Franco y el Valle de los Caídos

Jaime Alonso

Resulta vital para un pueblo, es lo que ha sido, construido, significado y conseguido a través de los tiempos. Es su razón de ser, la cultura que nos identifica, caracteriza y diferencia del resto de los pueblos y naciones. Su legado debe inspirar y aspirar a mejorar el presente y orientar, como experiencia vital, el futuro. La historia es objetiva como aspiración y verdad, ajena totalmente a lo conveniente, coyuntural o político. El estudio y rigor de los expertos dedicados a la historia debe independizarse, como la labor de los jueces, de cualquier juicio de valor predeterminado que pudiera contaminar la investigación. Así, cada generación encontrará en su legado histórico, motivos para enorgullecerse o lamentarse de los aciertos y errores de nuestros antepasados. Pero no resulta admisible que se legisle contra la verdad histórica por razones políticas, o que se juzgue la historia como si fueran hechos acontecidos en el presente y hubiera posibilidad de defensa. Ortega le daba tanta importancia a la historia que mantenía que el hombre no tiene naturaleza, no tiene esencia, tiene historia: “la razón histórica es más racional que la física, más rigurosa y exigente que ésta”. Pues parece que la derecha o el centro derecha, todavía no se ha enterado de ello.

Una de las razones por la que nos encontramos frente al abismo, es “porque se están borrando las verdades del pasado, para imponer las mentiras del presente”, construyendo o mejor, de construyendo los cimientos de nuestra cultura y civilización, incluyendo el respeto a los muertos. La memoria histórica e histérica que se practica en España y se impone por ley, resulta una aberración para la verdad, el conocimiento y sus fuentes. Es una novela parcial, sesgada, utilitarista y propagandista de una determinada actuación del partido del gobierno (psoe, separatistas y comunistas) que nada tiene que ver con la realidad. Victimiza a quien fue verdugo y convierte en abyecto lo que fue heroico, honesto, limpio, coherente y consecuente. El propósito político de semejante manipulación no puede ser más eficaz como medio de adoctrinamiento y captación de las nuevas generaciones quienes, al no encontrar, referentes o asideros en el pasado, mimetiza el presente como el único futuro posible, deseable y mejor. Tal superchería, vendida como verdad, nos alejará del rumbo patrio en nuestros mejores momentos y del conocimiento de las posibles soluciones ante crisis profundas de la identidad nacional. Nos adentramos en la repetición, salvando las distancias, de lo que fue la gobernabilidad de España en el siglo XIX y parte del XX, hasta que llegó Franco y el idealismo regenerador joseantoniano.

El abismo hacia el que nos conduce una política pacata, servil, embustera y cainita, sin aparente o suficiente reacción del pueblo español, tiene unas profundas raíces. Como indicaba Donoso Cortés, detrás de todo conflicto humano, de todo problema político o social, subyace un problema teológico o moral. Y, efectivamente, así es. Lo hemos visto en toda su crudeza en el relativismo moral, en el nihilismo activo, en la desvergüenza generalizada que permitió profanar el cadáver del mejor hombre de España, probablemente, en su historia. Y quienes más le debían, la iglesia, la monarquía, el ejército y el pueblo español, incluyendo los jueces, le han vuelto la espalda. Su silencio cómplice los incapacita e inhabilita para confiar en un futuro. Platón en su dialogo sobre Las Leyes advertía: “… de cualquiera que esclavizase las leyes poniéndolas bajo el imperio de los hombres, sometiere la ciudad a una facción y despertase la discordia civil, hay que pensar que es el peor enemigo de la polis”.

(AFÁN)