, se alió con los opresores, oscureció la luz de la técnica y de la ciencia”?

Y junto a este ataque cruel, absurdamente injusto, contra la Iglesia del pasado, ¿no estaremos cayendo muchos, en nuestros días (cuando más deberíamos sentirnos llamados a la humildad, al temblor de la responsabilidad, para ser dignos de quienes nos han precedido y transmitir a nuestra vez la antorcha a los que nos sigan), no estaremos cayendo en la hinchazón vana, en el exhibicionismo sin límites, diciéndoles a los contemporáneos: “Tenéis razón contra los antepasados, pero fijaos en nosotros, vamos a cambiar las estructuras, vamos a transformar el vestido cultural de la Iglesia, os vamos a ofrecer cauces nuevos, ¡de nosotros sí que podéis fiaros! “?

¿Manifestación de Cristo o exhibicionismo superficial de las personas? ¿Testimonio de la presencia salvadora o vedettismo trivial?

No creo inoportuno que todos nos apliquemos, en una meditación profunda, las palabras del Apóstol San Pablo: “Los judíos piden signos, los griegos buscan sabiduría, mientras nosotros predicamos a Cristo crucificado, que es escándalo para los unos y locura para los otros, pero que es fuerza y sabiduría de Dios para los llamados… Porque la locura de Dios es más sabia y la flaqueza de Dios es más fuerte” que todas las presunciones humanas (7).

(24 de abril de 1972).

Notas:

(7) 1 Cor. 1, 22-25.