Virgen Dolorosa con Jesús en brazos

Francisco Canals (+)

Existe una relación entre la desaparición del principio de autoridad, la manifestación del misterio de anomia, con lo que proponíamos en capítulos anteriores. San Ignacio dice que el demonio, que actúa sobre todos los reinos y provincias, arrastra a los hombres, por la riqueza y la vanagloria, a la soberbia y de ella a todos los vicios. Según Santo Tomás, la soberbia es un pecado que agrava todo pecado. Un pecado grave en quien no es soberbio es menos grave que en el hombre soberbio. El pecado se agrava cuando tiende a la obstinación, al encallecimiento del que resiste al Espíritu Santo, cuando es ejercido soberbiamente. Los pecados graves o mortales, si son por falta de formación, por ignorancia culpable, por debilidad, son menos graves. Todo pecado se agrava con la soberbia ¿Acaso la soberbia es en sí misma el pecado más grave? No, es más grave la infidelidad, rechazar la fe, la desesperación, el no apoyarse en la confianza en Dios. Más grave es la aversión a Dios, el odio a Dios. Lo que ocurre es que, como decía San Agustín, la soberbia es el pecado por el que el hombre puede llegar a la aversión a Dios. Sin soberbia, el hombre nunca volvería las espaldas a Dios, pecaría muchas veces y caería: setenta veces siete sería perdonado. Sin la soberbia no, quedaría sumido en el pecado, dejado definitivamente de la mano de Dios.

(CRISTIANDAD)