Padre Manuel Martínez Cano mCR.

Presentación de Jesús en el temploSan Lucas dice en el capítulo segundo de su Evangelio que: “Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidar al niño, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción.

Cuando se cumplieron los días de su purificación, según la ley de Moisés, lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: “Todo varón primogénito será consagrado al Señor”, y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: “un par de tórtolas o dos pichones”.

Había entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo estaba con él. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor.

Impulsado por el Espíritu, fue al templo. Y cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo acostumbrado según la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo:

“Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: Luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel”.

Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del Niño. Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: “Este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción” (21-34).

El camino de Belén a Jerusalén era pedregoso; se tardaba en llegar dos horas. La Virgen María no estaba obligada a la ley mosaica de la purificación. Ella, la llena de Gracia y la bendita entre todas las mujeres quiere ser tratada como todas las israelitas.

Antes de entrar en el templo, José y María se llevan la gran sorpresa del encuentro con Simeón y la anciana profetisa Ana. Con el Niño Jesús en los brazos, Simeón exclama: “Ahora, Señor, deja a tu siervo irse en paz”. En el tercer punto de su meditación San Ignacio dice: “Ana, viniendo después confesaba al Señor y hablaba de Él a todos los que esperaban la redención de Israel”.

En Belén se oyeron cantos angélicos en el nacimiento de Jesús. En la ceremonia humillante del Templo de Jerusalén, Simeón y Ana cantan las maravillas del Niño Jesús, el Mesías esperado. Han visto a Aquel que muchos profetas habían suspirado por conocerlo.

Simeón señaló a Jesús como “signo de contradicción. Para unos, tropiezo y ocasión de su ruina; para otros fuente de resurrección y de vida eterna. Pidamos al Señor la virtud de la fortaleza para sufrir por Él y con Él como sufrió la Virgen María para la conversión de los pecadores y su salvación eterna.

Dios quiere consolar a los suyos. Y consoló a Simeón y Ana. Nosotros tenemos que proclamar con todos los medios a nuestro alcance que Jesucristo es Dios. Que está resucitado en el Cielo y en el Santísimo Sacramento del Altar.

Herodes, irritado diabólicamente, porque los Magos no le dijeron nada del Niño Jesús, mandó matar a todos los niños que había en Belén y en toda su comarca de dos años abajo. En las democracias de todo el mundo se puede matar a los niños que viven en las entrañas de sus madres, con la ley en la mano. Es un derecho democrático. Satánico.