Una Epopeya misionera

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

La Hispanidad, firme y prometedora realidad (12)

Hispanoamérica, “unida a la sombra de la Cruz y al amparo de la verdad”, aportará un elemento más a la paz universal (1)

“Si los siglos pasados señalan a los pueblos sus caminos, faltaríamos a nuestra misión histórica si no hiciéramos hispanidad.

Y esta es, americanos y españoles, la ruta que la Providencia nos señala en la Historia: la unión espiritual en la religión del Crucificado”.

(Cardenal Gomá, 12-X-1934).

Soldado abrazado al CrucifijoHemos seguido, vivamente atraídos por la espléndida doctrina pontificia, la exposición de los estrechos vínculos que ligan entre sí a las naciones herederas de la colonización española.

Estos lazos son reales, lo hemos visto, y los llevan las naciones hispánicas incorporadas a lo más profundo de su organismo nacional. El fundamento primordial de la unidad hispanoamericana, que es la fe, pertenece a la misma esencia de los pueblos que la integran; y por lo tanto la solidaridad objetiva de los pueblos de habla española existe ya. Sólo se necesita que esos pueblos, si han de hacer en común algo grande por el reinado de Dios, se percaten de su unidad. No han de crear los vínculos que los aten entre sí; solamente han de caer en la cuenta de que esos vínculos los hacen hermanos de otros pueblos de la tierra.

¿Advertirán un día esas naciones en los lazos que las unen? La Hispanidad “material” de hoy ¿habrá de tomarse mañana en Hispanidad “formal”, es decir, unida con unión consciente, buscada y amada?

Parecería que en los arcanos de Dios está escrito que tal unión ha de llegar. Lo exige la Historia, lo exige la contextura de los pueblos hispánicos, lo pide la humanidad, deseosa ya de elementos de paz.

Pablo Antonio Quadra escribía acertadamente:

“Si no estamos destinados para construir una era histórica, para escribir sobre el mundo una página nueva, ¿para qué una sola lengua y una sola verdad en tantos millones de hombres? ¿Es que el Destino va a sembrar tanta fuerza para cosechar por los siglos de los siglos la dispersión absurda de dos continentes ligados en lo más profundo de sus culturas? ¿Dónde sino en la Hispanidad imperial están los signos de vida para hacer saltar la esperanza de la historia en estos momentos en que se liquida y derrumba una época larga y nefasta?”.

Y el Papa Pío XII, ¿qué opina de esta unión? Creemos manifiesto—afianzados en sus mismos textos, que a continuación citaremos, y en su manera toda de hablar a Hispanoamérica—que el avisado Pontífice preveía como históricamente necesaria esta unión moral de los pueblos hispánicos y la deseaba sinceramente como elemento providencial para la restauración del mundo cristiano. Sus palabras a los pueblos de la Hispanidad, a los que llama siempre con el significativo nombre de “naciones hermanas”, y cuyo conjunto es, en sus labios, la “comunidad hispánica”, lo prueban.

En esta unión consciente del bloque católico más importante del mundo, el Papa buscaba seguramente un apoyo para la Iglesia en los tiempos difíciles que amenazan. Sus palabras suponen, además, que tal unión sería un apreciable factor de paz; paz que fue el ideal de toda la vida del “Pastor Angélicus”.

Estas ideas sobre la unión hispanoamericana, Pío XII las manifestó claramente en varias ocasiones. Es notable, en este sentido, la alocución que dirigió a un grupo de alumnos ibero-americanos, que estudiaban, en fraternal alianza, en la nueva Universidad de Méjico.

El Papa, al mismo tiempo que enaltece la actual unión entre los estudiantes, expresa sus augurios para que esa unión se consolide y estreche el día de mañana, y sea prenda segura de la unión más amplia que debe reinar entre las naciones nacidas de la epopeya del siglo XVI.

“Pero vuestra naciente Universidad, aun habiendo hallado acogida en el hospitalario suelo mejicano, no abre solamente sus puertas a los dignos hijos de aquella generosa nación, sino que se ofrece como madre a toda esa gran familia de pueblos que se llaman iberoamericanos, todos, para honor suyo, miembros de la gran comunidad católica… Ojalá que la fraternidad, nacida en los bancos de la clase y en toda la simpática vida estudiantil, crezca luego y se consolide entre vosotros, formando esos vínculos que han de unir todavía más a vuestras naciones al amparo de la verdad y a la sombra de la Cruz, aportando así un elemento más a esa paz universal tan anhelada”.

(Discurso a un grupo de estudiantes de la Universidad Iberoamericana de Méjico, 16-I-1957).