Padre Manuel Martínez Cano mCR.

Sin título 1El evangelista San Juan narra la Encarnación del Hijo de Dios en las purísimas entrañas de la Niña Hermosa de Nazaret en el capítulo primero, versículos 26-38: “En el mes sexto, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una Virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David, el nombre de la Virgen era María” (26-27).

San Pablo dice de aquel tiempo que los hombres no tenían más dios que su vientre. Y el salmo 14: “El señor observa desde el Cielo a los hijos de Adán, para ver si hay alguno sensato que busquen a Dios. Todos se extravían igualmente obstinados, no hay uno que obre bien” (2-3). En el primer punto de esta meditación, San Ignacio de Loyola dice que veamos a las Tres Divinas Personas que: “Miran todas las gentes en tanta ceguedad, y como mueren y descienden al infierno”.

Dios ha castigado a la humanidad con el diluvio universal. A Sodoma y Gomorra arrasadas por el fuego. Lo lógico sería otro castigo terrible. Pero no. Las Tres Divinas Personas, movidas por su infinita misericordia decretan la Redención de la humanidad. El Hijo se ofrece para reparar los pecados de los hombres y aplacar la justa ira de Dios Padre. Sí, como dice San Pablo a los Romanos: “Cuanto más abundó el pecado tanto más abundó la gracia”. Dios Padre entrega a su Hijo por nuestro amor. El Hijo de Dios se hace hombre para arrebatar nuestros corazones. Amor con amor se paga. No seamos indiferentes, desagradecidos. Dios se dio a sí mismo. Nosotros tenemos el deber de amar a Dios y al prójimo.

En medio de aquel corrompido mundo, la Virgen oraba. Pedía a Dios Todopoderoso que viniera pronto el Salvador del mundo, el Mesías prometido en la Antigua Alianza. Su oración subía al Cielo como incienso perfumado. Y el Altísimo complacido miró a la tierra. En un rincón escondido la Virgen Inmaculada, pobre y humilde, oraba. Dios la contempló tan santa, tan perfecta, tan hermosa que arrancó del Cielo al mismo Hijo de Dios para esconderlo en sus purísimas entrañas y hacerlo hijo suyo. Hijo de la Niña Hermosa de Nazaret. De la Virgen Santísima.

En Nazaret, el ángel Gabriel dijo a la Virgen: “No temas María porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús… María contesto: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”. Aquella Niña Hermosa de Nazaret estaba “llena de gracia” desde el primer instante de su vida. Tenía unos quince años.

Santo Tomás de Aquino escribe: “Se esperaba por la Anunciación el consentimiento de la Virgen, representante de toda la naturaleza humana”. ¡Fiat! Hágase, dice María Santísima. Ya se ha cumplido la promesa hecha por Dios a su pueblo hace más de setecientos años: “Una virgen concebirá y su hijo será Enmanuel, Dios con nosotros” (Isaías 7, 14). En el mismo instante la Virgen quedó hecha Templo, Sagrario, en el que se encerró el Hijo de Dios. El Verbo Encarnado.

¡Virgen Santísima! Concédeme la gracia de que yo haga siempre la voluntad de Dios. Que no me arrastren mis afecciones desordenadas, mis gustos, mis caprichos, mis comodidades, la moda, la política anticristiana.

¡Viva el Santísimo Sacramento! ¡Mi Jesús Sacramentado! ¡Viva María Santísima! ¡Madre de Dios! ¡Madre mía!